El misterioso hombre que inspiró el peinado de Pedro Infante en Tizoc y nadie conocía

Esta cinta marcó el Cine de Oro Mexicano debido a las inolvidables actuaciones de sus protagonistas

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Pedro Infante Tizoc-México- 03 mayo
(Archivo)

Antes de que el mundo conociera a Tizoc, el indígena de alma limpia que se enamora trágicamente de una mujer criolla en la película de 1957, Pedro Infante ya llevaba el personaje bajo la piel.

No era raro verlo llegar a reuniones en huaraches, ni que se apareciera con la mirada perdida. Había dejado atrás el charro galante y estaba a punto de transformarse en algo más profundo: un símbolo de marginación y dignidad.

En esos días, cuentan sus más cercanos, Pedro hablaba poco y observaba mucho. Se había propuesto “no fingir a Tizoc, sino serlo”.

Su forma de prepararse no fue en escuelas de actuación ni con asesorías técnicas. Resultó un ejercicio de empatía silenciosa y entrega absoluta.

Pedro Infante Tizoc-México- 03 mayo
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Como lo recuerda su hermano Ángel, citado por Carlos Monsiváis en Pedro Infante: Las leyes del querer, “Pedro se empapaba de la psicología y las habilidades” del personaje. Pero esa preparación comenzó con un hombre.

¿Cómo se preparó Pedro Infante para Tizoc?

Pedro Infante había interpretado al charro bravo, al hijo del pueblo, al ídolo romántico. Pero Tizoc exigía otra dimensión. Para él, no bastaba con aprenderse un guión: quería conocer el cuerpo, la mirada y el paso de un indígena verdadero. Así que comenzó por los pies.

Según narra Monsiváis, Ángel Infante contó que Pedro pidió que le confeccionaran unos huaraches idénticos a los que usaba uno de sus trabajadores en la casa de la carretera a Toluca. Eran sandalias rústicas, de tiras de cuero gruesas amarradas a una suela dura.

Los usó por más de un mes: “asistía con ellos puestos a reuniones informales, y hasta manejaba su Cadillac con ellos”.

Pedro Infante Tizoc-México- 03 mayo
(Archivo)

Le hicieron ampollas y lo lastimaron al principio, pero Pedro aguantó. Quería que, cuando llegara la filmación, su cuerpo ya estuviera curtido. Y así fue: con los pies endurecidos, podía moverse como lo haría Tizoc, sin impostaciones.

El misterioso hombre que inspiró el peinado y la forma de ser de <i>Tizoc</i>

Pero los huaraches no eran todo. El corazón de Tizoc venía de otro lugar. Pedro lo encontró en Mérida, en su propia casa. Lo describe Monsiváis, a partir del testimonio de Ángel Infante: se trataba de Primitivo, “un mozo que empleaba en su casa, un indio maya puro que no hablaba español y era muy taimado”.

Pedro lo observaba durante horas. Lo espiaba, literalmente. Se fijaba en cómo se peinaba, cómo bajaba la mirada, cómo se desplazaba o cómo respondía con gestos más que con palabras. Primitivo era su modelo vivo, y con él Pedro formó el gesto, el ritmo, incluso la melancolía de Tizoc. El peinado de la película es una copia fiel del de este trabajador anónimo.

Monsiváis lo resume con claridad: “Para interpretar un personaje, Pedro primero se empapaba de su psicología y sus habilidades”.

Así luce actualmente la iglesia donde Pedro Infante y María Félix consumaron su amor en ‘Tizoc: Amor indio’
(Foto: Infobae México/ Jovani Pérez)
Así luce actualmente la iglesia donde Pedro Infante y María Félix consumaron su amor en ‘Tizoc: Amor indio’ (Foto: Infobae México/ Jovani Pérez)

En este caso, el alma de Tizoc no vino de los libros ni de los ensayos, sino del respeto casi reverencial que Pedro tuvo por ese hombre silencioso que caminaba por su casa sin saber que lo estaban convirtiendo en leyenda.

Un legado que cruzó fronteras

Tizoc: Amor indio, dirigida por Ismael Rodríguez y protagonizada por Pedro Infante y María Félix, fue un éxito rotundo. Ganó el Globo de Oro a Mejor Película Extranjera y se convirtió en una obra clave del cine mexicano por abordar el amor imposible entre un indígena y una mujer criolla, entrelazado con temas de racismo, desigualdad y fatalismo.

Pero detrás de esa película había algo más íntimo: un actor que no sólo actuaba, sino que encarnaba. Que no simulaba huaraches, sino que los sufría. Que no copiaba gestos, sino que los aprendía en silencio. Que veía a sus personajes no como ficciones, sino como personas reales a las que debía honrar.

Y detrás de Tizoc, siempre quedará el eco de un hombre que nunca subió a un escenario, pero que sin saberlo, dejó su rostro, su andar y su alma en uno de los personajes más entrañables del cine mexicano.