El final del pacto macabro de los “asesinos de los páramos”: el día que Ian Brady rompió su silencio tras dos décadas de horror

Veintiún años después de ser condenado a cadena perpetua, aceptó colaborar con la policía británica en la búsqueda de los restos de dos de las víctimas enterradas en Saddleworth Moor. La decisión reabrió uno de los casos criminales más impactantes del Reino Unido

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Ian Brady murió en 2017 sin revelar la ubicación del cuerpo del chico de 12 años
Ian Brady murió en 2017 sin revelar la ubicación del cuerpo del chico de 12 años

Debieron pasar más de veinte años para que Ian Brady decidiera romper el silencio. El 2 de julio de 1987, a través de su abogado, comunicó que estaba dispuesto a colaborar con la policía británica en la búsqueda de las víctimas desaparecidas en Saddleworth Moor, al norte de Inglaterra.

Ese anuncio fue portada de todos los diarios del Reino Unido. Un día antes, los investigadores habían hallado los restos de Pauline Reade —desaparecida en 1963 a los 16 años— tras una serie de búsquedas reactivadas en la zona. En ese contexto, Brady admitió su responsabilidad en ese asesinato y en el de un niño llamado Keith Bennett, cuyo caso quedó sin resolver. Esa “colaboración” fue vista como la posibilidad de cerrar definitivamente la investigación.

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Poco después, Brady fue trasladado bajo un estricto operativo de seguridad al páramo para señalar el lugar donde, según su versión, se encontraba enterrado Keith. Pero la búsqueda fue en vano. Aunque el hallazgo de Pauline permitió cerrar parcialmente el caso para su familia tras casi 24 años de incertidumbre, el paradero del niño nunca fue revelado con precisión. Brady murió en 2017 sin revelar la ubicación del cuerpo del chico de 12 años. Aun así, su breve cooperación reabrió una de las investigaciones más prolongadas y complejas de la historia criminal británica, devolviendo a las portadas de todos los matutinos el caso que había conmocionado al país en la década de 1960.

Víctimas de Ian Brady
Las víctimas de la pareja asesina tenían entre diez y diecisiete años y eran hijos de familias trabajadoras (The New York Times)

La pareja detrás de los asesinatos de los páramos

Ian Duncan Stewart nació en Glasgow el 2 de enero de 1938. Tras pasar su infancia en distintos entornos familiares —incluido un hogar de acogida en el conflictivo barrio de Gorbals—, se mudó con su madre biológica a Mánchester. Allí adoptó el apellido Brady, tras el matrimonio de su madre, y comenzó una adolescencia turbulenta marcada por robos menores y detenciones en instituciones correccionales.

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Su juventud en Mánchester transcurrió entre la inestabilidad laboral y el delito, hasta que en 1961 consiguió empleo administrativo en una distribuidora de productos químicos. En esa empresa conoció a la secretaria Myra Hindley. El vínculo entre ellos se consolidó muy pronto en una relación de dependencia emocional mutua y extremadamente hermética. Eso los aisló por completo de su entorno social.

Brady manipuló psicológicamente a Hindley, arrastrándola a su oscura visión del mundo. La pareja abandonó toda normalidad y comenzó una escalada criminal que, entre 1963 y 1965, terminó en el secuestro y asesinato de cinco menores en el área de Mánchester: Pauline Reade (16 años), John Kilbride (12), Keith Bennett (12), Lesley Ann Downey (10) y Edward Evans (17).

Debido a la aparente falta de conexión entre las desapariciones, las autoridades locales no lograron identificar un patrón inicial que uniera los casos: Myra se encargaba de ganarse la confianza de los chicos para llevarlos a zonas aisladas. Tres de los cuerpos fueron enterrados secretamente en el páramo de Saddleworth Moor, por eso los llamaron “los asesinos del páramo”.

