
El próximo 25 de marzo llega a las librerías La última duquesa, la obra con la que Cayetano Martínez de Irujo rinde homenaje a su madre, Cayetana Fitz-James Stuart, en el centenario de su nacimiento. Sin embargo, más allá del retrato histórico y familiar de una de las figuras clave de la aristocracia española, el libro también deja espacio para confesiones personales poco habituales en el aristócrata, especialmente en lo referente a su relación con Genoveva Casanova.
A lo largo de sus páginas, el duque reconstruye una historia sentimental marcada por la intensidad, la familia compartida y una separación que, lejos de romper los vínculos, consolidó una relación duradera basada en el respeto. Se trata de una mirada íntima que aporta nuevas claves sobre una pareja que, pese a su ruptura, ha mantenido la unidad familiar a lo largo de los años.
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Según ¡Hola!, que ha tenido acceso previo a la obra, uno de los episodios más reveladores ocurre en el momento en que comunicó a su madre que iba a ser padre. Tal y como relata, la noticia llegó de forma inesperada, casi abrupta, en un contexto marcado por la presión mediática. “Recuerdo con nitidez el día que le comuniqué a la duquesa que iba a ser padre (…) Y le solté la bomba, directamente, sin previo aviso: ‘Voy a ser padre’. Días antes acababa de recibir una llamada del director de la revista ¡HOLA!, Eduardo Sánchez Junco, informándome de que habían descubierto que mi novia estaba embarazada y que iban a publicarlo. Le pedí que me diera una pequeña tregua para hablar con mi madre y evitar que se enterase de algo así a través de la revista. ‘¿Y quién es ella?’, me preguntó la duquesa. ‘Una chica mexicana que conocí en un concurso. Es difícil contártelo por teléfono mamá’, le respondí. ‘Ah, bueno, vale, qué le vamos a hacer. Pues está bien’, continuó ella“, recuerda Cayetano.
En el libro comparte algunos de los gestos que su madre tuvo con la que fue su mujer desde 2005 hasta 2007: “Como yo debía continuar viviendo en el extranjero por motivos profesionales, pedí a mi Nana Margarita que se trasladara a Sevilla, a la finca de Las Arroyuelas para ayudar a Genoveva con los mellizos. Allí se conocieron mi madre, prácticamente instalada en el palacio de las Dueñas, y ella. Genoveva le hablaba de usted y mi madre la corregía: ‘Ay, hija, tutéame’. Pero luego, cuando le daba besos y abrazos, mostraba desconcierto, porque la duquesa no estaba acostumbrada a tanta muestra de cariño. Y a Genoveva, claro, le chocaba la frialdad con la que nos relacionábamos en nuestra familia".
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El día de su boda con la mexicana es también uno de los grandes recuerdos que guarda y, sobre todo, el papel que tomaron sus hijos en ese momento clave de su vida: "Me emociona pensar que mis hijos fueron protagonistas de excepción en la boda de sus padres y sé que guardan también un recuerdo entrañable de aquel día. Luis, a sus cuatro añitos, cumplió con total responsabilidad la tarea que le había encomendado: portar el sable de mi uniforme de maestrante en un almohadón. Su hermana Amina y mi sobrina Tana llevaron las arras“.
Por otro lado, afirma que la Casa de Alba siempre intentó contentar a Genoveva, incluso con algunos detalles el día de su boda. “Aquel día la duquesa también estaba feliz. Su hijo ‘rebelde’ por fin sentaba la cabeza. Por eso, se ocupó de supervisar todos los detalles. Incluso, tuvo un gesto precioso con Genoveva ordenando colocar una imagen de la Guadalupana, la Virgen mexicana, en el altar de la capilla del palacio. Genoveva lució un espectacular vestido de organza y encaje chantilly con una cola de más de dos metros y llevó, a modo de diadema, una pulsera que mi padre le había regalado a mi madre cuando se formalizó su compromiso”, recuerda Cayetano.
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Y, además, confiesa la gran devoción que la duquesa de Alba sintió con sus nietos mellizos. “Mi madre estaba loca con mis mellizos. ‘Que los bajen, que los suban, que quiero salir a pasear con ellos...’, recuerda en La última duquesa. No obstante, también revela algunos de los momentos de más tensión de su relación con su expareja, como cuando decidieron irse a vivir a Madrid: “Como sentía que vivía apartada del mundo, llegó un día en el que Genoveva me pidió vivir en Madrid, así que se instaló en el palacio de Liria, en la segunda planta. Mis hijos dormían juntos. Su madre tuvo que comprender la especie de ‘reglamento no escrito’ que rige el comportamiento en Liria para saber qué cosas estaban permitidas y cuáles no. Mi madre relajó las normas, excepto una: la puntualidad británica que había aprendido de niña del abuelo Jacobo. No había posible negociación al respecto”.

Su divorcio
Y, de hecho, comparte su culpa ante el final del matrimonio. “Finalmente decidí comprar una casa en Pozuelo para construir nuestro hogar. A pesar de todo, las cosas no salieron como esperábamos. No supe conformar la familia que había soñado. Cuando me divorcié, regresé a Liria, a mi habitación de siempre. Me gusta decir que el palacio es una especie de búnker que siempre me ha protegido. Mis hijos se quedaron a vivir con su madre y establecimos un régimen de visitas. Jamás les hicimos cómplices de nuestra separación y creo que supimos evitar que los momentos difíciles les pasaran factura“, explica el duque de Arjona.
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Por último, entre las páginas del libro que le dedica a su madre, concluye el final de su relación con Genoveva Casanova: “A pesar de que nos separamos dos años después del enlace, siempre recordaré con especial cariño aquel día. Fue una boda realmente maravillosa con una persona excepcional. Soy muy consciente de que fallé emocionalmente a mi mujer y que no pude estar a la altura de sus expectativas y necesidades como consecuencia del trauma emocional que venía arrastrando desde mi infancia”.

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