
La noche del 23 de octubre de 1998, Barnett Slepian estaba en la cocina de su casa, en Amherst, un suburbio de Buffalo, en el estado de Nueva York. Tenía 52 años, era médico ginecoobstetra, padre de cuatro hijos y uno de los profesionales que practicaban abortos en una región donde las amenazas y los ataques contra quienes realizaban ese procedimiento dejaron de ser hechos aislados.
Afuera, oculto en la oscuridad, un hombre aguardaba con un rifle y le disparó. En cuestión de segundos, la violencia que hasta entonces se había manifestado en intimidaciones y agresiones se convirtió en un asesinato. El tirador era James Charles Kopp, un militante radical contra el aborto que veía a los profesionales que lo practicaban como enemigos a los que había que detener por la fuerza.
PUBLICIDAD
Después de tirar, escapó. Durante más de dos años, su nombre quedó asociado a una búsqueda internacional que cruzó fronteras y terminó en Francia. Pero la fuga no borró lo ocurrido aquella noche: un hombre había sido ejecutado en su propia casa por el trabajo que realizaba, y su familia quedó atrapada en una violencia que el homicida pretendía justificar en nombre de sus convicciones.
El crimen no surgió de la nada. Fue el episodio más grave de una sucesión de ataques con armas de fuego contra médicos de Estados Unidos y Canadá, una serie que mantuvo en alerta a las autoridades durante años. También expuso una de las contradicciones más perturbadoras del extremismo antiabortista: la pretensión de defender la vida mediante una acción deliberada que terminó con la de un hombre.
PUBLICIDAD

Una amenaza anunciada
En 1973, la Corte Suprema de Estados Unidos había establecido, mediante el fallo Roe vs. Wade (22 de enero de ese año), una protección constitucional del derecho al aborto que rigió durante casi medio siglo. Esa garantía sería revocada recién el 24 de junio de 2022, cuando el máximo tribunal dictó el fallo Dobbs vs. Jackson Women’s Health Organization y devolvió a los estados la potestad de regular o prohibir el procedimiento.
En la década de 1990, el debate sobre el tema en Estados Unidos estaba atravesado por enfrentamientos políticos, religiosos y sociales. Las protestas frente a clínicas, las campañas de hostigamiento y las manifestaciones de grupos contrarios a la interrupción del embarazo formaban parte de un conflicto que, en algunos casos, pasó de la presión pública a la violencia.
PUBLICIDAD
Los profesionales que los practicaban podían convertirse en blanco de amenazas, campañas de señalamiento y agresiones. En los sectores más radicalizados, algunos activistas sostenían que impedir esos procedimientos justificaba desobedecer la ley e incluso recurrir a la fuerza. La retórica podía presentar a los médicos como responsables de crímenes; el paso siguiente, para ciertos fanáticos, consistía en convertir esa condena ideológica en una persecución personal.
En el área de Buffalo, la preocupación era concreta. Desde 1994 se habían registrado ataques con rifles contra médicos que los practicaban en Estados Unidos y Canadá. Los disparos eran efectuados desde el exterior de las viviendas y atravesaban ventanas. Las víctimas sobrevivían en los primeros episodios, pero la repetición del método indicaba que no se trataba de incidentes independientes.
PUBLICIDAD
El 8 de noviembre de 1994, el médico canadiense Garson Romalis fue baleado en Vancouver. Un año después, el 10 de noviembre de 1995, otro profesional, Hugh Short, fue atacado en Ancaster, Ontario. En octubre de 1997, Jack Fainman recibió un disparo en Rochester, Nueva York. Un mes después, el canadiense Gerry Gunn fue herido en Winnipeg. Los casos compartían un patrón inquietante: un francotirador, un arma de alto poder y una víctima elegida por su actividad.

