
En la cultura popular mexicana, uno de los remedios más comunes tras vivir una experiencia que genera miedo o nerviosismo —un sismo, un accidente o una mala noticia— es comer un bolillo.
La escena es bien conocida: alguien se lleva un susto, y de inmediato alguien más le ofrece un bolillo “para el susto”. Pero ¿realmente tiene fundamento científico esta práctica o es solo una costumbre?
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Comer pan o bolillo tras un susto es una tradición que se ha transmitido de generación en generación. Para muchas personas mayores, esta costumbre tiene un valor casi terapéutico, ya que se asocia con “asentar el estómago”, calmar los nervios o incluso evitar que “se suba la bilis”, una idea relacionada con la medicina tradicional.
Sin embargo, aunque esta práctica es muy popular, no existe evidencia científica contundente que respalde su efectividad desde el punto de vista médico.

¿Qué pasa en el cuerpo después de un susto?
Cuando una persona sufre un susto, el cuerpo entra en un estado de alerta o estrés agudo, conocido como “respuesta de lucha o huida”. En ese momento, el sistema nervioso libera adrenalina, lo que provoca un aumento en el ritmo cardíaco, la presión arterial, la frecuencia respiratoria y una disminución del flujo sanguíneo al sistema digestivo.
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En otras palabras, el cuerpo no está enfocado en digerir alimentos, sino en reaccionar al peligro. Por ello, desde el punto de vista fisiológico, comer inmediatamente después de un susto no tendría un beneficio directo y, en algunos casos, incluso podría provocar malestar si el sistema digestivo está alterado.
¿Por qué el bolillo podría “ayudar”?
Aunque no haya estudios que lo respalden formalmente, el bolillo —o cualquier alimento simple y alto en carbohidratos— podría tener un efecto indirecto en el estado emocional de la persona. Comer pan puede generar una sensación de bienestar o distracción, y su textura y sabor neutros suelen ser fáciles de tolerar, incluso en momentos de tensión.
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Además, consumir carbohidratos puede inducir una ligera liberación de serotonina, el neurotransmisor relacionado con la sensación de calma y bienestar. Este efecto, sin embargo, es leve y no exclusivo del bolillo.
Sin embargo, desde el punto de vista de la psicología y la nutrición, la mejor forma de atender un susto o episodio de ansiedad leve es mediante técnicas de respiración, hidratación, reposo y, en casos graves, atención médica.
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Comer un bolillo no es dañino, pero no debe considerarse un tratamiento ante síntomas intensos como desmayos, taquicardias o crisis nerviosas.
Comer un bolillo después de un susto no tiene respaldo científico directo, pero tampoco es una práctica perjudicial. Su beneficio radica más en el aspecto cultural, emocional y simbólico que en una función fisiológica real.
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Como muchas costumbres populares, puede ofrecer consuelo en un momento de tensión, siempre y cuando se combine con medidas médicas y psicológicas adecuadas cuando sea necesario.
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