
Hace un par de años, dos perros callejeros llegaron a la puerta de una pizzería, donde un hombre decidió ofrecerles unas salchichas para alimentarlos.
Con el paso del tiempo, lo que comenzó como un gesto ocasional se convirtió en una rutina, pues los canes no se separaban ni por un momento del lugar. “No entiendo por qué no se despegan de la puerta, ni siquiera con el frío que hace afuera”, comenta el hombre, sorprendido por la lealtad y el apego de estos animales.
Los perros parecían custodiar el negocio de forma constante. El hombre relata que cada vez que se alejaba, ellos lo seguían corriendo, y al regresar a la pizzería, volvían tras él para quedarse en la entrada. A pesar del constante ir y venir de clientes y transeúntes, los caninos permanecían firmes e indiferentes a todo, atentos únicamente a la presencia del hombre y al local.
El hombre decidió dejar de darles solo salchichas y empezó a comprarles comida especial para perros. “Ellos ya reconocían el momento en que sacaba el recipiente para cada uno y se acercaban con total confianza”, explica, mostrando cómo, poco a poco, se fue consolidando un vínculo profundo de confianza y cariño entre ellos.
Este caso fue dado a conocer por Kitter Club, una plataforma de YouTube dedicada a visibilizar historias de bienestar animal y rescate, donde el cuidador que administraba la pizzería compartió su experiencia y el vínculo especial que formó con los perros.
El invierno, el refugio y la historia detrás de Mini y Pizza

Cuando llegó el invierno, las fuertes nevadas pusieron en riesgo a los caninos que permanecían afuera. Sin embargo, aunque el hombre los invitó a entrar para protegerlos del frío, ellos dudaban en cruzar la puerta, limitándose a poner solo las patas dentro del local. Esta actitud reflejaba su desconfianza a pesar de las adversidades.
Un vecino le contó al hombre que estos perros habían sido cuidados anteriormente por empleados de una fábrica cercana que cerró, dejando a los animales abandonados a su suerte. “Me dijo que antes había gente que los alimentaba y paseaba, pero cuando la fábrica cerró, simplemente los dejaron ahí”, recuerda con tristeza el dueño de la pizzería. Conmovido por esta historia, decidió adoptar a los canes y brindarles un hogar seguro y digno. “No podía permitir que siguieran viviendo así, necesitaban un lugar donde sentirse protegidos y queridos”, afirma.
Para protegerlos del frío, el encargado del local les construyó casitas de madera frente al negocio y les puso nombres: la perra rubia se llama Mini y el can café, Pizza. Además, les colocó pañuelitos distintivos y rápidamente se convirtieron en la atracción del lugar, ganándose el cariño de los visitantes y clientes.
Cambios, separación y un nuevo comienzo

La llegada de Mini y Pizza transformó por completo la vida del hombre, quien tomó la decisión de dejar atrás la pizzería para dedicarse a ser entrenador de perros. “Ver cómo Pizza respondía al entrenamiento me motivó a aprender más y a ayudar a otros perros y sus dueños”, relata. Hoy, Pizza lo acompaña en su nuevo negocio y sirve como ejemplo para el resto de dueños y canes de lo que se puede lograr con paciencia, dedicación y un buen entrenamiento.
Durante el tiempo en que el local aún operaba, Mini y Pizza tuvieron una pelea que obligó a separar ambas criaturas para evitar futuros conflictos. “Para que no siguieran peleando, decidimos que Mini se quedara con mi mamá, así ambos podían estar tranquilos”, explicó el cuidador.
Aunque intentó reunirlos nuevamente, Mini y Pizza no lograron convivir mucho tiempo juntos, por lo que el hombre prefiere no forzar su relación y dejar que poco a poco se acerquen de forma natural. “Creo que es mejor respetar su espacio y permitir que ellos mismos decidan cuándo quieren volver a estar juntos”, comenta con paciencia, demostrando un profundo compromiso con el bienestar emocional de sus compañeros caninos.
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