El día que colgaron de la horca a Bridget Bishop, la primera “bruja” condenada en los juicios de Salem

La mujer de 60 años fue sentenciada a muerte y ejecutada el 2 de junio de 1692. Acusada en base a “pruebas espectrales” y falsos testimonios, fue el primer chivo expiatorio de un proceso cargado de supersticiones, pero también motivado por intereses económicos y disputas personales, que le costó la vida a 19 personas y llevó a la cárcel a más de 150

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Juicio a las brujas de Salem, 1692
Juicio a las brujas de Salem, 1692

El lunes 2 de junio de 1692 fue un día fatal para Bridget Bishop, que en menos de 24 horas fue acusada formalmente, juzgada, condenada a muerte y ahorcada bajo el cargo de “brujería”, sin ninguna prueba material y en base a “evidencias espectrales” sostenidas por testimonios de personas que afirmaban que su espíritu se les aparecía para atormentarlas. Hoy se diría que Bridget tenía todas las fichas para ser elegida como chivo expiatorio. A los 60 años era una mujer independiente, vestía de manera diferente a las demás mujeres del pueblo e iba por su tercer matrimonio después de enviudar dos veces. Por si fuera poco, en 1680 su segundo marido la había acusado de bruja con palabras como estas: “es una mala esposa, se sentó toda la noche con el diablo”. Vade retro, Satanás. Poco después de hacer esa acusación, el hombre había muerto. Doce años más tarde todo el pueblo volvía a señalarla, aunque en esta ocasión no tuviera nada que ver con los hechos que habían originado el proceso y ni siquiera conocía —más que de vista— a quienes los protagonizaron.

Las “pruebas espectrales” que le valieron la condena eran realmente alucinantes. Cinco mujeres la acusaron de haberlas tentado para “firmar el libro del diablo”; otra dijo que el desgarrón que tenía la capa que vestía Bishop ese mismo día se debía a que su hermano se la había roto mientras luchaba contra su espectro, y otra aseguró haberla visto en un aquelarre en un campo de las afueras del pueblo. Había más: cada vez que negaba ser bruja, alguien se retorcía como poseído entre el público, lo que fue tomado como evidencia de que mentía. Al final también se la acusó de haber matado a su primer marido, de molestar con sus cerdos y de deambular como un fantasma por las noches. No hizo falta más para hacerla colgar de la horca ese mismo día, apenas terminada la audiencia.

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Por esos delitos, Bridget Bishop quedó en la historia como la primera “bruja” ejecutada durante los juicios de Salem, la víctima que inauguró un encadenamiento de muertes provocadas por las supersticiones y el oscurantismo, pero también por intereses económicos y revanchas personales.

brujas de salem
El 2 de junio de 1692 Bridget Bishop fue acusada formalmente, juzgada, condenada a muerte y ahorcada bajo el cargo de “brujería”, sin ninguna prueba material y en base a “evidencias espectrales”

“Influencia directa del demonio”

Todo comenzó con un hecho nimio que provocó un escándalo: tres niñas desnudas bailando en el bosque. No hacía mucho que el pastor protestante Samuel Parris había llegado a la aldea de pescadores de Salem, en Massachusetts, desde Boston, acompañado por sus tres hijos preadolescentes, Tomas, Elizabeth y Susannah, y su sobrina huérfana, Abigail Williams. Con ellos llegaron también la esclava Tituba —nativa de Barbados—, que se encargaba de cuidar a los niños, y su marido John Indian. En poco tiempo, el religioso se había ganado un lugar de prestigio en la comunidad, pero la situación cambió de golpe cuando Elizabeth, de 9 años; Abigail, de 11, y una amiga de 12, Ann Putnam, fueron sorprendidas en el bosque danzando sin ninguna ropa que cubriera sus cuerpos mientras Tituba removía un extraño líquido dentro de un caldero que había puesto sobre el fuego.

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El rumor corrió como un reguero de pólvora y, para el extremismo puritano que reinaba en Salem, el descubrimiento fue un escándalo. La desnudez por sí misma ya era un pecado, los juegos lo agravaban, y la presencia de Tituba y su misterioso caldero en el lugar terminaban de pintar un cuadro demoníaco. Más todavía cuando, después de ese episodio, las niñas empezaron a tener otros comportamientos extraños: tenían convulsiones, decían cosas sin sentido, pronunciaban palabras extrañas y tenían frecuentes episodios de llanto. Para peor, otras chicas de Salem, de edades parecidas, empezaron a actuar de manera similar.

