“La soledad del paracaidista”, de Oché Cortés: dos relatos vanguardistas de una generación rebelde

El español se sumerge en una época dorada para revivir sus sonidos y escenarios. El resultado es este libro, ideal para aquellos que lo vivieron y para los que apenas si supieron

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El autor y músico español Oché Cortés llama la atención de sus seguidores con La soledad del paracaidista, compuesto por dos relatos entrelazados, el retrato de un país en evolución, sueños y miedos, y la eterna llama de amores que desafían el tiempo, manteniendo viva la esencia juvenil.

A través de esta obra, Cortés escribe la partitura de una generación insurrecta que rehúsa terminar sus días convertidos en simples fotos de pies en Instagram.

Se trata de un viaje por la España de hace algunos años, guiado por personajes tan diversos como un guitarrista de rock, una profesora de educación infantil, un juez de línea y una actriz.

Estos protagonistas, cada uno a su manera, encapsulan la esencia de una época y sus anhelos. La narrativa de Cortés despliega una mirada crítica sobre la vida cotidiana, la música que marcó una era, y la influencia de elementos culturales como películas, juegos y figuras emblemáticas de aquellos tiempos.

El autor, afincado en Murcia y con una formación que incluye estancias en Andalucía, teje una trama en la que la música es protagonista. Evoca canciones y artistas como Nino Bravo, Cecilia, Víctor Jara, entre otros, que amenizaron las fiestas y alegraron los corazones de esa década dorada.

El libro, construido en dos partes tituladas “La soledad del paracaidista” y “Los rockeros no saben bailar”, fusiona un estilo inconfundible y un lenguaje preciso que mezcla toques de humor con momentos dramáticos. La historia fragmentada se enmarca en un enfoque vanguardista y posmoderno que desafía los esquemas tradicionales.

A través de un elenco diverso de personajes como Simón Korda, vocalista de un grupo musical, Mari Carmen, Roland Garros Fernández, Charo, y Javier Doménech, alias el Guapo, Cortés explora el papel del azar en la vida. Muestra cómo un giro fortuito, como el envío equivocado de un correo, puede transformar por completo el destino de una persona, llevándola a un cambio radical e inesperado.

La capacidad narrativa de Cortés desafía al lector, exigiéndole un pequeño esfuerzo intelectual para completar las narrativas que quedan en el aire, desafiando la comodidad y llevando la experiencia de lectura a un nivel más profundo.

Con La soledad del paracaidista, Oché Cortés no solo relata una historia, sino que también hace una crónica sentimental de una generación. Este libro es un viaje nostálgico y emocional que invita a reflexionar sobre la identidad de una época y sus influencias en el presente. Con una prosa cuidada y una visión crítica, el autor invita al lector a explorar un pasado que aún resuena en el presente.

Así empieza “La soledad del paracaidista”

No era capaz de recordar en qué momento le cogió el gusto a quemar las naves y convertirse en un especialista del olvido, un bateador del retrovisor de la memoria, el piloto de un Cuatro latas donde guardaba el corazón, para poner rumbo hacia cualquier horizonte que se le presentara a más de un metro. Le daba igual que la línea mental que creía divisar estuviera dibujada, tatuada, pintada con pincel fino o con los trazos vulgares de una brocha gorda. Simón Korda orientaba inconscientemente su brújula interior y siempre navegaba por el curso opuesto a los cauces donde suelen flotar los peces muertos. Aquella costumbre le venía de lejos, desde el día en que la infancia lo abandonó para siempre en la puerta de un hospicio sentimental del que le costó salir muchos años. Y eso que su padre quiso que estudiara francés por correspondencia, que su madre lo aterrorizaba con todo lo malo que estaba por venir y la poca necesidad que tenía de destacar —hijo, tú, del montón— y aquella interminable retahíla de frases, dichos y refranes que aquella mujer desilusionada atesoraba en el repertorio de su entraña. Simón el del montón. Así lo querían para siempre. Pero cuando una mañana fueron a la estafeta para recoger el envío de El francés es fácil en veinte singles y cinco volúmenes, con la Torre Eiffel en la portada y lecciones narradas por voces que sonaban a gente que no había existido nunca, Simón Korda supo claramente que, en ocasiones, el fuego sólo se puede extinguir con un lanzallamas. Aquel paquete no tenía nada que ver con lo que pregonaba el folleto. Era más grande, largo y sinuoso. Al principio, pensó que su padre había cambiado de idea y lo que llegaba por correo era una paletilla de Trevélez. Nadie podía saber qué pensamientos habitaban en la cabeza de su padre, un tipo callado en casa y francamente agradable y atractivo en cuanto atravesaba la puerta de la calle. Eran tan diferentes, que sólo pudieron decirse cómo se amaban un mes antes de la muerte tan repentina que se le vino encima al viejo. Pero fue un gran mes de muchas horas, de carreteras, de confidencias inimaginables para un hijo que había realizado un retrato equivocado de su padre y que cada día lo recordaba con la parte más fresca de la memoria. Murió demasiado joven, demasiado pronto, demasiado solo.

