Es por cierto extraña la cuarta dimensión; el tiempo del reloj no es igual al tiempo interior. Lo que se considera hazañas en realidad no son más que mojones insignificantes en un universo que excede la capacidad de asombro. En mi caso, no parece cierto estar escribiendo sobre la juventud desde otra posición, cuando da la impresión de que no hace mucho que fui elegido como uno de los diez jóvenes sobresalientes en la selección de la Cámara Junior de Buenos Aires o que fui el más joven de todas las incorporaciones a la Academia Nacional de Ciencias hasta ese momento; que en la primera promoción a mi cargo los alumnos eran mayores que yo en la universidad y era habitual que me dijeran que era el joven del grupo al encaramarme a una tribuna.
Mi primer artículo se publicó cuando tenía dieciocho años en Programa, del Movimiento Universitario de Centro de la Universidad de Buenos Aires. Hace casi seis décadas de eso (no recomiendo su lectura por la pobreza de la pluma, aunque para los curiosos consigno que encabeza una colección en mi Contra la corriente, de Editorial El Ateneo).
Sensaciones que seguramente no son originales para nadie en cuanto al paso del tiempo, pero así son. Y no es que quisiera regresar al pasado; esto es lo último que haría si estuviera en mi facultad, simplemente porque en todo he tenido mucha suerte que no podría repetir y si la repitiera, no me gustaría pasar por etapas de incertidumbre respecto a los desenlaces que ahora sé cómo fueron (en gran medida "a mi manera", como diría Frank Sinatra). Y, por último, mi vida ha sido y es muy intensa, por lo que es suficiente vivirla una vez. Por otra parte, no puede jugarse con el contrafáctico.
Tampoco es cuestión de adelantar el final, queda mucho por hacer y, cumplido un proyecto, es indispensable reemplazarlo por otro para sacarle el jugo a la vida, en la que nunca se llegará a un término en el que uno pueda decir que cumplió con todas las metas, porque eso es imposible dada nuestra infinita ignorancia.
Entonces, manos a la obra con los jóvenes de hoy. Me refiero a las personas entre dieciséis y veintiséis años de edad. Tomo convencionalmente diez años de vida. En esta franja, puede decirse que hay tres tipos de juventudes: los jóvenes viejos, los jóvenes bebés y los jóvenes en sentido estricto.
El primer tipo —los jóvenes viejos— está compuesto por los que no sólo no tienen el necesario fuego interior como empuje para sus vidas, sino que poseen muy pocas brasas, con un fuego extinguido a puro rigor de apatía. Son los conformistas, los que nunca se alinean con lo nuevo, con los desafíos, con el cambio en la buena dirección (ni en la mala). Son los que se sienten a disgusto con los que critican para mejorar, son especímenes del statu quo, sin vida interior ni exterior, que miran la vida con lentes de dinosaurios. Son amargos que carecen de ese capital tan indispensable para vivir que es el sentido del humor.
Por su parte, los jóvenes en sentido estricto son los de la fuerza de sus ideales, los que no se dejan estar, los que tienen ansia de mejora y superación en cualquier campo en el que se desempeñen. Son los que saben qué quieren, pero son capaces de rectificarse cuando son refutados. Son curiosos y no se quedan con la primera respuesta a los problemas. Son la luz en las aulas, se destacan por sus interrogatorios inteligentes y en los trabajos son los que llevan la voz cantante. Son la esperanza del futuro.
Ahora vienen los jóvenes bebés, los que han crecido anatómicamente, pero se han quedado en la niñez y la inmadurez mentales. Hablan entrecortado como Tarzán en su peor época y escriben con llamativas abreviaturas y monosílabas inconexas. Son los que quieren pasar desapercibidos en el aula y en el trabajo, sólo lo indispensable para aprobar a gatas un examen y cobrar su sueldo en la excursión laboral. Son los atrapados por los teléfonos celulares, por las selfies, por internet, los auriculares y Facebook, que rehúyen lo muy bueno de estos adelantos tecnológicos para escaparse de la verdadera comunicación con otros, para atenuar y anestesiar su vida interior y para renunciar a su intimidad, para no mirar su interior y eludir el espejo. Perdieron el sentido de la concentración, por lo que no pueden sostener una conversación ni de largo ni de corto aliento. Murmuran y en el intento de explicarse se limitan a mover los brazos "en ademán natatorio", como dice José Ortega y Gasset en otro contexto.
Por razones de espacio, vamos a concentrarnos solamente en Facebook en relación con los jóvenes bebés. Desde que, en 2004, irrumpió en escena esta herramienta a raíz del descubrimiento de un estudiante (completado por otras contribuciones posteriores), se convirtió en un sistema con múltiples aplicaciones, que ha crecido de modo exponencial: actualmente, hay más de ochocientos millones de participantes.
Los jóvenes bebés muestran muchas facetas, pero aquí nos limitamos a su obsesión por entregar la propia privacidad al público, lo que sucede aunque los destinatarios sean pretendidamente limitados (los predadores suelen darle otros destinos a lo teóricamente publicado para un grupo). De todos modos, lo que llama la atención es la tendencia a la pérdida de ámbitos privados y la necesidad de publicitar lo que se hace en territorios íntimos, no necesariamente sexuales, sino, como decimos, lo que se dice y hace dirigido a determinadas personas o también actitudes supuestamente solitarias, pero que deben registrarse en Facebook para que el grupo esté informado de lo que sucede con el titular.
