
Las ficciones bien construidas y narradas tienen la virtud de sumergir en sus tramas a los lectores, si se trata de una novela, o a los espectadores, en el caso de las series y las películas, de manera tal que pueden suspender su criterio de realidad y “creer” todo lo que se les cuenta. Es el caso, por ejemplo, de La última noche en Tremor, la miniserie española protagonizada por Javier Rey y Ana Polvorosa que Netflix estrenó hace un par de años y todavía se puede ver en la plataforma. Cuenta la historia de Alex, un músico que compone música para películas, que está pasando un tiempo en un pueblo costero para reponerse de una herida en la mano. Una noche, al volver a su casa en medio de una tormenta, se topa con un árbol caído que le impide el paso y al querer correrlo es alcanzado por un rayo. A partir de ese episodio, al que sobrevive milagrosamente, Alex comienza a tener visiones y… bueno, seguir adelante ya sería spoilear la serie. Si se contara como real esa historia u otra parecida, de inmediato provocaría incredulidad y muy probablemente el narrador sería acusado de fabulador o mentiroso. Es lo que sucede cuando se relata la historia muy cierta de Roy Cleveland Sullivan, el guardabosques estadounidense que sobrevivió no a uno sino a los siete rayos que le cayeron encima a lo largo de su vida, una cantidad de episodios nunca superada que lo llevó a figurar en el Libro Guinness de los Récords.
Para tener una idea de la magnitud de la involuntaria “hazaña” de Sullivan basta consultar el sitio del National Wather Service estadounidense, donde se consigna que la posibilidad de que una persona sea alcanzada por un rayo a lo largo de 80 años de vida es de una en diez mil y que, si se trata de eventos independientes, la probabilidad de sufrir ese accidente siete veces un sideral uno en diez elevada a la 28 potencia. Hay más: en Virginia, donde vivía Sullivan, se registran entre 35 tormentas eléctricas por año, que entre 1959 y 2000 mataron a 238 personas e hirieron a otras 238. Salvo el caso de Sullivan, no hay nadie que haya sido alcanzado por un rayo más de una vez. Por eso se lo conoce como “el pararrayos humano”.
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Los siete rayos de Roy
Planteado este cálculo, cabe aclarar que en el caso de Roy Williams su oficio al aire libre como guardabosques de los parques nacionales de Shenandoah y George Washington entre 1942 y 1977 pudo aumentar un poco las probabilidades de que le cayera un rayo encima por estar más expuesto a los elementos. Aún así, la secuencia de episodios sigue resultando increíble.
La primera vez que Williams recibió el impacto de un rayo ocurrió en 1942, mientras patrullaba en el Parque Nacional de Shenandoah. Estaba en eso cuando comenzó una tormenta eléctrica que lo llevó a refugiarse en una torre de vigilancia de incendios. Sin embargo, al no tener pararrayos, la torre recibió algunos impactos y el guardabosques, creyendo que podía incendiarse, salió corriendo. Fue una mala decisión, porque apenas se había alejado unos metros cuando el rayo le cayó encima. Quedó inconsciente y al despertar encontró una larga línea de quemaduras que corrían por toda la pierna derecha junto a un agujero humeante en el zapato derecho, del que brotaba sangre por la suela. Pensó que había sobrevivido por milagro y que guardaría en su memoria ese episodio como el más riesgoso de su vida. Se equivocaba.
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Pasaron 27 años hasta la segunda vez. Le ocurrió en julio de 1969 mientras estaba al volante de su camioneta en el parque por un paso de montaña con la ventanilla abierta. Un rayo impactó sobre un árbol cercano, se desvío hacia el vehículo, entró por la ventanilla le rozó el cuerpo. Roy quedó inconsciente y el vehículo se detuvo muy cerca de un acantilado. Aún así salió casi ileso: apenas algunos pelos quemados y unos pocos chamuscones en el cuerpo.