Tal vez para zafar de un inevitable castigo, cuando sus padres la interrogaron sobre su extraña conducta, la pequeña Ann Putnam esbozó una justificación infantil: “Luché contra una bruja que quería decapitarme”, les dijo. Entonces el pastor llevó a las tres chicas para que las examinara el único médico del pueblo, el doctor William Griggs. “No hay ningún problema físico que cause ese comportamiento. No hay dudas de que se trata de la influencia directa del demonio”, sentenció con autoridad el facultativo.

Corría la tarde del 20 de enero de 1692 y con ese diagnóstico a todas luces oscurantista desató una reacción en cadena de acusaciones y juicios, que dejó un saldo de 18 ahorcados, un muerto en la tortura y más de 150 encarcelados.

Bridget Bishop quedó en la historia como la primera “bruja” ejecutada durante los juicios de Salem. A ella le siguió una cadena de muertes provocadas por las supersticiones y el oscurantismo, pero también por intereses económicos y revanchas personales
Bridget Bishop quedó en la historia como la primera “bruja” ejecutada durante los juicios de Salem. A ella le siguió una cadena de muertes provocadas por las supersticiones y el oscurantismo, pero también por intereses económicos y revanchas personales

La caza de brujas

Los más pobres y desprotegidos son los primeros en pagar las consecuencias. Para los vecinos de Salem, las niñas de dos familias importantes —Parris era el reverendo y los Putnam muy adinerados— no podían ser culpables: alguien las había embrujado. Interrogadas, culparon a la esclava Tituba de haberlas iniciado en ritos satánicos. Por eso, dijeron, estaban bailando desnudas en el bosque. También llegaron rumores de que había otras dos “brujas” involucradas: una anciana a la que nadie quería en el pueblo, Sarah Osborne, y una indigente de nombre Sarah Good que estaba embarazada y nadie sabía de quién, un pecado imperdonable por el que tal vez estuviera gestando un hijo del diablo.

El clamor popular hizo que los “jueces” John Hathorne y Jonathan Corwin —vecinos notorios pero ignorantes en materia legal ordenaran la detención de Sarah Good, Sarah Osborne y la esclava Tituba por “afligir” a Elizabeth Parris, Abigail Williams, Ann Putnam y a otra niña llamada Elizabeth Hubbard, agregada a la lista de víctimas de sus brujerías. Además, por sugerencia de una vecina llamada Mary Sibley el tribunal ordenó una “medida pericial”: el marido de Tituba, John Indian, debía hacer un “pastel de brujas” de harina de centeno mezclada con la orina de las cuatro niñas y dárselo a comer a un perro para comprobar si el animal presentaba los mismos síntomas que ellas. El testimonio de Sibley sobre el “extraño” comportamiento del perro fue admitido también como prueba.

Con todas esas evidencias frente a los ojos, el tribunal les hizo una oferta a las tres acusadas: si confesaban, salvarían sus vidas, si no confesaban serían torturadas hasta que lo hicieran, y si incluso así no lo hacían serían colgadas en la horca. La esclava Tituba eligió salvar el pellejo y contar la historia que los jueces querían oír, aunque los detalles y las acusaciones fueran de su propia cosecha: “He visto al diablo en el bosque. A veces toma la forma de un hombre muy alto de pelo negro, o de perro negro, o de cerdo, y he visto a un pájaro amarillo besar el dedo de otra bruja, y Betty, Abigail, Ann Putnam, Sarah Osborne, Sarah Good ¡están al servicio de Satanás! Y he visto el nombre de otros vecinos en el libro del Mal”, confesó ante los jueces en la sala colmada de público.

Más valientes o menos intimidadas, Sarah Osborne, que estaba muy enferma, y su tocaya Sarah Good se mantuvieron firmes en su inocencia durante todo el proceso. Los jueces le preguntaron a Tituba si esas dos mujeres habían sido sus cómplices y, puesta a confesar todo lo que le pidieran, la esclava las señaló. Eso le valió que la penaran con apenas un año de cárcel mientras que Osborne Y Good terminarían colgando de una soga frente a todo el pueblo.

