
El bioquímico César Milstein ganó el Premio Nobel de Medicina en 1984, pero jamás cobró un peso por el hallazgo que le valió el galardón. Mientras la Argentina festejaba la noticia, un científico de origen polaco radicado en Estados Unidos patentaba a su nombre el procedimiento de los anticuerpos monoclonales. Durante las décadas siguientes cobró regalías por cientos de millones de dólares.
El 15 de octubre de 1984, hace 42 años, la Fundación Nobel anunció que el Premio de Medicina y Fisiología era para el argentino César Milstein y el biólogo alemán Georges Köhler. Los reconoció por desarrollar los anticuerpos monoclonales, una técnica que permite producir en laboratorio proteínas capaces de atacar enfermedades específicas, con uso en el tratamiento del cáncer, el diagnóstico médico y la fabricación de vacunas.
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Milstein se convirtió así en el quinto argentino en recibir un Nobel, después de Carlos Saavedra Lamas (Paz, 1936), Bernardo Houssay (Fisiología y Medicina, 1947), Luis Federico Leloir (Química, 1970) y Adolfo Pérez Esquivel (Paz, 1980).
Los anticuerpos son sustancias que producen los linfocitos cuando detectan una molécula ajena introducida por un virus. Esa reacción les permite a las células del sistema inmunológico identificar al invasor y destruirlo. El problema que resolvió Milstein fue lograr que esos linfocitos, que no se multiplican fuera del organismo, pudieran reproducirse en laboratorio. La solución fue fusionarlos con células extraídas de tumores, que sí se dividen de manera indefinida.
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El resultado fue una célula híbrida capaz de generar un anticuerpo específico sin agotarse nunca. Milstein publicó el procedimiento junto a Köhler en 1975, en la revista Science.
“Es un imán que busca una aguja en un pajar”, graficó Milstein años después. La técnica se extendió al tratamiento del cáncer, los test caseros de embarazo, el diagnóstico clínico y la producción de vacunas.

Milstein sostenía además que el éxito de la ciencia aplicada depende siempre de los avances previos de la ciencia básica, abierta y de conocimiento público.
En 1976, el ejecutivo John Vickers le pidió a Milstein los papeles para tramitar la patente del procedimiento. La National Research Development Corporation, de Londres, rechazó el trámite: consideró que el hallazgo tenía apenas potencial a largo plazo y no uso comercial inmediato.
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Milstein envió entonces muestras de su trabajo a otros investigadores que se lo solicitaron. Las acompañó con una carta con tres condiciones: citar el origen del hallazgo, no patentarlo y no cederlo a terceros.
Un año después, el científico polaco radicado en Estados Unidos Hilary Koprowski patentó el procedimiento a su propio nombre. La maniobra le reportó regalías millonarias durante las décadas siguientes.

