
Con 82 años sobre sus espaldas y 58 detrás de las rejas del Centro Correccional Richard J. Donovan, en San Diego, California, el palestino nacido en Jerusalén y de nacionalidad jordana Shirhan Bishara Shiran sigue reclamando sin suerte que la justicia estadounidense le otorgue la libertad condicional. Todo indica que morirá en la cárcel, porque difícilmente alguien se atreva a pagar el costo de liberar al autor confeso del asesinato de Robert Kennedy, uno de los crímenes políticos más resonantes del Siglo XX y también uno de los más enigmáticos.
Porque de la misma manera que el apellido Kennedy es uno de los más significativos de la historia estadounidense, también lo es por los misterios que rodean a las muertes de sus dos miembros más importantes: John Fitzgerald, asesinado durante su mandato presidencial en 1963, y “Bobby”, senador y candidato a presidente por el Partido Demócrata en 1968. En los dos casos, las investigaciones oficiales determinaron que fueron perpetrados por asesinos solitarios que actuaron por motivaciones personales, sin ninguna organización o conspiración detrás. También en la reconstrucción de ambos crímenes, esas posibilidades no cerraron en su momento y siguen sin cerrar.
Luego de examinar cientos de interrogatorios y pruebas documentales sobre el asesinato de John Fitzgerald Kennedy, perpetrado en Dallas, Texas, el 22 de noviembre de 1963, la Comisión Warren, que investigó el magnicidio por orden del nuevo presidente, Lyndon Johnson, dictaminó en 1964 que el presidente cayó víctima tres disparos - dos certeros, el segundo y el tercero-, todos ellos obra de un tirador, Lee Harvey Oswald, que actuó solo y era un desequilibrado. Sin embargo, en 1976, un Comité de la Cámara de Representantes reabrió el caso y tres años después que hubo cuatro disparos, probablemente dos tiradores y, por tanto, una conspiración.
Menos de cinco años más tarde, el asesinato de Robert Kennedy en los primeros minutos del 5 de noviembre de 1968 en la cocina del Ambassador, también tuvo, según el dictamen oficial, un solo perpetrador, Shirhan Bishara Shirhan, aunque de ninguna manera las pericias coincidieron con esa versión de los hechos.
En ninguno de los dos casos, las versiones oficiales cierran. En el primero de los crímenes, el supuesto asesino solitario Lee Harvey Oswald nunca pudo despejar las dudas porque fue asesinado dos días después por Jack Ruby en las narices mismas de la policía de Dallas.
En cuanto a Shirhan, fue condenado a muerte como único asesino de Bobby Kennedy el 17 de abril de 1969 – tres años después se cambió la pena por cadena perpetua – luego de que confesara haber matado al senador por sus simpatías por el Estado de Israel. Esa confesión no convenció a nadie, salvo al tribunal que lo juzgó, y sería el propio Shirhan quien años después diría que en realidad no recordaba nada, ni del crimen ni del juicio. En 1994, sus abogados sostuvieron que lo habían hipnotizado antes del crimen, lo que habría sonado como una versión delirante si no existieran documentos que prueban que la CIA intentó durante años crear “asesinos hipnoprogramados”. Los letrados de Shirhan sostienen que el hombre que está preso por la muerte de Bobby Kennedy es uno de ellos.

Disparos en una cocina
El supermartes del 4 de junio de 1968, Robert Kennedy logró la mayor victoria de su carrera política, al vencer en las primarias del estado de California y Dakota del Sur, lo que despejaba su camino hacia la batalla presidencial. Esa misma noche, el senador pronunció su último discurso en el hotel Ambassador de Los Ángeles. Terminó de hablar apenas después de la medianoche y, para evitar que caminara entre el público, sus colaboradores decidieron que fuera hacia la sala de prensa caminando por la cocina. Allí sonaron los disparos que le causaron la muerte.
En la autopsia se comprobó que una bala había pasado a través de la hombrera derecha de su chaqueta sin entrar en su cuerpo, que otras dos lo habían alcanzado debajo de la axila derecha, y que el tiro fatal impactó en el cráneo unos centímetros por detrás de la oreja del senador, atravesando el cerebro. En total, Kennedy recibió cuatro balazos y, aunque no murió nadie más, otras cinco personas resultaron heridas por distintos proyectiles. Es decir, hubo por lo menos nueve disparos, y el calibre 22 Iver-Johnson Cadet de Shirhan sólo tenía capacidad para ocho balas. Y tres habían quedado sin disparar. Más tarde se encontraron tres balas más, con lo que los disparos sumaron una docena.

