"En mi comienzo está mi final. En mi final está mi principio". La frase de T. S. Elliot parece pensada para la larga vida de este campeón de la libertad que hoy despedimos. Nació soñando con el porvenir y cayó en esa misma lucha, predicando. En su comienzo estaba su final. En él estaba su principio, la razón de su vida, a la que dedicó la peripecia de 89 años vividos con inusual intensidad.
Cuarto de los Batlle que llegaron a la Presidencia de la República, fue Jorge, sin embargo, siempre dueño de sí mismo. No lo ataban la historia ni lo condicionaban intereses; no lo arrastraba la gritería y nunca temió afrontar la impopularidad por sostener una idea de la que estaba convencido. Su linaje lo sentía como responsabilidad, no como mérito, y todo lo que alcanzó fue por su prolongado esfuerzo.
Siempre oteó el porvenir y lanzó ideas novedosas, sin pensar en aplausos o deslizarse a caídas demagógicas. Promovió la reforma constitucional del 1967 cuando sentía crujir las instituciones y pensó que se requería fortalecer la gobernabilidad democrática. Reconfiguró la doctrina batllista con un aliento liberal, que, sin desvirtuar sus esencias, la adaptó a estos tiempos de apertura y competencia comercial.
Enfrentó el desborde militar cuando, aún bajo la normalidad institucional, se insinuaba ya su quiebra. Sufrió la prisión y la proscripción. Mantuvo vivo al partido en esos años difíciles, al integrar, con Amílcar Vasconcellos y Raumar Jude, un triunvirato clandestino. Luchó con denuedo en el plebiscito de 1980, pese a las restricciones que nos imponía la dictadura. Y luego de la elección interna de 1982, nos acompañó a Enrique Tarigo y a mí en el esfuerzo de llevar adelante el "cambio en paz", del que fue sostén fundamental.
Los traspiés políticos nunca lo resintieron ni le hicieron dudar de su lucha. Siempre convencido de lo que hacía, cada vez que le tocó caer, se levantó al día siguiente para continuar su prédica. Disputó cuatro veces la presidencia sin éxito y en su quinta oportunidad la alcanzó. Tuvo entonces que soportar el drama de una crisis económica que vino de afuera y que enfrentó con profundo sentido de responsabilidad, evitando el default en que había caído la Argentina. Los que mucho entonces no entendieron, o no quisieron entender, reconocen hoy que el honrado Gobierno que presidió preservó al país de una larga agonía, al punto que, un año después de esa crisis, el país estaba creciendo nuevamente. Y así lo entregó, en paz y libertad, a un presidente de otro partido.
Desde entonces, ni un día dejó de predicar, de hablar, de lanzar ideas, de provocar el debate. A nadie dejaba indiferente. Su imaginación bullía y se estimulaba en la controversia.
Fue un colorado convencido. Admiraba la audacia política y, sobre todo, el valor humano de Fructuoso Rivera. Sentía al Gobierno de la Defensa como la configuración de la ideología liberal y humanista que el partido le impregnó al país. Se inclinaba ante la magnitud de don Pepe y sentía su continuidad en la obra de su padre. Esa visión histórica se asentaba en una constante curiosidad, en la búsqueda de documentos, de libros antiguos, que arrojaran alguna nueva luz. Vivía en el futuro, pero buscando raíces en el pasado.
Soñaba un Uruguay con altura y universalidad. Le indignaba la demagogia. Le entristecía la mediocridad. Admiraba la Argentina de Juan Bautista Alberdi y el Brasil de los gaúchos, pero quería un país que no se alejara del empuje norteamericano y la sabiduría británica. Conversador fecundo e interminable, podía pasar horas con un académico como otro tanto con un chacarero al que por casualidad encontraba al costado de un camino. Cuidó siempre amorosamente de sus hijos como respetó y quiso a las dos grandes señoras con las que dividió su vida.
Convivimos con él sesenta y dos años, desde aquel lejano día en que detrás de don Luis entramos a la 15 para dar nuestras primeras batallas periodísticas en Canelones. En ese largo periplo, vivimos horas de gloria y de infortunio, momentos de mancomunidad y también de competencia, siempre en la búsqueda de los mismos ideales.
Sentimos que con él se va también parte de nuestra propia vida. Nos deja, sin embargo, ese legado de patriotismo y grandeza que, aun en la controversia, lo hacía admirable.
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