
Mueren quienes escriben cuando la gente deja de leer sus obras, quizá algunos textos se lo hayan merecido, pero también hay otros que se han perdido por la negligencia del público, escritos importantes que no tuvieron quién se responsabilizara por ellos, libros que vagan por la calle con sus pastas rotas, que duermen apilados en ofertas de librerías, cada vez más abajo, cada vez más cerca del papel reciclado, hasta que un día ya nadie los busca; aunque estén, desaparecen por completo.
Mueren las y los autores con el olvido, pero también, dice Javier Aranda, “mueren los lectores de desmemoria”. Aunque esta muerte no es igual a la que más conocemos, esa en la que se deja de respirar y el corazón se vuelve silencio. No, la muerte de los que leen no es física, es algo que se pierde más adentro de lo material, como si nos quitaran gran parte de esa casa íntima en la que vive nuestra existencia, que se llevaran las partes fundamentales como el jardín, la cama, la sala y la cocina, y dejaran sólo bardas y cemento en el fondo de nuestra alma y nos convencieran de que siempre fue así.
Es una tragedia inconsciente, en la que falta algo bello, pero no sabremos nunca qué es. Sin árboles ni plantas, los cantos de los pájaros no tendrían razón de ser y, sin memoria, ¿cómo podríamos darnos cuenta que ya no se escuchan esos trinos que antes nos alegraban? Quizá la experiencia más cercana a este algo que no se puede experimentar es haber tenido un sueño fascinante y en la mañana percatarnos de que se nos escapa como arena de mar entre los dedos, que se disipa sin que la memoria pueda sujetar ni siquiera un grano de aquello que sólo se reduce a sensación de pérdida.
Sabemos por la historia que muchos libros dejaron de existir, como aquellos ejemplares únicos que ardieron en la Biblioteca de Alejandría. ¿Cuántos libreros vacíos se han acumulado ya en nuestros adentros?, espacios donde no es posible leer nada, enormes huecos sin clasificación que recuerdan a esos tristes océanos paleozoicos que actualmente son sólo desiertos; ahí donde había toneladas de agua y de peces, millones de palabras, ahora sólo hay aire, porque el humo de los libros quemados ni siquiera deja fósiles.

Milán Kundera, en La inmortalidad, reflexiona sobre lo difícil que nos resulta asumir la responsabilidad, retoma para ello el mito de Edipo, aquel rey que no evade la atrocidad de su destino diciendo: yo no sabía que ella era mi madre, ni tampoco se defiende argumentando que no tenía intención de matar a su padre. Se hace responsable de sus actos y se saca los ojos y abandona el poder, algo que resulta contradictorio con la forma de pensamiento actual, tanto en lo político como en lo cotidiano.
Estamos conscientes, quizá, que no hemos destruido ningún libro, ni incendiado ninguna biblioteca, pero eso no deshace la nostalgia por aquello que no podremos leer. Quizá la esperanza de recuperar esas partes necrosadas de las y los lectores sea que, en algún lugar exista un cielo para los libros y que los libros se hayan portado bien, pero también que no hayan caído en el infierno, ni que se hayan atorado en el purgatorio. Faltaría además que coincidan en esa especie de espacio el cielo de los libros y el de las personas, y que nos hayamos portado bien también nosotros…y al pensarlo con detalle surgen tantas posibles opciones, como en un dado de infinitas caras y no parece que vayamos a tener la suerte necesaria.
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