Bajo amenaza de muerte, la esclava Tituba eligió salvar el pellejo y contar la historia que los jueces querían oír, pero lejos de cerrar el caso y acabar con el asunto de la brujería, las acusaciones se multiplicaron en Salem
Bajo amenaza de muerte, la esclava Tituba eligió salvar el pellejo y contar la historia que los jueces querían oír, pero lejos de cerrar el caso y acabar con el asunto de la brujería, las acusaciones se multiplicaron en Salem

Acusaciones y muertes en cadena

El caso parecía resuelto, y los procesos por brujería debieron haber terminado ahí, pero los vecinos aprovecharon la movida para cobrarse viejos odios y saldar disputas de dinero. Entonces las acusaciones se multiplicaron. Las primeras víctimas de esta segunda tanda fueron Martha Corey, otra mujer poco querida en el pueblo, que fue ahorcada, y su marido Giles, que murió en la tortura sin que pudieran arrancarle una confesión. Poco después Tituba hizo una nueva acusación y señaló a otro vecino, John Alden, como el hombre que le había entregado el libro del mal. Su destino fue también la horca.

Sin siquiera evaluar las pruebas, los jueces comenzaron a dictar las sentencias que la mayoría de los vecinos exigía. Fue el caso de Rebecca Nurse, a quien el tribunal declaró en primera instancia inocente pero luego debió cambiar su decisión y condenarla a muerte porque una turba indignada salió a la calle para protestar contra el fallo. La ahorcaron ese mismo día. Incluso el reverendo Parris aprovechó la movida para sacar ventaja. A instancias suyas, la pequeña Ann Putnam le contó al tribunal unos sueños donde el protagonista era el pastor George Burroughs, rival religioso de Parris. “Su espíritu aparece en mis sueños y me dice que es el líder de los adoradores de Satanás, que mató a sus dos primeras esposas y que embrujó a los soldados que combatían a los indios en las fronteras de Maine”, relató la chica y con esa sola prueba Burroughs terminó también colgando con la soga al cuello.

Un año después de la confesión de la esclava Tituba los acusados y enjuiciados llegaban casi a doscientos. Además de Giles Corey, muerto en la tortura, 14 mujeres y otros cuatro hombres habían sido ejecutados en la horca. Alrededor de 150 vecinos de Salem estaban en prisión y otros veinte debieron escapar para no ser juzgados y condenados.

Una década después de los procesos de Salem, en 1703, el tribunal del Estado Massachusetts rechazó casi todas las pruebas presentadas durante los juicios. En 1706 Ann Putnam pidió perdón a su iglesia y a las familias de quienes ayudó a morir en la horca: “Lo hice engañada por Satanás”, explicó, lo que no significó consuelo alguno para los muertos. En 1711, la Justicia colonial ordenó pagar indemnizaciones a las familias de las víctimas del juicio. Desde entonces, los tribunales de la colonia rechazaron sin siquiera considerarlas a todas las acusaciones de brujería o satanismo contra grupos o individuos.

Un año después de la confesión de la esclava Tituba los acusados y enjuiciados llegaban casi a doscientos. Una década después de los procesos de Salem, en 1703, el tribunal del Estado Massachusetts rechazó casi todas las pruebas presentadas durante los juicios
Un año después de la confesión de la esclava Tituba los acusados y enjuiciados llegaban casi a doscientos. Una década después de los procesos de Salem, en 1703, el tribunal del Estado Massachusetts rechazó casi todas las pruebas presentadas durante los juicios

Cuestiones de dinero

Las hipótesis sobre cuáles podrían haber sido los factores desencadenantes del extraño comportamiento de las niñas de Salem no alcanzan para explicar la verdadera “caza de brujas” que desató y sus terribles consecuencias. El factor “demoníaco” en el contexto de fanatismos religiosos aparece como un elemento insoslayable: es una manera básica de explicar lo inexplicable, hallar culpables y buscarle una solución, en este caso las ejecuciones de mujeres y hombres acusados de brujos.

En la naturaleza de las acusaciones se vislumbra la rivalidad entre los dos referentes religiosos de la comunidad, el reverendo Parris, acusador, y su colega, George Burroughs, uno de los acusados que terminó en la horca. Los principales acusadores de Martha y Gilles Corey son los Putnam, enemigos acérrimos desde que el patriarca de la familia Putman propuso crear una nueva iglesia en Salem y los Corey encabezaron a quienes se oponían porque eso implicaba pagar más impuestos.

