El partido, con sus 120 minutos, había terminado y el temor a una nueva tristeza me llegó con fuerza al cuerpo. Estaba con mis hijos en el sillón del living de casa en un horario en el que todos los domingos previos a un lunes de colegio están indefectiblemente en la cama. Hace tiempo que me pasa, debo reconocerlo: me cuesta saber si quiero que gane la selección por Lionel Messi o por la selección en sí misma. Es una sensación muy fuerte, que la compartimos hace tiempo con mi hermano.
Mis hijos se fueron a dormir llorando por otra final perdida (claro que para perderla primero hubo que alcanzarla), yo me contuve y con mi mujer los apoyamos, pero me costó dormir. A pesar de mi fanatismo por la redonda desde antes de nacer, hace tiempo que los resultados deportivos tienen un moderado lugar en el vaivén emocional de mi vida. Ayer fue diferente; el llanto de Leo (otra vez), esa negativa persistente con la cabeza ante los intentos de consolarlo, apenas le faltaba el golpe de pecho que propone la liturgia católica: "Por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa". Años de críticas despiadadas y absurdas le hicieron sentir al mejor jugador de la historia que la cosa pasaba por él, que la culpa era de él. ¿Por qué tamaña injusticia? Difícilmente alguien pueda hacerle entender ahora que todas las finales alcanzadas llegaron por su zurda mágica, por su compromiso inquebrantable, por su voluntad de hierro para pelear contra quienes, haciendo el peor uso de la cultura del aguante, le dieron siempre la espalda.
Nunca vi dos Messi, uno con la celeste y blanca y otro con la del Barcelona como tantos repiten; siempre vi al mismo Leo en otro contexto, con distintos compañeros, con menor tiempo de trabajo en equipo, con distintos directores técnicos, tratando de adaptarse, incluso con aquellos que no tenían ni pergaminos, ni plan de trabajo, ni capacidad para ponerse el buzo de DT de la selección argentina. Ni hablar de la desorganización de una Asociación del Fútbol Argentino (AFA) con la que tuvo que convivir en tiempos donde los seleccionados de primer nivel trabajan cual relojes suizos.
Los comentarios hirientes sobre Messi no tuvieron techo en Argentina, siempre fueron por más, nunca se conformaron con el nivel de absurdo alcanzado. Se ha escuchado que en Europa no lo marcan como en América, cuando se ha cansado de desparramar jugadores de todos los orígenes y etnias, hacerles goles a las nueve selecciones pertenecientes a la Conmebol (sí, esos que marcan más duro, supuestamente). Que hace goles en partidos fáciles, cuando ha hecho goles en todas las instancias de los torneos y ante una infinita variedad de rivales. Que los árbitros lo apañan, cuando hay un magnífico video que demuestra que él ni siquiera lo necesita ("Messi es un perro, un hombre perro").
Es muy frecuente escuchar que esta selección no nos dio alegrías, que Messi no lo hizo como sí lo hizo Diego Maradona en el Mundial de 1986. Ya de por sí me genera escozor pensar que es una selección de fútbol la que nos tiene que dar alegrías. Por supuesto que obtener un Campeonato del Mundo o, en menor medida, una Copa América genera una sensación de alegría en quienes gustan de este deporte y también en quienes se suman a los festejos masivos, pero resulta rara la exigencia de que nos den una alegría. Es una especie de amor condicionado al resultado, sin ningún interés por el proceso, por el juego en sí mismo, por esos seres humanos que se visten de jugadores de fútbol. Obviamente que la alegría es mayor si una pelota entra que si no lo hace, pero qué difícil es pensar que ese hecho pueda modificar radicalmente la consideración de un jugador o de un equipo.