Parecería que no hay prácticamente espacio para la preservación de las autonomías individuales; las relaciones con contertulios específicos quedan anuladas si se sale al balcón a contar lo que se ha dicho o hecho. Con Facebook y compañía no parece que se desee preservar la privacidad; al contrario, hay una aparente necesidad de colectivizar lo que se hace. No hay goce de preservar lo íntimo en el sentido antes referido. Parecería que estamos frente a un problema psicológico de envergadura: la obsesión por exhibirse y que hay un vacío existencial si otros no se anotician de todo lo que hace el vecino. Es como una puesta en escena, como una teatralización de la vida donde los actores no tienen sentido si no cuentan con público.
Una cosa es lo que está destinado a los demás, por ejemplo, una conferencia, la publicación de artículos, una obra de arte y similares y otra bien diferente es el seguimiento de lo que se hace privadamente durante prácticamente todo el día (y, frecuentemente, la noche). Una vida así vivida no es individual sino colectiva, puesto que la persona se disuelve en el grupo.
Ya dijimos que hay muchas ventajas en la utilización de este instrumento por el que se trasmiten también buenos pensamientos, humor y similares, pero nos parece que lo dicho anteriormente, incluso sin quererlo, tiene alguna similitud con lo que en otro plano ejecuta el Gran Hermano orwelliano, o más bien, lo que propone Aldous Huxley en su antiutopía más horrenda aún.
Es perfectamente comprensible que quienes utilizan Facebook sostengan que publican lo que les viene en gana y lo que desean preservar no lo exhiben, pero lo que llama la atención es precisamente el volumen de lo que publican, como si eso les diera vida, como si lo privado estuviera fuera de la existencia.
Según el diccionario etimológico, privado proviene del latín privatus, que significa, en primer término, 'apartado, personal, particular, no público'. El ser humano consolida su personalidad en la medida en que desarrolla sus potencialidades y la abandona en la medida en que se funde y confunde en los otros, esto es, se despersonaliza. La dignidad de la persona deriva de su libre albedrío, es decir, de su autonomía para regir su destino.
La privacidad o la intimidad es lo exclusivo, lo propio, lo suyo; la vida humana es inseparable de lo privado o privativo de uno. Milan Kundera, en La insoportable levedad del ser, anota: "La persona que pierde su intimidad lo pierde todo". La primera vez que el tema se trató en profundidad fue en 1890, en un ensayo publicado por Samuel D. Warren y Louis Brandeis en la Harvard Law Review titulado "El derecho a la intimidad". En nuestros días, Santos Cifuentes publicó El derecho a la vida privada, donde explica: "La intimidad es uno de los bienes principales de los que caracterizan a la persona". "El desenvolvimiento de la personalidad psicofísica sólo es posible si el ser humano puede conservar un conjunto de aspectos, circunstancias y situaciones que se preservan y se destinan por propia iniciativa a no ser comunicados al mundo exterior", puesto que: "Va de suyo que, perdida esa autodeterminación de mantener reservados tales asuntos, se degrada un aspecto central de la dignidad y se coloca al ser humano en un estado de dependencia y de indefensión".
Los instrumentos modernos de gran sofisticación permiten invadir la privacidad, sea a través de rayos infrarrojos, captación de ondas sonoras a larga distancia, cámaras ocultas para filmar, fotografías de alta precisión, espionaje de correos electrónicos y demás parafernalia que puede anular la vida propiamente humana, es decir, la que se sustrae al escrutinio público.
Sin duda que en una sociedad abierta se trata de proteger a quienes efectivamente desean preservar su intimidad de la mirada ajena, lo cual no ocurre cuando la persona se expone al público. No es lo mismo la conversación en el seno del propio domicilio que pasearse desnudo por el jardín. No es lo mismo ser sorprendido por una cámara oculta que ingresar a un lugar donde abiertamente se pone como condición la presencia de ese adminículo.
Pero es sorprendente que hoy haya entregadores voluntarios de su privacidad. Los jóvenes bebés arrojan al viento partes sustanciales de sus identidades, sin contemplar que de la intimidad nace la diferenciación y la unicidad, que, como escribe Julián Marías en Persona, es "mucho más que lo que aparece en el espejo"; parecería que de tanto publicar privacidades desde muy diversos ángulos queda expuesta la persona en Facebook (además de que en ámbitos donde prevalece la inseguridad ese instrumento puede tener ribetes de peligrosidad).
De más está decir que este tema no debe ser, bajo ningún concepto, materia de legislación, la cual infringiría una tremenda estocada a la libertad de expresión, que constituye la quintaesencia de la sociedad abierta.
Para cerrar esta nota, es de interés reproducir un dictum anónimo, especialmente en relación con la juventud: "Cuide sus pensamientos, se convierten en palabras. Cuide sus palabras, se convierten en acciones. Cuide sus acciones, se convierten en hábitos. Cuide sus hábitos, se convierten en su carácter. Cuide su carácter, se convierte en su destino."
El autor es doctor en Economía y doctor en Ciencias de Dirección. Es presidente de la Sección Ciencias Económicas de la Academia Nacional de Ciencias y miembro de la Academia Nacional de Ciencias Económicas.
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