Otro aspecto poco conocido del proceso de Salem es el destino de las propiedades de los acusados. Cada vez que el juez Corwin encarcelaba o condenaba a la horca a un sospechoso de brujería, su sobrino confiscaba sus bienes. La ecuación podría leerse así: yo les doy una bruja, ustedes me dejan su dinero. Así, el caso de “las brujas de Salem” va mucho más allá de ser el resultado de una superstición demoníaca, sino que se muestra como un rompecabezas muy complejo.

Emerson Baker, autor de Una tormenta de brujería, un documentado libro sobre el juicio, lo planteó de esta manera: “Se necesitó una tormenta perfecta de causas y problemas para crear lo que fue, con mucho, la mayor caza de brujas en la historia de Estados Unidos. Los factores que influyeron fueron: un clima notablemente malo, que llevó a malas cosechas e inflación; dificultades económicas; faccionalismo político y religioso; inseguridad política en la colonia; preocupación por el declive de la devoción religiosa; y pánico por la guerra frente a los franceses y sus aliados indígenas wabanaki. Como los franceses eran católicos y los indígenas, paganos o habían adoptado el catolicismo, se trataba de una crisis a la vez religiosa, militar, política y económica. Todos estos problemas, juntos, crearon una atmósfera en la que la gente creía que Satanás estaba suelto en Massachusetts”, señaló.

Copias de documentos consultados por Arthur Miller para escribir "Las brujas de Salem" en 1952
Copias de documentos consultados por Arthur Miller para escribir "Las brujas de Salem" en 1952

¿Tres chicas drogadas?

Con el correr de los años se tejieron varias hipótesis para explicar el comportamiento de las niñas que desencadenó todo el proceso. Para 1692, Sigmund Freud aún no había nacido y mucho menos elaborado su concepto de “histeria de conversión”, en el que un trauma psíquico provoca síntomas físicos. Ese podría haber sido el caso del comportamiento de las niñas, pero si bien es aplicable a un caso individual es difícil trasladarlo a una situación colectiva.

Al analizar el caso de “las brujas de Salem”, el psicólogo norteamericano Benjamin Radford ensaya una hipótesis: “La gente toma señales sociales de otras personas. Entonces, una persona comienza a sentirse rara y se desmaya o tiene temblores, y otras personas a su alrededor la ven y, a veces, asumen esos síntomas. Así es como la histeria colectiva puede pasar de una persona, a tres, a treinta y a cientos de personas. Esta imitación es sutil e inconsciente”, dice.

Otra posibilidad sobre el factor desencadenante, que explicaría el carácter colectivo del comportamiento de las niñas puede buscarse en el pan que fabricaban la esclava Tituba y otros vecinos de Salem. Según esta hipótesis, las niñas se comportaban de esa manera incoherente e inexplicable porque estaban afectadas de ergotismo, una enfermedad producida por la intoxicación por cornezuelo, un hongo que crece en el centeno, con el que Tituba fabricaba el pan. Este hongo contiene un alcaloide, la ergotamina —de la que deriva el LSD—, que puede provocar alucinaciones, convulsiones, gangrena y, en algunos casos, la muerte. Así, las niñas se habrían contaminado al consumir pan de centeno en mal estado.

Con el tiempo, brujas y brujos fueron reemplazados por otros supuestos agentes maléficos. Tal vez por eso, Arthur Miller escribió en 1950 su obra maestra, Las brujas de Salem, para denunciar las persecuciones del senador Joseph McCarthy contra la conspiración de unos nuevos hechiceros del Averno, los comunistas. Porque cuando las brujas dejan de existir se pueden inventar otros demonios igualmente funcionales para disparar persecuciones que, inevitablemente, sirven a oscuros intereses. En Conspiraciones y tramas, un artículo de 2007 recopilado en De la estupidez a la locura - Crónicas para el futuro que nos espera, Umberto Eco escribió: “Consecuencia paradójica: detrás de cada falsa conspiración, quizás se oculte siempre la conspiración de alguien que tiene todo el interés de presentárnosla como verdadera”.

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