La noche en que la bala atravesó la ventana
Ese viernes 23 de octubre, Slepian volvió a su casa después de participar de una actividad religiosa en la sinagoga con su familia. En el hogar estaban su esposa, Lynne, y sus hijos. La escena era la de una noche familiar en un suburbio residencial, lejos de la imagen habitual de una emboscada: él se encontraba en la cocina cuando el atacante disparó.
PUBLICIDAD
El proyectil atravesó la ventana y lo hirió gravemente. Las crónicas periodísticas de la época describieron una lesión devastadora. Slepian fue trasladado al hospital Millard Fillmore Suburban y murió esa misma noche. La noticia estremeció a la comunidad médica y reactivó de inmediato la alarma que ya existía por los ataques anteriores.
La investigación se puso en marcha mientras las autoridades intentaban reconstruir los movimientos del agresor y establecer si el crimen estaba conectado con los ataques anteriores. La secuencia de agresiones previas reforzó la hipótesis de que el asesinato respondía a una motivación ideológica.
Según las informaciones difundidas en los días posteriores, algunos médicos dejaron de practicar abortos y otros trabajadores de clínicas abandonaron sus puestos por miedo a convertirse en los siguientes objetivos.
PUBLICIDAD
Slepian, sin embargo, no era un nombre desconocido para quienes protestaban contra su actividad. Durante años quedó expuesto a la hostilidad de los grupos que buscaban impedir abortos. Una frase que se le atribuyó resumía su determinación: cuanto más lo atacaran, más firme se mantendría en su trabajo. Su asesinato mostró el costo extremo de esa decisión.

James Charles Kopp, el asesino
Desde el comienzo, los investigadores buscaron a James Charles Kopp, un militante antiabortista vinculado con ambientes radicalizados, relacionado con otros ataques. Se lo conocía con el apodo de “Atomic Dog”. La pesquisa sostenía que no fue un acto improvisado: lo venía observando hasta el instante en que disparó.
PUBLICIDAD
No fue detenido inmediatamente. Tras el asesinato abandonó Estados Unidos. Su fuga abrió una búsqueda internacional por distintos países y convirtió el caso en uno de los más notorios entre los crímenes cometidos por extremistas contrarios al aborto. En junio de 1999, el FBI lo incorporó a su lista de los diez fugitivos más buscados.
Mientras tanto, la investigación avanzaba sobre sus posibles conexiones y los movimientos que hizo antes y después. Se reconstruyó una huida que lo llevó a México, Irlanda y Francia. También se examinó su posible participación en los ataques no fatales contra otros médicos de Estados Unidos y Canadá.
PUBLICIDAD
También se planteaba una dificultad adicional: Kopp no solo escapó de la escena del crimen, además pudo mantenerse fuera del alcance de las autoridades durante años. La búsqueda dependía de la cooperación entre organismos de distintos países y de la información que permitiera localizarlo. Su inclusión en la lista del FBI reflejaba la prioridad que simbolizaba la captura.
El 29 de marzo de 2001, la persecución terminó en Dinan, una localidad de Bretaña, noroeste de Francia. La policía detuvo a Kopp después de tenerlo bajo vigilancia. El arresto cerró una fuga de más de dos años, pero no el proceso judicial: todavía debía ser extraditado a Estados Unidos.
Francia aceptó entregarlo con una condición decisiva: no podía ser condenado a muerte. Una vez cumplida esa garantía, Kopp fue extraditado en 2002. Para la familia de Slepian, la llegada del sospechoso a la justicia estadounidense significaba que, después de años de espera, el hombre acusado de matar finalmente respondería por sus actos.
Una defensa que no negó el disparo
En noviembre de 2002, Kopp admitió disparar contra Slepian, aunque intentó presentar el hecho de una manera distinta. Sostuvo que no quiso matarlo, sino herirlo para impedir que continuara practicando abortos. Dijo que apuntó al hombro y la bala terminó provocando una lesión mortal.
El proceso judicial tuvo una particularidad. Kopp renunció a ser juzgado por un jurado y aceptó que el caso lo resolviera un magistrado. En marzo de 2003, el juez Michael D’Amico, del condado de Erie, lo declaró culpable de asesinato en segundo grado. La decisión llegó después de una audiencia breve.
La defensa intentó sostener la intención de solo provocar una herida. La acusación, en cambio, presentó el ataque como un homicidio intencional. El tribunal consideró que la responsabilidad penal de Kopp estaba probada y lo condenó el 9 de mayo de 2003 a una pena de entre 25 años y cadena perpetua.
Durante la audiencia, Kopp volvió a justificar sus acciones con el lenguaje de su militancia. No expresó un arrepentimiento claro por tirar; insistió en que consideraba legítimo lo que había hecho y afirmó que lo repetiría si creyera que así podía salvar vidas.
La violencia no terminó en una sola víctima
La muerte de Slepian tuvo consecuencias que se extendieron más allá de su familia. La posibilidad de que un médico fuera vigilado y atacado en su propia casa obligó a reconsiderar medidas de seguridad y volvió más visible la vulnerabilidad de quienes trabajaban en clínicas señaladas por organizaciones extremistas.
El crimen también quedó registrado en una historia más amplia de violencia antiabortista. En enero de 1998, una bomba explotó frente a una clínica en Birmingham, Alabama: un policía murió y una enfermera resultó gravemente herida. Eric Rudolph, un militante extremista, fue acusado por ese atentado y por otros ataques. Aunque se trataba de un caso distinto, el episodio mostraba que la violencia no se limitaba a amenazas o enfrentamientos callejeros.
Años más tarde, el asesinato de George Tiller, otro médico que practicaba abortos, en Wichita, Kansas, en 2009, volvería a poner sobre la mesa el riesgo que afrontaban. Entre un caso y otro hubo diferencias, pero ambos dejaron una marca en la discusión pública sobre el límite entre la oposición ideológica y la violencia.
PUBLICIDAD
PUBLICIDAD
Últimas Noticias
Cómo la fan de una estrella musical llegó a administrar sus negocios y terminó matándola de un tiro por la espalda
Selena Quintanilla, la reina de la música tejana, estaba en el mejor momento de su carrera cuando una disputa por dinero desencadenó un crimen. Su asesina sigue presa y la familia de Selena no perdona

