
Fritz Glockner tardó cinco años en terminar Operación Noticia, su novela sobre el asesinato del columnista Manuel Buendía Téllez Girón, el 30 de mayo de 1984. La pandemia le dio el tiempo para investigar. La editorial, dice, le “tronaba los dedos” esperando el manuscrito.
El resultado no es una biografía ni un documental literario. Es una apuesta radical: interpelar directamente al periodista en segunda persona, preguntarle cómo habría cubierto el sismo del 85, el fraude electoral del 88 o el alzamiento zapatista del 94. “¿Cómo hubiera reportado, cómo hubiera escrito Manuel Buendía la columna de su asesinato?”, se cuestiona Glockner. Esa pregunta es el motor del libro.
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¿Por qué la ficción y no la historia?
El escritor poblano es claro sobre el género: esto no es historia, aunque la investigación que lo sostiene duró desde 2020 hasta bien entrado 2023. “Cuando escribes novelas, creo que la investigación que hago es mucho más concisa, más acuciosa que incluso cuando escribo historia”, afirma.
La distinción no es menor. La serie de Netflix sobre el caso y la biografía que escribió Miguel Ángel Granados Chapa operan desde la verosimilitud, desde el pacto con los hechos comprobables. Glockner, en cambio, apuesta por la ficción como herramienta de mayor alcance. Su referente declarado es Vicente Leñero y su novela Los periodistas: “Para mí se convierte en uno de los portentos de cómo puedes llevar la realidad a la literatura”.
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La paradoja que sostiene toda la apuesta es mexicana y muy concreta. Si en 1999 alguien hubiera publicado una novela donde el narcotraficante más buscado del país se escapa dos veces de cárceles de máxima seguridad, nadie le habría creído. Si en 1990 hubiera escrito que cada 19 de septiembre temblaría en México, tampoco. “Es maravilloso intentar que sea la ficción la que subordine a la realidad y no a la inversa”, dice Glockner.
La red que Buendía descubrió y que lo mató
Operación Noticia reconstruye el México de los primeros años ochenta como un tablero de intereses cruzados. La Dirección Federal de Seguridad (DFS), cuerpo extrajudicial del Estado mexicano, operaba en coordinación con la CIA, los narcotraficantes colombianos y los mexicanos para financiar la compra de armas en Irán destinadas a la Contra nicaragüense. Buendía lo sabía y lo estaba documentando.
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Glockner lo describe como “un juego de billar de tres bandas”. El columnista más leído del país había reunido información sobre los vínculos del director de la DFS, José Antonio Zorrilla Pérez, con el narco. Un examigo y colega de Zorrilla le entregó pruebas. La Operación Noticia, el plan para silenciarlo, se activó con 20 días de anticipación: se alquiló una oficina en la esquina de Insurgentes Sur para monitorear cada uno de sus movimientos.
El asesinato no fue un acto improvisado. “El ejecutor sabe cómo, cuándo, dónde hacer”, señala el autor. Sabía que Buendía era buen tirador, que cargaba arma en el cinto y que era diestro con ella. Por eso lo atacó por la espalda, inmovilizándolo primero.
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Lo que la muerte expone
Hay una escena en el libro que Glockner construyó a partir de una experiencia personal. El 15 de septiembre del año 2000 murió su hermana mayor, Ligia. Quince días después, sus sobrinas convocaron a la familia a la casa para repartir objetos personales. Entre las pertenencias aparecieron cartas de amor que nadie conocía.
“Cuando mueres, queda totalmente... hubieras querido que se supieran, pues con la pena, nene o nena, ya quedaron puestas en exhibición”, recuerda Glockner. Esa revelación íntima se convirtió en la tesis narrativa del libro: la muerte de Buendía expuso todo lo que el periodista sabía y no había podido publicar.
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En la novela, Buendía asiste a su propio funeral desde adentro del ataúd. Pasa lista de quienes llegan a despedirlo. Entre ellos, Zorrilla, el hombre que ordenó su ejecución, quien además se erige ante la familia y el gremio como el responsable de investigar el crimen. El presidente Miguel de la Madrid le confió formalmente la investigación.
El silencio que se extendió por todo el gremio
El asesinato de Buendía no solo eliminó una voz. Instaló una pregunta en cada redacción del país. “Si eso le pasó a Manuel Buendía, ¿qué no me puede pasar a mí?”, reproduce Glockner el pensamiento colectivo del gremio periodístico en ese momento.
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Para el autor, ese efecto paralizante es uno de los elementos que la sociedad mexicana todavía no ha dimensionado del caso. México ya había visto la represión estatal: el movimiento ferrocarrilero de 1958, la matanza del 2 de octubre de 1968, el Halconazo del 10 de junio de 1971. Pero dirigir una operación quirúrgica contra la voz periodística más influyente del país era otra cosa. “Obviamente provocó otra realidad”, dice.
Lo que distingue ese crimen del presente también importa en el análisis de Glockner. Los periodistas asesinados hoy en México mueren, en su mayoría, a manos del crimen organizado y por lo que ya publicaron, no por lo que están a punto de revelar. “Me balconeaste y entonces te silencio”, lo resume el autor. Son lógicas distintas, aunque el resultado sea el mismo.
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Fantasmas, no cadáveres
Glockner se define como un historiador que apuesta por la narrativa de fantasmas y no de cadáveres. La distinción es programática. “El cadáver en el presente te sirve para conmemoraciones y para colocación de placas y nombres de calles o de estatuas. Pero el fantasma, cuando actúa en el presente, te asusta”.
Esa visión lo condujo de nuevo al caso Buendía después de la pandemia, cuando el asesinato del columnista seguía siendo un hilo suelto en la memoria colectiva. El thriller ya estaba planteado: un jefe policial que organiza el operativo para silenciar al periodista incómodo, siendo además su amigo.
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Sin embargo, sobre los responsables que nunca fueron juzgados, Glockner cierra la puerta con precisión quirúrgica. “No me atrevería en esta entrevista a seguir jugando a si existen o no culpables que no han sido sentenciados. No soy juez, no soy Ministerio Público, soy escritor y llevo la realidad a la ficción”.
Lo que sí afirma es que “fue el sistema en conjunto”. No una orden de De la Madrid, no una decisión de un secretario de Estado en particular. El sistema. Y que ninguna historia, ni esta ni la caída de Tenochtitlán en 1521, termina de ser narrada en su totalidad. Siempre quedarán verdades parciales, rincones sin iluminar, preguntas sin respuesta. Para eso, dice, existe la literatura.
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