
Eulalia Guzmán excavó Monte Albán, recuperó miles de documentos en Europa y construyó el archivo de la memoria prehispánica de México. El Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) la borró del relato oficial después de que una controversia política enterró, junto con unos huesos disputados, décadas de trabajo científico legítimo.
Tenía 14 años cuando decidió que la única puerta abierta para una mujer que quería aprender era el magisterio. Eulalia Guzmán Barrón nació el 12 de febrero de 1890 en San Pedro Piedra Gorda, Zacatecas —hoy municipio de Cuauhtémoc— en un país donde las aulas universitarias eran territorio casi exclusivamente masculino.
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Se formó en la Escuela Nacional de Maestros y, en paralelo, se incorporó desde 1906 a grupos sufragistas que peleaban por el voto femenino junto a figuras como Hermila Galindo. La política y el saber no fueron caminos separados para ella: los recorrió al mismo tiempo, desde el principio.
De las aulas a las excavaciones

En 1913 asistió a un curso de Franz Boas en el Museo Nacional de México. Ese contacto con la antropología no la soltó. Años después, ya en la Universidad Nacional de México, conoció al arqueólogo Alfonso Caso, quien la invitó a sumarse a las exploraciones de Monte Albán, en Oaxaca.
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Entre 1931 y 1933, Guzmán participó como parte del equipo que trabajó en el sitio zapoteca. Fue pieza en el descubrimiento de la Tumba 7 en 1932, uno de los hallazgos más ricos de la arqueología mesoamericana.
Después extendió su trabajo por toda la Mixteca Alta: Nochistlán, Chachoapan, Yanhuitlán, Teposcolula y Tamazulapan. En cada sitio recabó datos sobre cerámica, arquitectura y cultura zapoteca, empleando mapas, dibujos y fotografías como herramientas de registro.
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La arqueóloga que fue a buscar México a Europa

En 1934 fue nombrada jefa del Departamento de Arqueología del Museo Nacional. Dos años después, la Secretaría de Educación Pública (SEP) y el Instituto Nacional de Bellas Artes (INBA) la comisionaron para una misión que pocos arqueólogos mexicanos habían emprendido: rastrear en archivos europeos los documentos sobre el México prehispánico que el colonialismo había dispersado por el mundo.
Entre 1936 y 1940 recorrió Berlín, Viena, Londres, Oxford, Copenhague, Bruselas, Milán, Florencia, Bolonia, Roma y el Vaticano. Fotografió, copió y catalogó más de 3.000 documentos que quedaron bajo resguardo del INAH.
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Con ese acervo construyó el Archivo Histórico de la Biblioteca Nacional de Antropología e Historia (BNAH): una institución diseñada para que México pudiera estudiar su propio pasado en suelo mexicano, sin pedir permiso a archivos extranjeros. Dejó además un legado documental de 3.235 expedientes de sus excavaciones en Oaxaca, Guerrero, Morelos y Chiapas.
1949: el hallazgo que lo cambió todo

En 1949 el INAH la comisionó para encabezar excavaciones en Ixcateopan, Guerrero, donde pobladores aseguraban que bajo la iglesia de Nuestra Señora de la Asunción yacían los restos del último emperador mexica, Cuauhtémoc.
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Guzmán realizó un análisis integral y multidisciplinario. El 26 de septiembre de ese año anunció que los huesos encontrados pertenecían al tlatoani. La fotografía de su rostro ocupó las páginas centrales de los periódicos nacionales.
La celebración duró poco. Una comisión enviada por el propio INAH rechazó la autenticación. En 1951, una segunda comisión designada por el presidente Miguel Alemán confirmó que los documentos y los artefactos eran falsos —del siglo XIX, no del XVI— y que los huesos correspondían a varios individuos distintos.
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El borrado sistemático de una carrera
La prensa la ridiculizó. El arqueólogo Ignacio Rodríguez García, en el libro La Arqueología en México, se refirió a su actuación con “una vehemencia casi patológica”. Desde entonces, según registró la investigadora Ápud Ruiz Martínez, toda su carrera fue minimizada.
Lo que el relato oficial omitió es que la controversia de Ixcateopan no surgió en el vacío. Según investigaciones académicas recientes de Cambridge University Press, la interpretación anticolonialista de Guzmán —que situaba a Hernán Cortés como un “genio de la mentira” y reivindicaba la ascendencia indígena de la nación mestiza— chocó directamente con la postura ideológica del INAH. La institución, señalan esos estudios, usó nociones de feminidad para desacreditar no solo el hallazgo sino a la investigadora.
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Guzmán continuó al frente del Archivo Histórico del INAH hasta 1968, cuando se jubiló. Murió el 1 de enero de 1985 en la Ciudad de México, a los 94 años.
Su nombre aparece hoy en investigaciones de la UNAM y en revisiones historiográficas recientes como el de una de las primeras mujeres mexicanas en hacer investigación de documentos históricos y códices prehispánicos. La institución que resguarda su legado documental de más de tres mil expedientes es la misma que, en vida, avaló su descrédito.
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