“¡Esto es la guerra!: disparos, explosivos, un gas secreto y 130 muertos en la toma de rehenes del Teatro Dubrovka de Moscú
El 23 de octubre de 2002, un comando checheno irrumpió en la sala colmada y secuestró a 916 personas exigiendo la retirada de las tropas rusas que ocupaban Chechenia. Después de tres días de tensión y la muerte de algunos rehenes, las fuerzas de seguridad atacaron el teatro con un gas desconocido que causó la muerte secuestradores y víctimas por igual. El gobierno ruso nunca reveló su composición argumentando que se trataba de un secreto militar

Una bóveda y Al Capone: así fue el guiño de Los Simpson a uno de los mayores fracasos de la televisión
Detrás de una rima que entona Homero está Geraldo Rivera, un muro derribado ante cámaras y una promesa televisiva que pocos imaginaban cómo terminaría

La mujer detrás de la primera estatua en representar al cáncer de mama: esculpir la realidad donde la sociedad prefiere el olvido
La escultura representa a Cecilie Flatval que padeció cáncer de mama metastásico y expone las marcas de la enfermedad para dar visibilidad a quienes viven sin posibilidad de curación. Fue inaugurada el 20 de junio de 2022 en Oslo, Noruega

El capitán que leyó novelas de Sherlock Holmes, descubrió a un asesino en altamar y envió el primer telegrama para capturar a un criminal
El médico Hawley Crippen fue condenado a muerte el 22 de octubre de 1910 por el envenenamiento de su esposa y ejecutado un mes después. Había sido capturado junto a su amante, que viajaba disfrazada de hombre, cuando navegaban rumbo a Canadá a bordo del transatlántico Montrose. Las sospechas del capitán del barco y el aviso que hizo llegar a Scotland Yard


