Un autor que se encuentra entre mis preferidos, Sir Bertrand Russell, escribió un libro que se llama "Por qué no soy cristiano". Y en estos días lo releí. Y aparece esta especie de escepticismo real y concreto frente a lo que ocurre en el mundo en general y en el nuestro en particular. Y me di cuenta de que hay pocas cosas en las que creo realmente.
"El escepticismo antiguo no es simplemente un discurso teórico, ni tampoco un sistema, es sobre todo una forma de vida que el filosofo elige. Es también una práctica de liberación personal, cuya finalidad es lograr alcanzar la felicidad. Para este propósito se utilizan una serie de técnicas escépticas como son la suspensión del juicio (epojé) y la ataraxia (ausencia de inquietud, tranquilidad de ánimo donde no hay ni deseos ni miedos). Una vez alcanzado se produce una transformación en la forma de ver el mundo y su relación con él, que bien podría definirse como indiferencia".
"Nada es más". Este es el lema del movimiento escéptico: ninguna cosa es más. Ni más cierta, ni más falsa, ni mejor, ni peor.
No apegarse a ninguna cosa, a nada material, a ninguna opinión y suspender el juicio.
Y frente a esto la pregunta donde me paro yo es: ¿dónde? Y la respuesta surge inmediata. En dudar, en no creer en casi nada. Observar y ver qué me pasa con lo que miro. No creo en las instituciones milenarias, en el Vaticano, por ejemplo, porque siguen pensando y haciendo lo mismo que hace 2.000 años. Actúan de la misma manera. No creo en aquellos que sienten que me representan porque la mayoría los votó. No creo tampoco en los que no fueron votados, en los que perdieron. Porque en el fondo son lo mismo. La diferencia que unos ganaron y otros perdieron.
Estamos en un siglo particular donde acumular está bien. Megamillonarios y miles de seres humanos sumergidos en la pobreza y la ignorancia más extrema.
No creo en aquellos que dicen que quieren nuestro bienestar. Porque nunca se hizo. Y calculo que tampoco se hará.
Alejandro Magno ordena a su entorno que cuando muera quiere que el féretro sea llevado por los médicos que lo atendieron, para demostrar al mundo que no lo pudieron salvar. Que los mismos caminen sobre todas las joyas y trofeos que consiguió después de años y años de campaña y saqueos, para que la gente común vea que quedaron en este mundo. Y, por último, que de su féretro cuelguen sus manos mostrando de esta manera que llegó al mundo con las manos vacías y que se va de la misma manera.
Mundo caótico. Mundo irónico.
Fíjense que se gastan millones de dólares en una campaña para llegar al poder. Se supone que la llegada al poder sería para gobernar para el bienestar común. Y no es así. Gobiernan normalmente para aquellos que pusieron gran parte de esos millones de dólares para poder llegar.
No conozco a ningún político pobre. No conozco a nadie que haya estado cerca o ligado al poder que esté mal económicamente. Que no haya crecido estando en el poder el gobierno que sea. No importa, quiero más. Y la pregunta es: ¿para qué? NADA ES MÁS.
Acumulamos y acumulamos sin saber bien para qué. Porque ni siquiera nos hace más felices y, lo que es más grave aun, no nos compra tiempo, no nos da mas tiempo.
Somos seres finitos que estamos cruzando un puente y no sabemos en que parte del puente estamos. Lo que sí sabemos es que indefectiblemente vamos a llegar al otro lado. Y tampoco sabemos qué hay del otro lado. ¿Valdrá la pena llegar con baúles llenos de joyas y dinero? Creo que no. Que tendríamos que llegar livianos de equipaje y con la tranquilidad de haber vivido intensamente. Que hemos sido y no tenido.
Un libro maravilloso de Erich Fromm se llama "Del tener al ser". Habría que leerlo todos los días para darnos cuenta de que no vale la pena acumular sin sentido. Que vale la pena SER. Simplemente SER. Eso implica vivir con lo que tengo, ser feliz y fundamentalmente amarme y amar. Disfrutar de lo que logré y usarlo para mi bienestar y el de los demás. De todos los demás.
Amor. El amor infantil sigue el principio "amo porque me aman". El amor maduro obedece al principio "me aman porque amo". El amor inmaduro dice "te amo porque lo necesito". El amor maduro dice "te necesito porque te amo". ¿Será está la formula? Tomás Abraham, filósofo, en una entrevista que hicimos hace años me dijo: "Solamente el amor puede salvar a este mundo" Y hoy pienso que es así.
Si políticos, funcionarios, empresarios, hombres de poder pensaran un minuto por día en esto seguramente el mundo sería distinto. Pero no creo que ocurra. No creo en nada. Excepto en el amor y en Dios. No en los que me hablan en nombre de Dios ni de nadie.
Alguien dijo alguna vez: "El hombre es el lobo del hombre". Y cada vez es más cierta esa frase dicha en el siglo XIX.
Lo único que sabemos es que nacimos y que vamos a morir siendo lo que logramos y tuvimos. No más. Y que fuimos lo que fuimos. Ojalá lo hiciésemos sabiendo también que amamos y fuimos amados, que fuimos solidarios, que le cambiamos la vida aunque sea a un solo ser humano. Que hicimos algo pensando en el otro y no solamente en mí. Que en algo ayudamos a cambiar la realidad de los demás.
Por todo esto me cuesta creer en algo.
No creo que la Iglesia tenga que tener un banco.
No creo en los políticos millonarios. Ni tampoco en los que llegan al poder pobres y terminan siendo millonarios.
Cambian las formas, los colegios más o menos paquetes, apellidos comunes por patricios, aspectos físicos, ropa más o menos cara, estéticas más agradables, lindos por feos, "grasas por gente bien". Pero en verdad no cambia nada. Nada.
Empecé todo esto citando a Russell en "Por qué no soy cristiano". Por todo lo anterior les digo: "Porque no creo en nada".
Creo sí en mi propia existencia y de la gente que amo y me ama. Creo que "soy un ser para la muerte" (San Agustín). Eso lo entendí. Tampoco sé en qué parte del puente estoy. Pero quiero llegar sonriendo y con el alma en paz. Sin nada más que mi propia historia. Y también sabiendo que fui un puente para los demás.
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