Sin embargo, ese número de balas no coincide con el único documento sonoro que existe del crimen: la grabación que realizó involuntariamente el periodista Stanislaw Pruszynski, en la cual pueden escuchar perfectamente 13 disparos. Primero se oyen dos tiros, después una pausa de segundo y medio (momento en el cual, un maître tomó a Shiran de un brazo, desviando la mira de Kennedy) y luego se escucha el resto de las detonaciones. Entre los disparos tres y cuatro, y siete y ocho, muchos expertos determinaron no existe el suficiente tiempo como para que el sonido provenga de la misma pistola. Son disparos efectuados casi a la vez desde puntos distintos. Cinco de los disparos -el tercero, el quinto, el octavo, el décimo y el duodécimo- tienen una “frecuencia anómala” que indica que provenían de otra pistola, situada en dirección opuesta a la que portaba el único supuesto asesino.
Esas pruebas desbarataban la teoría oficial del “asesino solitario”, pero Shirhan confesó en el juicio, dio sus razones para matar al senador Kennedy y no mencionó a ningún cómplice. Tampoco se pudo comprobar que tuviera vínculos con organizaciones terroristas, aunque eso no impidió que en los medios se lo llamara años después como “el primer terrorista islámico” que había actuado en el país.
La teoría de la hipnosis
En uno de los recurrentes pedidos de libertad condicional, el de 1994, 26 años después del crimen, los abogados de Shirhan plantearon la teoría del asesino “hipnoprogramado”. Entre otras cosas, se basaban en el testimonio de Paul Schrade, íntimo amigo de Bobby y herido también en la cocina del Ambassador, que sostenía que habían actuado varias personas y que ninguna de las balas de Shirhan había dado en la humanidad del senador. Robert Kennedy Jr., hijo de Bobby, suscribía la misma teoría y consideraba que Shirhan, a pesar de haber disparado, no era el autor material del crimen.

En su pedido de liberación, Shirhan aseguraba que no recordaba haber estado en la cocina del hotel y menos haberle disparado al senador. Tampoco tenía memoria de lo que había dicho en el juicio y que al releer su declaración nada de lo dicho le resultaba familiar. En el escrito, los defensores sostuvieron que el jordano había actuado víctima de la hipnosis, como un cómplice involuntario cuyo nombre árabe lo convirtió en un chivo expiatorio fácil y desvió la atención de los verdaderos arquitectos y perpetradores del magnicidio. Esa fundamentación habría resultado delirante si para entonces no hubiera salido a la luz algo que en 1968 nadie sabía: que desde hacía años la CIA tenía un proyecto de programación de asesinos mediante el uso de la hipnosis o de drogas creadas en un laboratorio secreto.
Había casos que parecían probar la existencia de esos asesinos programados. La noche del 4 de julio de 1954, la ciudad de San Antonio, Texas, fue sacudida por la violación y el asesinato de una niña de 3 años. El hombre acusado de estos crímenes fue Jimmy Shaver, un piloto de la Base de la Fuerza Aérea de Lackland, que se encontraba en la zona. Shaver, sin antecedentes penales, dijo que no recordaba nada. Dos meses después, recuerdos de Shaver aún no habían regresado. El comandante del hospital militar, el coronel Robert S. Bray, ordenó que el doctor Louis Jolyon West, jefe de servicios psiquiátricos de la base aérea, realizara una evaluación psiquiátrica. Debía decidir si Shaver estaba legalmente cuerdo en el momento del asesinato.
El doctor West lo hipnotizó y le inyectó pentotal con un resultado sorprendente: Shaver recordó todo o, mejor dicho, repitió la reconstrucción oficial que se había hecho del crimen sin su ayuda. El aviador fue condenado en base a esta confesión obtenida por el psiquiatra. Lo que nadie sabía era que el buen doctor formaba parte de un programa ultrasecreto de la CIA, iniciado en 1953.