Ian Brady y Myra Hindley
Ian Brady y Myra Hindley (Wikipedia)

La investigación que puso fin a los crímenes

La noche del 6 de octubre de 1965 fue un punto de quiebre para los criminales. El joven Edward Evans fue asesinado a hachazos en la casa de la pareja y hubo un testigo. David Smith era el joven cuñado de Hindley, y Brady lo había invitado esa noche con la intención de “iniciarlo” en la vida delictiva. Pero, al ver lo que estaban haciendo, completamente aterrorizado, David fingió cooperar para poder escapar de la casa. Al cabo de unas horas de miedo, angustia e incertidumbre decidió hacer lo correcto: fue a la policía, y declaró todo lo que vio y sabía. Su testimonio permitió atrapar a los asesinos.

Cuando llegaron al domicilio al día siguiente, los agentes realizaron un allanamiento y encontraron el cadáver de Evans y el hacha utilizada, pero también una libreta de bolsillo con nombres, entre ellos el de John Kilbride, que llevaba dos años desaparecido (desde noviembre de 1963). Recién se dieron cuenta de que no se trataba de un crimen aislado. La confirmación del horror llegó semanas más tarde, cuando la policía localizó unas valijas que la pareja había guardado en la consigna de la estación de tren de Mánchester Central.

El contenido de las valijas era espeluznante: fotografías durante actos de abuso sexual infantil a Lesley Ann Downey, 10 años; una grabación de audio que documentaba su tortura y retratos de Myra Hindley posando en paisajes desolados, pero que en realidad servían como “marcadores visuales” para recordar los puntos exactos donde habían enterrado los cuerpos en el páramo de Saddleworth Moor.

A las pocas horas, comenzaron las excavaciones en esa hostil superficie. Antes de que terminara octubre de 1965, los peritos hallaron los cuerpos de Lesley Ann Downey y John Kilbride. Con estas pruebas, el caso se consolidó como una de las mayores acciones criminales del país. Y la pareja se convirtió en la más odiada.

En mayo del año siguiente inició el juicio contra ellos. Brady fue condenado a tres cadenas perpetuas por los asesinatos de Evans, Downey y Kilbride, mientras que Hindley recibió la misma pena por su complicidad y autoría material en los crímenes. Sin embargo, ante la falta de confesiones y de evidencias físicas en ese momento, los casos de Pauline Reade y Keith Bennett quedaron fuera del veredicto judicial, dejando una dolorosa herida abierta que tardaría décadas en cicatrizar.

Myra Hindley en la tumba de John Kilbride
Myra Hindley en la tumba de John Kilbride

El regreso a Saddleworth: ¿silencio final o confusión real?

Durante dos décadas, Ian Brady y Myra Hindley mantuvieron un hermetismo absoluto sobre el paradero de las dos víctimas cuyos cuerpos aún no habían sido localizados. Incluso después de que Brady fuera diagnosticado con trastornos psiquiátricos graves y trasladado de forma definitiva al hospital de alta seguridad de Ashworth en 1985, se negó a colaborar con la justicia británica. La investigación sobre los menores desaparecidos quedó completamente estancada durante años debido a la falta de pistas y a la inmensidad del terreno.

Pero el giro esperado llegó a mediados de la década de 1980, cuando Myra Hindley, que buscaba desesperadamente ganarse a las juntas que otorgaban la libertad condicional para salir de prisión. Tras recibir una conmovedora carta de Winnie Johnson, la madre del pequeño Keith Bennett, Hindley decidió romper el pacto de silencio que la unía a Brady. En 1986, la mujer confesó su participación en los cinco asesinatos y aceptó colaborar de manera activa con las autoridades. Al enterarse de esto, y motivado por un profundo egocentrismo y el deseo de no perder el control psicológico y mediático de la situación, Brady cambió de postura drásticamente desde su reclusión psiquiátrica, admitiendo por primera vez su responsabilidad directa en los crímenes de Pauline Reade y Keith Bennett.

Esta competencia entre los dos asesinos abrió, luego de 21 años de negativas y silencios, la posibilidad real de realizar un nuevo rastrillaje y una masiva operación de búsqueda en el páramo. El 2 de julio de 1987, el equipo legal de Brady anunció que el criminal estaba dispuesto a regresar al lugar de los hechos y señalar los puntos exactos de los entierros. Al día siguiente, bajo un imponente operativo de seguridad diseñado para evitar linchamientos por parte de los vecinos que aún recordaba con horror los crímenes, Brady fue trasladado en helicóptero a Saddleworth Moor. El dispositivo policial fue llevado a cabo por decenas de agentes, peritos forenses, perros rastreadores y especialistas en geología, quienes recorrieron la zona siguiendo las indicaciones del criminal. Como parte de la misma investigación, las también llevaron a Hindley al páramo, de forma separada y bajo un estricto secreto para contrastar las versiones de ambos.