Estaba claro que aquel paquete no era un jamón. Algún encargado de la sección de envíos embaló por error una guitarra con su curso de solfeo para principiantes y una libreta apaisada que decía 100 Éxitos de siempre. Y su padre no tuvo más remedio que reconocer que el destino no siempre es una vereda que pasa por París y que su hijo llevaba camino de ser otra de sus decepciones. La primera guitarra de Simón Korda fue un trozo de madera tostada que afinaba por partes: todo iba bien si tocaba las notas naturales de los primeros trastes, pero cuando deslizaba la mano hacia el centro del mástil, el instrumento parecía volverse loco, haciendo que cada cuerda librara una batalla independiente contra lo correcto. La llamó Villa, porque tocarla era como dirigir aquella indisciplina tan revolucionaria. Y se pasaba las tardes tratando de reconducir las cuerdas, afinando arriba y abajo, estirando la prima y centrando el bordón. Por eso, sus amigos, cuando lo veían tan ufano y concentrado en lo imposible, optaron por cambiarle el nombre y llamarlo Korda, un tipo que ya no pudo librarse de aquel mote, ni tampoco de su afición por tocar un instrumento que lo mismo era francés, como quería su padre. Entonces, cuando la tarde languidecía y se llenaba de sombras, Simón Korda se aprendió la libreta de los éxitos como si bebiera de un atlas de cristal. Y viajó por el viejo San Juan y las playas de Brasil, le preguntó a Juan, que estaba en el ambiente, se rompió los dedos con el Tico-Tico, conoció al zambo Manuel en su amargura, cuando pasaba las noches moliendo café, pensando en Perfidia con mucho frenesí, que aquella era una mujer que hablaba con Dios a ritmo de bolero, mientras le ponía los cuernos con el primero que le cantaba en lunfardo. Tanto conoció de aquellos mundos y le puso tanto afán a los besos, despedidas, engaños y perdones que escribían sus autores, que una mañana terminó entrando en el garaje donde ensayaban unos tipos con bigote ancho y pantalones de campana. Era un conjunto del barrio que escuchaba desde la terraza. Se pasaba las horas colocando los dedos donde intuía las notas que venían del aire y se metía en ensoñaciones de conciertos y teatros llenos de público donde Korda, el gran intérprete de la canción ligera, salía a defender grandes éxitos mundiales con su guitarra francesa en bandolera.

—Buscamos vocalista —le dijo el tipo de la trompeta—. Un poco joven me pareces. ¿Te sabes La chica de Ipanema? —Lo miraba con una combinación de frialdad y hartura.

—Sí señor —le respondió Korda, sujetando la funda barata de su instrumento por el mástil indomable—. ¿Quiere que la toque también?

—De momento, no. Coge el micro y cántala, que luego ya veremos.

—Sólo me la sé en portugués, aunque también me la podría aprender en español o en inglés.

El músico se rascó el mostacho, dejando caer los párpados como si fueran dos sacos terreros y miró al resto del conjunto con una sorna cómplice que arrancó la risa del bajista, un tonelero con los dedos gordos como morcillas y más años en las orquestas que Xavier Cugat. La Bossa de Tom Jobim y Vinicius de Moraes sonó rara, un poco estrepitosa, pero Korda siguió la introducción, hasta que llegó el momento de asomar la voz sobre aquella partitura que hablaba de arena y mar. Y de una chica que una vez —o no—, vieron aquellos brasileños de La Fusa, bañándose llena de gracia en la Playa de Ipanema. El caso es que ahí estaba la canción y Korda se entregó tan intensamente al ritmo brasileño, que se vio igual que Fernando Fernán Gómez en una escena de El Viaje a ninguna parte, cuando José María Caffarel, que hace de director de una película de la época, pide al gran actor español que largue un texto de bienvenida al señorito, en una escena que termina en un estruendo combinado de risa y melancolía. Tanto interés puso Korda a su papel, que desde ese día fue el nuevo vocalista del Conjunto Los Caballeros, un grupo muy reconocido en las fiestas populares y con los que recorrió lugares de España que no venían en el mapa. Y cantó en todas las bodas que pudo, en las coronaciones de las reinas de las fiestas y, a veces, en las procesiones y en los toros, porque en aquellos tiempos, cuando se contrataba a una orquesta en un pueblo pequeño, el papel decía bien clarito que tres noches de baile, una Sesión Vermú el domingo por la mañana y tocar los pitos y la percusión en la procesión de la Virgen y en la plaza portátil por la tarde, cuando salía a navegar El Bombero Torero por la arena del abismo.

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