Koprowski había participado del desarrollo de la vacuna oral contra la polio. Más tarde fue señalado como responsable de haber contribuido a la propagación del VIH durante esas mismas investigaciones.
Los demás investigadores que recibieron las muestras respondieron por escrito que aceptaban las condiciones impuestas por Milstein y Köhler. El compromiso de Koprowski, en cambio, nunca apareció: con los años se comprobó que faltaban piezas completas del archivo documental de Milstein.
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“Estábamos muy verdes en el tema de las patentes y alguien se aprovechó”, reconoció Milstein. “Lo que inscribieron fue básicamente nuestro procedimiento”. Menospreció el alcance comercial de su descubrimiento. La situación lo enfureció, aunque nunca se permitió demostrarlo en público.
Había nacido el 8 de octubre de 1927 en Bahía Blanca, provincia de Buenos Aires. Su padre había llegado desde Rusia en 1913 y se ganaba la vida como viajante de comercio; su madre era maestra. Era el hermano del medio de tres varones, y el más rebelde de los tres. Sus padres los impulsaron a estudiar en la Universidad de Buenos Aires (UBA) pese al esfuerzo económico que representaba, debido a la distancia con el hogar familiar.
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La vocación le llegó a los diez años, cuando su madre le regaló el libro Los cazadores de microbios, de Paul de Kruif. Milstein lo recordaba como una historia de aventuras. “Era como Tarzán, pero más lindo”, dijo alguna vez.
El impulso final llegó de una prima que trabajaba en el Instituto Malbrán y experimentaba con veneno de serpientes. Milstein supo entonces cuál sería su campo de estudio.
Años más tarde definió su propia trayectoria con una frase que repitió en distintas entrevistas: “Mi vida profesional ha sido una aventura constante, una aventura del espíritu, del descubrimiento y de la invención”, dijo.
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En marzo de 1945 comenzó sus estudios en la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales, que entonces funcionaba en la Manzana de las Luces. Tres meses después viajó a Santa Fe para participar de las Jornadas Reformistas Universitarias y pasó dos días detenido en una comisaría. Ese compromiso estudiantil reflejaba un espíritu solidario y de libertad, “algo anarquista”, que lo acompañó toda la vida.
En la facultad lo llamaban “el Pulpito”: había fundado una cooperativa para vender apuntes y libros más baratos que los de un librero conocido como “el Pulpo”. No fue, según sus propias palabras, un estudiante brillante y hasta intentó abandonar la carrera para no depender de sus padres. También trabajó un tiempo como operario en una fábrica, hasta que lo despidieron por llegar tarde en varias ocasiones.
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Milstein se recibió de licenciado en Química a los 25 años y se doctoró en 1956. Quiso sumarse al equipo de Bernardo Houssay, pero no había vacantes, así que fue recomendado a Andrés Stopanni, su director de tesis.
Por esos años, la Argentina vivía lo que la UBA definió como “la década de oro” de la ciencia. Se había creado el CONICET y, durante la presidencia de Arturo Frondizi, una carrera de investigador científico que otorgaba estabilidad a los equipos de trabajo.
Milstein se postuló al mismo tiempo a un cargo en el Instituto Nacional de Microbiología Carlos Malbrán y a una beca en la Universidad de Cambridge, Reino Unido. Ganó las dos, pidió licencia en el Malbrán y viajó a Inglaterra, donde se formó bajo la dirección de Frederick Sanger, único científico dos veces ganador del Nobel de Química.
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Volvió al país en 1961 para dirigir la División de Biología Molecular del Malbrán, entonces conducido por Ignacio Pirosky. El instituto vivía una efervescencia inusual: los equipos publicaban en revistas científicas de prestigio internacional y recibían visitas de investigadores extranjeros, contó el propio Milstein.
El golpe de Estado que derrocó a Frondizi llevó la intervención del instituto bajo la presidencia de José María Guido. Los interventores acusaron a varios investigadores de ser judíos y comunistas, y avanzaron con despidos. Milstein renunció en solidaridad con los colegas desplazados.
Le escribió una carta a Sanger, quien lo invitó a volver a su equipo en Cambridge. Fue Sanger quien le propuso especializarse en el estudio de los anticuerpos.
En 1983 fue nombrado jefe y director de la División de Química, Proteínas y Ácidos Nucleicos del Laboratorio de Biología Molecular de Cambridge. Desde ese cargo avanzó, junto a Georges Köhler, en la investigación sobre inmunoglobulinas que terminaría en el Nobel.
Fue un hombre reconcentrado y parco al hablar de su trabajo, salvo en dos momentos puntuales en que la alegría le desbordaba el rostro.

El día del anuncio, sus colegas y discípulos de Cambridge lo celebraron con abrazos y un brindis en el laboratorio. Las fotos de esa jornada lo muestran con una sonrisa poco habitual en él.
En 1987 viajó a Bahía Blanca, donde lo recibieron sus viejos amigos, sus maestras y buena parte de la ciudad. Milstein se mostró profundamente emocionado por el regreso a su lugar de origen.
“Gran parte de una persona es su educación. Y yo toda mi educación la hice en mi país. Recién viajé por primera vez cuando tenía más de treinta años”, dijo en una entrevista.
Milstein estuvo casado con la química Celia Prilleltensky hasta su muerte, un matrimonio de más de 40 años. La pareja no tuvo hijos.
Según el relato que circuló entre sus allegados, de novios le preguntó a Celia si sabía cocinar. Ella respondió que no, pero que sí sabía lavar, y él propuso entonces un reparto de tareas que cumplieron el resto de sus vidas: él cocinaba y ella lavaba.
Milstein solía detener a sus colaboradores cuando proponían empezar un experimento antes de terminar de discutirlo. “¿Por qué arruinar la diversión? Si hacemos el experimento tendremos la respuesta. Mucho más divertido es discutirlo antes”, decía, fiel a su manera de trabajar.
También insistía en la importancia de la formación de equipos. Recordaba una frase de Houssay, maestro de su propio maestro Stopanni, sobre la investigación básica en un país pobre: “Argentina es un país demasiado pobre como para darse el lujo de no tener investigación básica”.

“La ciencia se aprende como la artesanía. No en los libros sino en los contactos directos”, señaló Milstein, quien remarcaba esa cadena formativa: de Houssay a Stopanni, y de Stopanni a él.
En diciembre de 1999 dio su última conferencia en el país, en el Aula Magna del Pabellón II de la Ciudad Universitaria, en la Facultad de Ciencias Exactas de la UBA. Tituló la charla “Los anticuerpos monoclonales: la curiosidad como fuente de riqueza”.
En esa charla remarcó que los científicos necesitan el apoyo del Estado. Ese respaldo, dijo, no debería depender de un gobierno en particular sino trascender la disputa política.
César Milstein murió el 24 de marzo de 2002, en Cambridge, a los 74 años.
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