Lo que me pasa a mí y a otros tantos argentinos que desde hace al menos una década disfrutamos del fútbol de Leo y de su participación con la celeste y blanca es la desazón por siempre quedar ocultos ante quienes descargan sus frustraciones sobre él. Sólo un capricho de alguien con gruesas anteojeras podría insistir en el absurdo de que Leo no siente la camiseta argentina. Hechos, gestos y hasta palabras ("Cambio todos mis premios individuales por un trofeo con la selección") lo desmienten categóricamente. Insistir para dañar pareció ser la consigna durante años y los motivos parecen diversos: están quienes temen que un triunfo en la selección, sumado a una enorme diferencia en títulos individuales y grupales obtenidos con su club, puedan destronar al mito Diego Maradona (bien ganado, por cierto), una competencia que Leo jamás propuso y que, por el contrario, ha tomado con mucha bonhomía, incluso por encima de las cambiantes opiniones de Diego. Están aquellos que no se sienten identificados con la conducta profesional de un Messi siempre alejado de la demagogia. Y están quienes disfrutan pretendiendo mostrar un aspecto del juego que nadie ve, que se sienten menos ínfimos al desafiar al mejor del mundo, al criticarlo, al descalificarlo, sin darse cuenta de que eso los hace todavía más pequeños. Me sorprende aún más entre quienes alguna vez se calzaron unos botines de fútbol y saben lo difícil que es hacer con la pelota las cosas que Leo hace con naturalidad y sencillez, y lo imposible que resultan las otras, las que sólo él puede y sabe hacer.
Muchas veces me pregunté por qué siento que tengo que pelearme para defenderlo a él si ni siquiera lo conozco personalmente. ¿Será porque disfruto enormemente verlo jugar? ¿Será porque con mi hijo mayor no nos cansamos de los videos en YouTube con sus "skills"? ¿Será porque admiro su humildad pese a las pasiones y los fanatismos que despierta? Seguramente es por todo eso, pero también "es por empatía", me dijeron. A veces pienso que me gustaría que fuera como algunos insensatos dicen: que no siente la camiseta, pero es tan notorio que sucede lo contrario que no puedo más que ponerme en ese lugar de padecimiento a su lado. Solamente le pusimos la presión de tener que hacer feliz a 40 millones de argentinos y nada de andarse con chiquitas, no alcanza con ser el máximo goleador de la historia de la selección con apenas 29 años; no alcanza con haber ganado un Mundial juvenil (mejor jugador y máximo goleador en ese certamen) ni una medalla de oro en un Juego Olímpico. No alcanza con haber sido elegido (con absoluta justicia) el mejor jugador del Mundial en Brasil 2014 y de la Copa América de Chile 2015 (sin dudas, hubiera repetido el domingo si los penales no se interponían en el ansiado título). No alcanzan las actuaciones descomunales, los tripletes contra Brasil, Suiza, Guatemala o, recientemente, contra Panamá. No alcanza con haber sido el jugador argentino más joven en convertir en un Mundial (2006). No alcanzan los goles imposibles; no alcanza con ser siempre el mejor de la cancha. Nada alcanza, nunca alcanza.
En este momento hay una suerte de operativo clamor para que no deje la selección, pero el daño ya está hecho. Como aquel que una y otra vez hizo todo porque su pareja lo abandone, pero, con el hecho consumado, aparece el arrepentimiento. Está claro que muchos de nosotros lo apoyamos desde sus inicios, que veíamos ese "diamante de los mejores" que César Menotti describió, que supimos, con sólo verlo moverse, que la 10 podía tener otro exponente de la talla del mejor Maradona, que era prácticamente un milagro que otro argentino tuviera esa clase increíble para jugar y esa voracidad competitiva para brillar.
¿Alguna vez se preguntaron por qué Leo es unánime entre los chicos argentinos? Por cada 10 camisetas de Leo que se ven hay una de otro jugador. Yo creo que la respuesta pasa porque esos chicos ven el fútbol de Messi, no proyectan en él sus propios enojos y las frustraciones acumuladas durante la vida. Tal vez sea hora de que todos los argentinos nos saquemos esa mochila que tanto nos pesa y nos enoja y empecemos a disfrutar de una vez por todas de un jugador de fútbol único e irrepetible, que, como tal, sólo nos brinda alegrías imposibles de atar a un resultado.
Ojalá revea su situación, aunque reconozco que eso no sé si es lo mejor para él. Sé que es puro egoísmo el mío, quiero seguir viéndolo con la camiseta de la selección de mi país, quiero que lo siga intentado. No quiero ver la frustración en él, porque hay algo que solamente alguien con muy poca empatía podría obviar: Leo ama el fútbol y ama a la selección argentina. Si finalmente eso pasa y cuando reanuden las eliminatorias vuelve a jugar con la celeste y blanca, vestiré a mis hijos de gala para la ocasión (la camiseta del 10, por supuesto) y colgaremos la bandera argentina con la frase que más nos representa, un simple y sencillo "Gracias, Leo".
@AlexGuvenel
El autor es licenciado en Ciencia Política, miembro del Club Político Argentino. Su blog es Choque de Palabras.
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