El programa secreto “MKUltra”
En la década de 1970, The New York Times tuvo acceso unos documentos filtrados y publicó una serie de artículos sobre “un esfuerzo secreto de la CIA de 25 años y 25 millones de dólares para aprender cómo controlar la mente humana”. Esos documentos eran papeles del doctor West que de alguna manera fueron excluidos de la destrucción del material relacionado con el programa de la CIA. Se lo designaba con el nombre en clave “MKUltra” e incluía 149 subproyectos y por lo menos 185 investigadores trabajando en instituciones en los Estados Unidos y Canadá.
De acuerdo con los documentos, en 1956, West informó a la CIA que los experimentos iniciados en 1953 finalmente habían dado sus frutos. En un artículo de 1956 titulado Estudios psicofisiológicos de hipnosis y sugestionabilidad, sostuvo que había logrado algo que parecía imposible: sabía cómo reemplazar “recuerdos verdaderos” con “falsos” en seres humanos sin su conocimiento. Una de las líneas de investigación, que se llevaba a cabo con voluntarios que no sabían de qué se trataba, pero también con presos y pacientes psiquiátricos, era la de programar asesinos utilizando drogas como el LSD o bien mediante la programación por hipnosis.
El programa MKUltra era tan altamente confidencial que cuando John McCone sucedió a Dulles como director de la CIA a fines de 1961, no se le informó de su existencia hasta 1963. Menos de media docena de agentes de la agencia supieron del proyecto durante los 20 años que duró.
La CIA esperaba producir “mensajeros” capaces de incrustar mensajes ocultos en los cerebros, implantar recuerdos falsos y eliminar los reales en personas sin su conocimiento. El objetivo más alto era producir lo que llamaba “asesinos hipnoprogramados” para actuar en el marco de la Guerra Fría. Claro que, aunque estuviera prohibido por la ley, la CIA no sólo actuaba en el exterior, si lo consideraba necesario para sus fines, no vacilaba en hacerlo en el territorio de los Estados Unidos. Más de una vez para que la política doméstica fuera favorable a sus intereses.
Basados en esos datos, los abogados de Shirhan no negaban que su defendido hubiera participado del crimen, pero que no lo había hecho a conciencia, programado por hipnosis para matar o, por lo menos, para convertirlo en chivo expiatorio del asesinato y así ocultar a sus ideólogos y a los verdaderos perpetradores.
La respuesta siempre es “no”
El de 1974, firmado por el abogado defensor Lawrence Teeter, fue el primer pedido para que Shirhan pudiera salir de la cárcel con el beneficio de la libertad condicional basándose en que había actuado sin tener dominio sobre sí mismo. Desde ese año y hasta 2020, sus distintos abogados defensores – que fueron cambiando con el paso del tiempo – presentaron 14 nuevos pedidos. En casi todas las ocasiones, además de presentar los informes de buena conducta de las autoridades carcelarias – solo hay registrado un incidente menor en 1972 -, volvieron a plantear la posibilidad que fuera un “asesino hipnoprogramado” por la CIA. Una y otra vez, los pedidos fueron rechazados.

En agosto de 2021 la situación pareció cambiar, cuando la junta de libertad condicional del Estado de California se la concedió, pero el gobernador Gavin Newsom – haciendo uso de las prerrogativas del cargo – decidió que siguiera en la cárcel. No quiso pagar el costo político de liberar al “asesino solitario” del senador.
Cuando se cumplen 58 años de la muerte de Bobby Kennedy sigue sin saberse qué ocurrió realmente esa noche en el Ambassador, ni si Shiran fue un asesino programado mediante la hipnosis o un ejecutor consciente del crimen. En cambio, no caben dudas de que no pudo haber actuado solo, aunque la identidad de sus cómplices y de sus mandantes ya sea un misterio imposible de resolver.
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