
La posibilidad de que la Secretaría de Educación Pública (SEP) adelante el cierre del ciclo escolar 2025-2026 al 5 de junio para facilitar la logística de la Copa Mundial de Futbol 2026, abrió un debate que va más allá del calendario: el impacto neurológico y educativo de mantener a millones de estudiantes fuera de las aulas durante casi tres meses.
Investigadores de la Universidad de Connecticut y la Universidad de Minnesota coinciden en que los meses sin escuela afectan el cerebro de los niños en al menos tres áreas documentadas por la neurociencia: la memoria de trabajo, la flexibilidad cognitiva y la regulación emocional.
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El estudio, publicado en diciembre de 2025 con datos de más de 23 mil niños y jóvenes en Estados Unidos y Singapur, encontró que el desempeño en pruebas cognitivas cae de forma consistente al final del verano, justo después del receso escolar.
Los autores llaman al fenómeno summer slide y precisan que no se trata solo de olvidar contenidos: los efectos alcanzan habilidades generales como la atención sostenida y la capacidad de adaptarse a tareas nuevas.
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El cerebro poda lo que no usa
La neurociencia ofrece una explicación biológica. Cuando el cerebro deja de recibir estímulos regulares, activa un proceso de poda neuronal: elimina conexiones entre neuronas que no se refuerzan.
Un estudio del Massachusetts General Hospital midió el grosor cortical —indicador físico del aprendizaje— en niños de primaria antes y después del verano. Los que no participaron en ningún programa de refuerzo mostraron adelgazamiento cortical, señal de retroceso en las áreas vinculadas a la lectura.
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Los investigadores de Minnesota advierten que el efecto, aunque consistente, es modesto en la mayoría de los casos. El factor que lo amplifica es el entorno: la brecha entre un niño con acceso a libros, museos y actividades estructuradas y otro que pasa el verano frente a una pantalla sin estímulos académicos puede ser siete veces mayor que el retroceso promedio del receso.
Los más pequeños, los más vulnerables
La evidencia más contundente sobre los daños de una ausencia escolar prolongada proviene del seguimiento a niños que vivieron los cierres por la pandemia de covid-19. Un estudio de la Universidad de East Anglia, que rastreó a 139 niños de entre 2.5 y 6.5 años durante varios años, encontró que quienes cursaban su primer año escolar cuando comenzaron los confinamientos en 2020 mostraron un desarrollo más lento en autorregulación y flexibilidad cognitiva que sus pares.
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Esos niños tienen hoy entre 10 y 11 años y los rezagos persisten. Las funciones ejecutivas —la capacidad de concentrarse, controlar impulsos y ajustarse a cambios— son las que más tardan en recuperarse tras una interrupción prolongada, según la revisión publicada en 2026 en Spandidos Publications con datos de estudios entre 2020 y 2025.

El rezago que ya existe en México
El contexto mexicano agrava el panorama. En 2024, 3.4 millones de niñas, niños y adolescentes de entre 3 y 17 años presentaban rezago educativo, según datos del INEGI.
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La tasa de participación en educación preescolar es del 78 por ciento, nueve puntos por debajo del promedio de la OCDE. Antes de sumar días sin clase, el sistema ya acumula una deuda de aprendizajes.
La “teoría del grifo”, formulada por investigadores de la Universidad Johns Hopkins, describe con precisión lo que ocurre en México durante el verano: en el ciclo escolar, todos los alumnos acceden al mismo flujo de recursos.
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Cuando termina, ese flujo se interrumpe para los estudiantes de familias con menos ingresos, mientras que los de familias con más recursos mantienen el acceso a actividades, libros y viajes. Cada verano largo amplía esa brecha.
Matemáticas primero, lectura después
Las pérdidas no son uniformes. La investigación de Brookings Institution con datos de medio millón de estudiantes de segundo a noveno grado indica que las caídas en matemáticas son consistentemente más pronunciadas que en lectura. La razón: la lectura tiene más oportunidades de práctica informal durante el verano; las matemáticas, casi ninguna fuera del aula.
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En México, antes de la pandemia, el 59 por ciento de los estudiantes de primaria ya tenía resultados insuficientes en matemáticas, según el INEE. Un receso extendido opera sobre esa base, no sobre una tabla rasa.
La propuesta de la SEP contempla una semana de trabajo interno para docentes y un periodo de regularización antes del inicio del ciclo 2026-2027, previsto para el 31 de agosto.
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Si el calendario se confirma, los estudiantes pasarían casi tres meses fuera del aula: el intervalo más largo que la investigación identifica como el umbral donde los efectos cognitivos dejan de ser triviales.
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