Después de eso, lo excepcional se convirtió en casi cotidiano, con una seguidilla de rayos que atrajo como si se tratara de un imán durante los siguientes siete años. El tercero lo sorprendió en 1970 mientras trabajaba en el jardín de su cabaña y la descarga eléctrica alcanzó un transformador cercano y luego lo alcanzó a él. Otra vez sobrevivió sin mayores daños: apenas una quemadura en el hombro izquierdo.
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El cuarto rayo fue el único que no lo alcanzó al aire libre. A mediados de 1972 estaba en su oficina del parque Shenandoah cuando una descarga eléctrica venida del cielo golpeó el edificio y le prendió fuego el pelo. Esa vez no perdió la conciencia y corrió hacia el baño, pero al no poder meter la cabeza bajo el grifo, tuvo que usar una toalla húmeda para apagar las llamas.
Un año después, el 7 de agosto de 1973, mientras patrullaba el parque, Sullivan vio que se aproximaba una tormenta y trató de alejarse en su camioneta. Llegó a un lugar donde se creyó a salvo y se bajó para buscar refugio, pero apenas salió del vehículo, lo alcanzó un rayo, el quinto de su vida. La descarga le recorrió el brazo y pierna izquierda, le hizo volar el zapato y cruzó a su pierna derecha debajo de la rodilla. Con el pelo nuevamente en llamas, uso el agua de la lluvia para sofocar el fuego.
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El sexto rayo le cayó encima tres años después, en 1976, y Sullivan volvió a sobrevivir con quemaduras en el cuerpo y el cabello chamuscado. La séptima y última vez ocurrió 1977, cuando un rayo lo alcanzó a Sullivan mientras pescaba en un río cerca del parque Shenandoah. A pesar de que sufrió una herida en la parte superior del cuerpo, logró subirse a su camioneta y manejar hasta el hospital para que lo atendieran. “Simplemente sentí una sacudida terrible en mi cabeza y una luz brillante en los ojos. Pensé que era el fin de mi vida”, contó después cuando estaba claro que, como los gatos, el “hombre pararrayos” tenía siete vidas.

Una leyenda y un suicidio
A lo largo de su vida, Roy Sullivan no solo recibió las descargas de siete rayos caídos del cielo sino otros golpes que lo devastaron, pero a los que también sobrevivió. A todos menos al último. En 1967 perdió a su primera esposa en un accidente automovilístico. Luego de esa pérdida se volvió un hombre hosco que se fue alejando paulatinamente de sus amistades.
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Volvió a casarse en 1972 y tuvo un matrimonio feliz que duró siete años hasta que volvió a enviudar. Sobre la muerte de su segunda esposa corrió una versión no comprobada que pronto se convirtió en una leyenda negra. Según este relato, Sullivan y su mujer estaban tendiendo la ropa en el jardín de su casa cuando el guardabosques atrajo a su octavo rayo que, esa vez, no le cayó encima a él sino a su esposa y la mató instantáneamente. Después de esa desgracia, los pocos amigos que le quedaban dejaron de frecuentarlo, se dice que por temor a que si estaban cerca de Sullivan a ellos también los partiera un rayo.
Cierto o no el relato, la muerte de su segunda mujer terminó de desequilibrar mentalmente a Sullivan. La mañana del 28 de septiembre de 1983, a los 71 años, tomó su arma reglamentaria y se disparó en la cabeza. No murió al instante, sino que agonizó durante casi una semana en el hospital hasta que finalmente dejó de respirar.
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En 1977, cuando su nombre quedó incorporado al Libro Guinness de los Récords, le había dado una entrevista a The Washington Post. “Nunca he sido un amante de la fama. Solo quiero seguir haciendo mi trabajo y ser alguien a quien todo el mundo pueda mirar y decir ‘Este tipo estaba realmente haciendo algo’”, dijo entonces. Todavía hoy, en uno de los museos Guinness, los visitantes pueden ver dos sombreros agujereados por un rayo que recuerdan la existencia de Roy Sullivan, “el hombre pararrayos”.
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