
Para el portugués Alberto S. Santos la Historia es un combustible para la ficción. Celebrado por sus novelas históricas, su obra cosecha lectoras y lectores en todo el mundo con libros que son best sellers, como Amantes de Buenos Aires.
En cada una de sus novelas, el autor retrata una época, una geografía y desde allí construye personajes, historias, vínculos, sin perder de vista la pintura del tiempo que decide narrar, al que accede a través de muchas lecturas y de investigación. Ese “romance” con algún tramo histórico que luego despliega en su literatura puede nacer de “la manera más impredecible”, confía.
En el caso de La profecía de Estambul (publicada por Editorial El Ateneo), todo salió de sus habituales recorridos por librerías cuando visita un lugar nuevo. “Es un impulso natural. En Luxemburgo encontré un libro que narraba la investigación de autores franceses sobre los renegados españoles y portugueses en la cuenca del Mediterráneo, en el siglo XVI, cuyas historias se encontraban en los archivos de la Inquisición”.
La profecía de Estambul transcurre entre musulmanes, judíos y cristianos en el siglo XVI. En más de 500 páginas se exponen las tensiones de las miradas que trazaban las divisiones y religiones del mundo, a partir de personajes íntimos, batallas cruentas, amores y una profecía. Es época de Inquisición, de una cosmovisión antagonista entre el Bien y el Mal, de batallas, de murmullos y prohibiciones en un mundo plagado de conquistas violentas y en expansión.

El taller de “La profecía de Estambul”, en primera persona
Para escribir La profecía de Estambul, una novela que busca retratar el efervescente ambiente social, político y religioso de la cuenca mediterránea en el siglo XVI, el llamado Siglo de Oro, tuve que montar un taller bien alimentado.
La tarea no parecía fácil, pues había varias fronteras por cruzar, donde los hombres pensaban, creaban y aspiraban a llevar la vida de otra manera. Y sobre todo, recrear todo el bullicioso escenario del mar Mediterráneo, que había sido la vía por la que pasaron grandes civilizaciones, donde se cruzaron los saberes, se llevaron los mensajes de las religiones monoteístas más importantes y los mitos clásicos más impactantes para la estructuración de la civilización occidental, que allí nacieron, asociados a sus dioses y héroes.
Con este telón de fondo, fue un reto moldear los rasgos físicos y psicológicos de los personajes, vestirlos con las ropas y mentalidades de la época, sumergirlos en viajes, aventuras y guerras, entrar en las mazmorras a veces de la Inquisición, a veces de los otomanos, en barcos y galeras, en puertos y ciudades de diversas geografías. Y, por supuesto, estimular la imaginación.
En mis relatos me gusta mezclar hechos y personajes reales con imaginarios, que permitan al lector, entretenido con sus aciertos y tropiezos, tener una idea creíble de cómo era la época, los territorios y las mentalidades narradas.
Por todo ello era necesario acudir a los archivos para solicitar e investigar antiguos procesos de la Inquisición, leer narraciones de hombres anónimos o conocidos que vivieron prodigiosas hazañas de la época, interpretar mapas y consultar libros de Historia. Descubrir las lenguas que se hablaban en cada tierra. Pero también visitarlas. De Sevilla a Orán, de Argel a Estambul, de Tesalónica a Palermo.
Por lo tanto, la cocina en la que se realizó La profecía de Estambul cambiaba ingredientes a medida que viajaban los personajes, pero también me obligaba a tomar aviones para sentir el espíritu de estos lugares, sus olores y colores, así como entrar en sus casas, pasear en sus calles, visitar los mercados, admirar templos y monumentos y escudriñar horizontes.
Por supuesto, nunca dejé de observar a las personas de la vida real, sus facciones, tics y expresiones, sueños, deseos, miedos y angustias. Algunos de ellos siempre terminan inspirando a los personajes de los libros, como sucedió con La profecía de Estambul.
A veces era necesario buscar fuentes fiables en internet, o incluso leer otra novela ambientada en ese momento. Otras veces, callar, cerrar los ojos y sentirme dentro de los personajes. Intenta pensar como ellos. Y casi siempre escuchando alguna música inspiradora.
Pero ninguna herramienta del taller de escritura demuestra ser más importante que la imaginación. Crear la trama, trazar el arco de los personajes, darle consistencia a la historia y ser capaz de sorprender a los lectores.
De hecho, el taller de un escritor nunca está completo, porque cuando se lee el libro, el lector siempre vendrá con sus propias herramientas de lectura, su bagaje, cultura y cosmovisión, que harán que la experiencia de lectura sea siempre única e irrepetible, a pesar de que las páginas físicas del libro sean las mismas.
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