
A las dos de la madrugada, el frío era insoportable y el miedo a morir congelados dominaba el ánimo de una familia de alpinistas. Habían perdido el sendero de descenso en el imponente Pico de Orizaba. La oscuridad y la neblina los envolvían. Entonces, un ladrido rasgó el silencio de la montaña. A lo lejos, como un canto salvador, se escuchaban los ladridos de un canino. Era Citla, un canino mestizo de mirada curtida por los años y las batallas, que conocía la montaña mejor que nadie. Gracias a él, hallaron el camino. Sobrevivieron.
Historias como esta abundan entre montañistas de distintas latitudes —mexicanos, japoneses, alemanes, australianos, chinos—, quienes acudían a la montaña como actividad recreativa y que tuvieron la fortuna de encontrarse con el perro durante sus ascensos al Citlaltépetl, la montaña más alta de México.
De acuerdo con los locatarios que lo cuidaron hasta sus últimos días, no era un perro cualquiera. Tenía muchas cicatrices en el rostro, resultado de enfrentamientos con coyotes desde que era un cachorro, una capacidad de adaptación increíble y una Citla era un auténtico habitante del volcán.
Un huérfano adoptado por la montaña

Sus orígenes son imprecisos. Unos cuentan que su madre murió al lanzarse contra un camión que subía a la montaña, por lo que los cachorros quedaron huérfanos y si bien algunos fueron recogidos por un trabajador de la zona, uno de ellos —Citla— se resistió. Él se internó en el bosque y desapareció por un tiempo.
Otras versiones señalan que un trabajador del Instituto Nacional de Astrofísica, Óptica y Electrónica (INAOE) lo llevó cuando aún era cachorro, y que el perro, tras acompañarlo en algunas caminatas, decidió quedarse. Una más afirma que fue un albañil que trabajaba en la construcción del Gran Telescopio Milimétrico quien lo llevó, pero de nuevo, el animal prefirió la libertad de las alturas. Lo cierto es que Citla fue un mestizo adoptado por la montaña.
Meses después de que naciera se le comenzó a ver merodeando entre los refugios alpinos, robando comida a los escaladores. Los locatarios cuentan que nunca comió croquetas, ni tortillas ni sobras; su dieta más bien se basaba en salami, carne seca, salchichas, atún y pollo rostizado.

Cuando no reinaba la presencia de los turistas, Citla contaba con su instinto de supervivencia, por lo que aprendió a cazar ardillas y conejos. Algunas de las fotografías que se compartieron de él lo muestran echado en la nieve, comiendo una de sus presas con total naturalidad.
A lo largo de los años, el cuerpo de Citla se adaptó a condiciones extremas, ya que soportaba temperaturas de hasta -11°C y la presión del aire a 5 mil 747 metros sobre el nivel del mar. En más de una ocasión, los montañistas le colocaron gafas para protegerlo del reflejo cegador del hielo. También lo filmaron corriendo sobre la nieve, con las patas al desnudo, guiando a los alpinistas hacia la cima o de regreso al refugio. Otros lo recuerdan por sus ladridos de alerta ante serpientes u otros animales peligrosos. “Era un guía, un compañero, un centinela de cuatro patas”, relatan quienes tuvieron la oportunidad de convivir con él.
Durante años, Citla fue un mito viviente entre la pequeña comunidad montañista del país. Sin embargo, en 2015, su historia traspasó fronteras, ya que medios de comunicación internacionales subieron al Pico de Orizaba para reportar el hallazgo de dos cadáveres momificados, desaparecidos desde 1959. Los reporteros conocieron a Citla y quedaron impresionados. Por primera vez, su historia fue difundida a nivel global: la del perro que nunca bajaba de la montaña, que cuidaba a los alpinistas y que se convirtió en símbolo de resistencia y lealtad.
El guardián que nunca quiso bajar
Lo que pocos sabían es que Citla ya enfrentaba el final de su vida. El reflejo constante del sol en el hielo había dañado irreversiblemente su vista. Con el tiempo, quedó ciego. Luego, un cáncer de hígado lo debilitó hasta impedirle seguir en su montaña. En sus últimos años, fue cuidado por Hilario Aguilar, director de Protección Civil y fundador del Cuerpo Delta de Rescate Alpino de Ciudad Serdán, quien se convirtió en su padre adoptivo.
Desde entonces, montañistas lo alimentaron en el refugio de las faldas del volcán. Lo esperaban en cada expedición, y al llegar, eran recibidos por ese perro de mirada sabia y cuerpo curtido. “Su presencia brindaba consuelo. Su olfato, dirección. Su lealtad, protección”, recuerdan en diversas publicaciones de Facebook los alpinistas.
Citla falleció el 27 de septiembre de 2017. No murió en la cima, pero sí fue enterrado a sus pies, en un ataúd blanco, rodeado de flores amarillas, sus gafas oscuras, fotos, juguetes y piezas de pollo rostizado. Fue un adiós lleno de amor y gratitud, de aquellos que lo consideraban un ángel.

Este 29 de septiembre se cumplieron siete años de su muerte y la comunidad de montañistas, así como los vecinos del Pico de Orizaba no dejaron pasar el memorial. Através de redes sociales, alpinistas y viajeros organizaron una peregrinación para rendirle homenaje. Visitaron su tumba, compartieron anécdotas, llevaron flores, playeras con su imagen, y fotografías de aquellos momentos compartidos en la nieve.
La página de Facebook que lleva su nombre sigue activa. Ahí, quienes alguna vez fueron guiados por él relatan con emoción cómo Citla los salvó, los acompañó o simplemente les dio la bienvenida al Citlaltépetl. Para ellos, no fue solo un perro. Fue el “Guardián de la Montaña”, el “Perro de las Nieves”, el ángel que ladraba cuando todo parecía perdido. Asimismo, en la aplicación de geolocalización Google Maps se puede conocer la ubicación exacta del santuario donde Citla descansa desde 2017
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