
En la historia de México hay sucesos que parecen sacados de una novela, pero que están documentados con asombrosa precisión.
Uno de ellos ocurrió en el Valle de México hace casi 500 años, cuando los mexicas y los tlatelolcas presenciaron un fenómeno meteorológico que hasta hoy sigue llamando la atención: el primer tornado registrado en América.
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Este episodio está narrado en el Libro XII del Códice Florentino, una monumental obra escrita por fray Bernardino de Sahagún en el siglo XVI, que recoge tradiciones, relatos y la cosmovisión de los pueblos originarios.
Entre sus páginas se cuenta cómo, durante los últimos días del asedio a México-Tenochtitlan, un remolino de viento surgió de forma repentina en Tlatelolco, sorprendiendo a quienes lo presenciaron.
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Lejos de ser solo una anécdota, este fenómeno quedó grabado como parte de la memoria histórica. Y siglos después, también encontraría su lugar en el arte.

Del códice a la pintura: la mirada de Cleofas Almanza
El Museo Nacional de Arte (MUNAL) explica que esta historia inspiró al pintor Cleofas Almanza, alumno de la Academia de San Carlos y discípulo del célebre paisajista José María Velasco. En su obra Tempestad en los llanos de Aragón, Villa de Guadalupe, Almanza decidió plasmar un tornado que irrumpe con fuerza en la escena, mientras un pescador y su esposa intentan huir del peligro.
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La composición no es casual: el paisaje representado hace referencia al mismo valle donde, más de 300 años antes, se había documentado aquel primer tornado. La obra funciona como una doble memoria: la del momento histórico narrado en el Códice Florentino y la del México del siglo XIX, cuando Almanza pintó la pieza.

Un testimonio que une ciencia y tradición
Lo fascinante de este relato es que no se limita a un registro histórico. El tornado de Tlatelolco combina la observación empírica —el hecho de que los mexicas registraran el fenómeno— con la interpretación cultural y simbólica de la época.
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Para ellos, estos eventos no eran simples accidentes meteorológicos: podían tener significados espirituales o políticos, especialmente en un momento tan crítico como el asedio a la gran ciudad.

Así, entre los remolinos de viento y polvo que surgen en las páginas del Códice Florentino, y las pinceladas dramáticas de Cleofas Almanza, se mantiene viva una de las primeras crónicas meteorológicas del continente.
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Hoy, casi cinco siglos después, el MUNAL llegó a recordar que el primer tornado documentado en América sucedió aquí, en el corazón de lo que hoy es la Ciudad de México, y que la historia, como el viento, siempre encuentra la manera de volver.
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