Los restos de Pauline Reade, desaparecida en 1963, fueron encontrados. Debido a las condiciones ambientales y a la alta acidez de la turba del páramo, el cuerpo de la adolescente de 16 años se encontraba notablemente preservado de forma natural. De hecho, fue hallada vistiendo el mismo vestido rosa de fiesta que llevaba la noche de su secuestro, lo que permitió una identificación visual inmediata y significó el cierre de un doloroso capítulo de casi 24 años de incertidumbre para su familia.

Sin embargo, el destino del pequeño Keith Bennett corrió una suerte muy diferente. A pesar de los esfuerzos de los investigadores y del despliegue técnico, las indicaciones dadas por Brady y Hindley resultaron imprecisas, confusas y contradictorias. Los especialistas determinaron que la geografía del páramo había cambiado drásticamente por el paso del tiempo, aunque también se sospechaba que los asesinos continuaban jugando psicológicamente con la policía y el dolor de la familia. Luego de varias jornadas de excavación, la búsqueda de Keith se suspendió indefinidamente. Su caso se convirtió en el último enigma sin resolver de los crímenes de los páramos.

Ian Brady terminó sus días recluido en el hospital psiquiátrico de alta seguridad de Ashworth. Murió el 15 de mayo de 2017 a los 79 años, sin revelar jamás el paradero del cuerpo de Keith Bennett (Wikipedia)
Ian Brady terminó sus días recluido en el hospital psiquiátrico de alta seguridad de Ashworth. Murió el 15 de mayo de 2017 a los 79 años, sin revelar jamás el paradero del cuerpo de Keith Bennett (Wikipedia)

Un caso que nunca terminó de cerrarse

Luego de ese operativo, el caso de los “asesinatos de los páramos” quedó en un limbo legal y emocional que el paso del tiempo no logró cerrar. La ausencia de pistas sobre el paradero de Keith Bennett mantuvo abierta la principal herida del caso y uno de los interrogantes más persistentes de la historia criminal del Reino Unido. Winnie Johnson, madre del chico, encabezó durante décadas una campaña pública que buscaba datos concretos de su hijos: durante casi medio siglo reclamó información sobre el destino de Keith y pidió a los responsables del crimen que revelaran la ubicación del cuerpo. Winnie murió en agosto de 2012, a los 78 años, sin haber obtenido las esperadas respuestas y sin poder enterrar a su hijo.

Los condenados siguieron el resto de sus días en prisión. Myra Hindley permaneció recluida en centros de máxima seguridad y dedicó sus últimos años a intentar, sin éxito, acceder a la libertad condicional. Las autoridades británicas y la opinión pública rechazaron cualquier posibilidad de excarcelarla. Murió en noviembre de 2002 a los 60 años a causa de problemas cardíacos.

Ian Brady, por su parte, quedó internado en el hospital psiquiátrico de alta seguridad de Ashworth. Alternó largos períodos de silencio con declaraciones esporádicas que no aportaron información útil sobre el caso y que en varias ocasiones fueron consideradas contradictorias o deliberadamente confusas. Murió en mayo de 2017 a los 79 años, sin revelar el lugar donde fue enterrado Keith Bennett.

Lejos de cerrarse con la muerte de los responsables, el caso sumó un último episodio institucional en 2017. Una auditoría interna reveló que la policía de Mánchester había conservado durante décadas restos parciales de Pauline Reade —incluidas muestras de cabello y fragmentos óseos— almacenados con fines de investigación en la Universidad de Leeds. La familia, que creía haber recuperado todos sus restos en 1987, recibió muy mal esa información.

En octubre de 2018 se llevó a cabo una nueva inhumación del cuerpo de la joven para reunir los restos retenidos con los ya enterrados, a pedido de la familia Reade. Sin búsquedas activas en Saddleworth Moor y con los autores del crimen muertos, el caso quedó sin resolverse por completo.

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