
El investigador emérito del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), Eduardo Matos Moctezuma, llevó a cabo una revisión profunda sobre la evolución de la investigación arqueológica en México, especialmente a partir del hallazgo del monolito de Coyolxauhqui en el Centro Histórico de la Ciudad de México en febrero de 1978.
Según relató el propio arqueólogo, ese descubrimiento marcó un punto de inflexión que exigió una aproximación multidisciplinaria para comprender la magnitud y el significado del Templo Mayor.
Al recordar su designación como responsable del Proyecto Templo Mayor a los 37 años, Matos Moctezuma reconoció la magnitud del reto.
“Cómo iba a imaginar que me iban a encargar, a los 37 años de edad, del Proyecto Templo Mayor (PTM). Era una gran motivación, pero además una gran responsabilidad”.
Desde el inicio, su visión fue clara: integrar no solo a arqueólogos, sino a especialistas de diversas áreas, convencido de que la complejidad del sitio requería una mirada amplia y colaborativa.

Durante la conferencia, el fundador del PTM subrayó la relevancia de los proyectos arqueológicos integrales, evocando el precedente establecido por Manuel Gamio.
Este pionero propuso, en su investigación sobre la población del Valle de Teotihuacan, la colaboración entre arquitectos, antropólogos físicos, lingüistas, geógrafos y geólogos.
“Fue la primera iniciativa integral donde participaron disciplinas propias de la antropología y ajenas, pero que eran, y siguen siendo, importantes para la arqueología misma”, explicó Matos Moctezuma.
En el caso específico del Templo Mayor, el enfoque teórico se apoyó en dos pilares: por un lado, el análisis de documentos históricos, como anales y crónicas del siglo XVI que describen el edificio; por otro, la interpretación arqueológica de antecedentes materiales hallados en la zona, como la Piedra del Sol, la Piedra de Tízoc y la Coatlicue, descubiertos en el siglo XVIII.
Esta doble vertiente permitió reconstruir el contexto y la función del templo en la cosmovisión mexica.
La conservación de los materiales extraídos fue otro aspecto central. Matos Moctezuma consideró indispensable la participación de restauradores para evaluar el estado de los hallazgos y aplicar tratamientos de preservación cuando fuera necesario.
“Los restauradores tenían bastante trabajo, porque cada pieza que salía tenía que protegerse. Hicieron una labor formidable”, reconoció el investigador, destacando la importancia de la conservación en el proceso arqueológico.
La difusión del conocimiento generado por el PTM ha sido una constante desde sus inicios. Matos Moctezuma resaltó la publicación de obras como Trabajos arqueológicos en el centro de la Ciudad de México (1979) y El Templo Mayor: Excavaciones y estudios (1982), ambos coordinados por él, así como La recuperación mexica del pasado teotihuacano (1989), de Leonardo López Luján.
Estas publicaciones han permitido que el trabajo de arqueólogos y especialistas de otras disciplinas llegue a un público más amplio.
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