
La tarde del 21 de junio de 2003 quedó grabada en la memoria de miles de aficionados de Irapuato. Ese día, la llamada Trinca Fresera derrotó a León en la Final de Ascenso de la entonces Primera División A y consiguió un histórico campeonato que devolvió la ilusión a una de las aficiones más apasionadas del país.
Más de 25 mil personas celebraron en el Estadio Sergio León Chávez el regreso de su equipo a los primeros planos del futbol nacional. Sin embargo, detrás de aquella fiesta deportiva se escondía una historia que años después sacudiría al balompié mexicano.
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Según ha documentado el periodista especializado en crimen organizado Óscar Balderas, el propietario del Club Deportivo Irapuato era entonces Tirso Martínez Sánchez, un operador financiero vinculado al Cártel de Sinaloa y señalado por autoridades estadounidenses como colaborador de Joaquín “El Chapo” Guzmán.
Mientras los aficionados festejaban el campeonato, quien observaba desde uno de los palcos también celebraba. No era únicamente un empresario deportivo exitoso, sino un hombre que, según investigaciones judiciales posteriores, utilizaba los equipos de futbol para ocultar recursos provenientes del narcotráfico.
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El nexo con Yucatán
La historia no se limitó a Guanajuato.
Balderas señala que Tirso Martínez construyó una red de equipos de futbol que incluía a los Venados de Yucatán, entonces participante en la Segunda División, además de los Reboceros de La Piedad y otros proyectos deportivos que buscaban ampliar su influencia dentro del futbol profesional mexicano.
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Nacido en Guadalajara en 1966, Tirso Martínez era conocido por diversos alias, entre ellos “El Futbolista”, “El Doctor” y “El Centenario”. Con el paso de los años logró construir una imagen de empresario exitoso mientras, presuntamente, operaba una de las estructuras logísticas más importantes para el tráfico de drogas hacia Estados Unidos.
De acuerdo con las investigaciones estadounidenses, el futbol representaba una oportunidad ideal para el lavado de dinero debido a la limitada supervisión financiera que existía en algunas categorías profesionales durante aquella época.
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Además de justificar ingresos millonarios, los clubes podían servir para realizar movimientos financieros difíciles de rastrear, organizar apuestas ilegales e incluso facilitar actividades logísticas relacionadas con el narcotráfico.
De traficante local a operador internacional
Antes de convertirse en propietario de equipos de futbol, Tirso Martínez había desarrollado una carrera dentro del crimen organizado.
Según los testimonios presentados en cortes estadounidenses, comenzó trasladando pequeñas cantidades de droga en Jalisco hasta expandir sus operaciones a distintas regiones del país.

Posteriormente estableció contactos con organizaciones criminales colombianas y fortaleció sus vínculos con figuras relevantes del narcotráfico mexicano.
Con el tiempo se relacionó con personajes como Amado Carrillo Fuentes, conocido como “El Señor de los Cielos”, y con Arturo Beltrán Leyva, uno de los líderes más importantes del narcotráfico en México durante los años noventa y principios de los dos mil.
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Las autoridades estadounidenses estimaron que entre 2000 y 2003 la red operada por Tirso Martínez participó en el traslado de aproximadamente 76 toneladas de cocaína hacia territorio estadounidense.
Aquellas actividades generaron ganancias multimillonarias y, según el propio testimonio del acusado años después, surgió la necesidad de encontrar mecanismos para ocultar el origen ilícito del dinero.
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El futbol como negocio perfecto
Durante el llamado “Juicio del Siglo” contra Joaquín Guzmán Loera, Tirso Martínez explicó cómo comenzó a invertir sus recursos en empresas aparentemente legales.
Entre esas inversiones destacaban los clubes de futbol.
Según declaró, llegó a acumular una fortuna cercana a los 70 millones de dólares, recursos que buscó dispersar en diversos negocios para evitar sospechas de las autoridades.
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Los equipos deportivos le ofrecían múltiples ventajas: ingresos por taquilla, patrocinios, transferencias de jugadores, contratos comerciales y movimientos financieros constantes que facilitaban justificar grandes cantidades de dinero.
Durante varios años logró proyectar la imagen de un respetado empresario del deporte, mientras las investigaciones en Estados Unidos avanzaban discretamente.
La caída del imperio
Las primeras sospechas surgieron en 2004.
Ese año, la Federación Mexicana de Futbol inició revisiones financieras a diversos clubes para verificar la solvencia económica de sus propietarios.

Las auditorías detectaron inconsistencias en las cuentas relacionadas con Tirso Martínez, incluyendo gastos sin comprobar y presuntas empresas fantasma.
Poco después, el entonces subprocurador de la República, José Luis Santiago Vasconcelos, reveló públicamente que existían investigaciones sobre presuntos narcotraficantes vinculados con equipos de futbol profesional.
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Aunque no mencionó nombres específicos, las alarmas se encendieron dentro del futbol mexicano.
Finalmente, en 2006, los propietarios de la liga reunieron recursos para adquirir los equipos asociados a Tirso Martínez. Tras concretar la operación, las franquicias fueron desafiliadas, cerrando uno de los capítulos más controvertidos en la historia del deporte nacional.
Del juicio de El Chapo a una sentencia reducida
Durante años Tirso Martínez permaneció prófugo.
Fue detenido en febrero de 2014 en Guanajuato tras meses de vigilancia por parte de las autoridades mexicanas. Posteriormente fue extraditado a Estados Unidos, donde tomó una decisión que cambiaría su destino judicial.
Aceptó colaborar como testigo protegido y declaró tanto en el juicio contra Joaquín Guzmán Loera como en el proceso contra el exsecretario de Seguridad Pública, Genaro García Luna.
Su cooperación fue considerada relevante por las autoridades estadounidenses, lo que derivó en una reducción significativa de su condena.
En lugar de enfrentar cadena perpetua, recibió una sentencia de 84 meses de prisión.
De acuerdo con la información difundida por Óscar Balderas, Tirso Martínez recuperó su libertad alrededor de 2023 y actualmente permanecería bajo supervisión de las autoridades estadounidenses o dentro de algún esquema de protección para testigos.
Su ubicación exacta se desconoce.
Lo que sí permanece en la memoria del futbol mexicano es la historia de cómo uno de los operadores del Cártel de Sinaloa logró infiltrarse en el deporte profesional, adquirir equipos, ganar campeonatos y mover millones de dólares antes de que las autoridades descubrieran el entramado.
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