
San Francisco, California, miércoles 18 de abril de 1906, 5.13 de la mañana. Hacia el este, la coloración rojiza del cielo prenunciaba la llegada de un nuevo día, uno más para seguir acunando el ambicioso sueño americano. Pero ese día sería diferente: sin ningún aviso, la naturaleza demostraría de un solo y rotundo golpe que los proyectos del hombre pueden desmoronarse igual que un castillo de naipes. Primero se escuchó el piar desesperado de miles de pájaros que abandonaron sus nidos y se alejaron en diferentes direcciones; luego, un trueno aterrador proveniente de las entrañas de la Tierra. Y tres segundos después, el mundo se vino abajo. En menos de un minuto la ciudad quedó en ruinas. Como si el planeta quisiera vengarse de tantos años de saqueo de sus entrañas, destruyó en un instante la emblemática capital de los voraces buscadores de oro. En el mundo se conoció como “el terremoto de San Francisco”, pero lo llamaron simple y trágicamente The Big One.

Para 1906 San Francisco tenía unos 400.000 habitantes y contaba con uno de los puertos más grandes y seguros del mundo, centro activo de comercio con Oceanía y el Extremo Oriente. Era también sede de “la vida loca” que podía otorgar el dinero, porque además de la riqueza mineral de la región, compuesta de oro, plata, cobre, mercurio, plomo y carbón, California era uno de los tres estados más importantes en la producción de petróleo. Los dólares corrían a raudales, y la diversión también. En los barrios residenciales de San Francisco, los palacios de los millonarios le daban a la ciudad un aspecto europeo. El City Hall, recién inaugurado, llenaba de orgullo a todos y el Chinatown era un verdadero trozo de Shanghái, con sus callejuelas estrechas llenas de magia, sus tiendas de sedas y porcelanas y sus locales para fumadores de opio. Todo eso desaparecería en un abrir y cerrar de ojos.

La primaveral velada del martes 17 de abril fue especial para quienes concurrieron al Grand Opera Theatre para deleitarse con la voz de Enrico Caruso, el tenor más grande de la época, en su interpretación del Don José de la ópera Carmen, de Georges Bizet. Una vez finalizado el espectáculo, el público ganó la calle, se repartió por los bares, restaurantes y cabarets para finalizar la jornada. Así fue avanzando la noche, hasta que poco a poco las calles fueron quedando vacías. Los noctámbulos se fueron a la cama casi al mismo tiempo que en la orilla opuesta de la bahía, la población agrícola de los viñedos naranjales y chacras se preparaba para iniciar otro día de trabajo. Fueron ellos lo que vieron el extraño fenómeno de los pájaros que abandonaban sus nidos y se mantuvieron revoloteando y piando en los aires, como si temieran posarse en el suelo o los árboles. Inmediatamente después se produjo el terremoto.
En la ciudad, con la primera sacudida la gente trató de escapar de sus casas buscando lugares a cielo abierto para no terminar aplastada por los techos de las construcciones que comenzaron a desmoronarse. La mayoría no lo logró. Hubo cuatro sacudidas más, una detrás de la otra, durante unos interminables 48 segundos. El ruido era ensordecedor, ya que al rugir de la tierra se agregó el estruendo de los edificios al caer. El pavimento se llenó de enormes rajaduras y hubo árboles que, desprendidos del suelo, rodaron colina abajo. Para aumentar el espanto general, la ciudad quedó envuelta en tinieblas por el polvo que flotaba mezclado con la bruma del mar. Después se desataron incendios por doquier.

Los sismógrafos del mundo entero registraron el temblor, que tuvo una intensidad de 8.3 grados en la escala de Richter, con epicentro al noroeste de la ciudad, en las profundidades del Pacífico. Los muertos se contaron primero por cientos y más tarde por miles.
El testimonio de Enrico Caruso
En el momento del terremoto, Enrico Caruso leía la correspondencia que le había llegado desde Europa y Nueva York en su habitación del tercer piso del Palace Hotel, uno de los mejores de la ciudad. Con el primer temblor, tiró las cartas, saltó de la cama y corrió por el pasillo vestido con su pijama, un tapado de piel que alcanzó a manotear y una bufanda alrededor del cuello. “Ni bien dejé mi cuarto se desplomó el cielo raso. Al llegar a la calle vi que los edificios temblaban y que se les desprendían grandes trozos de mampostería, Oí gritos de hombres, mujeres y niños. Muy pronto pareció que toda la ciudad estaba incendiada. Vagué toda la mañana por las calles e intenté salir de San Francisco, pero los soldados no me dejaron pasar. Esa noche, cuando ya habían pasado muchas horas del terremoto, me tiré en el suelo a dormir. Ya no daba más. Todavía me duelen las piernas, los hombros y la cabeza de solo recordarlo”, le contó a la prensa.

Más solidaria resultó la soprano Madame Fremstad, que acompañaba a Caruso en el papel de Carmen. Mientras el gran tenor intentaba salir de la ciudad, ella se dedicó a sacar comida del Palace Hotel para repartir entre los damnificados. Lo hizo sin pausa hasta segundos antes de que el edificio fuera dinamitado para evitar que se derrumbara sin control. Durante tres días, la cantante colaboró con los equipos que asistían a las víctimas.
Los dos artistas podían considerarse afortunados por haber salvado sus vidas. No pudieron decir lo mismo las 75 personas que murieron aplastadas en el Hotel Valencia. En Palacio de Tribunales, en cuya parte posterior se encontraba la Cárcel Modelo, se desplomó también por completo y aplastó a la mayoría de los presos. En el quinto piso de un edificio de Market Street, donde funcionaba una imprenta, el peso de las máquinas aceleró el derrumbe y aplastó a quienes estaban en los pisos inferiores.

Los internados en el hospital psiquiátrico Agnew fueron liberados por los propios enfermeros cuando el edificio comenzó a derrumbarse y se dispersaron por la ciudad. Según una crónica de esos días, algunos de ellos se cruzaron en la calle con el joven actor John Barrymore, que la noche anterior había asistido a la representación de Carmen y seguía despierto, tomando una copa en el bar del Hotel Saint Francis porque una hora más tarde debía abordar un vapor que partía hacia Australia. “Me encontré en la calle vestido de frac y sombrero de copa. Debo confesar que el incesante estremecimiento de la tierra no dejaba de atemorizarme. No sé por qué, para darme ánimo me puse a recitar en voz alta el monólogo de Hamlet. La mayoría de los que pasaban me miraban asombrados, pero poco a poco me rodeó un grupo de caballeros en paños menores que, con gestos significativos, me dieron a entender que concordaban ampliamente con mi actitud y con el sentido de mi recitado. Realmente su aprobación me dio valor y empecé a sentirme orgulloso de mí, hasta que se me acercó un oficial de policía y me dijo que ese selecto grupo de admiradores eran pensionistas del manicomio local”, contó. Si la historia es cierta o invención de Barrymore es imposible de saber, pero el hombre logró que la publicara un diario.

Rescates, saqueos y negocios
En medio del espanto se destacó la solidaridad: cientos de personas se organizaron rápidamente en brigadas de rescate, mientras otras se dirigían a los hospitales e improvisados campamentos médicos para colaborar. Pero la moneda también mostró la otra cara y fueron muchos los que se dedicaron a saquear lo que podían de las casas abandonadas y de las ruinas. Los ladrones se mezclaban entre los socorristas que retiraban cuerpos de entre los escombros y cuando encontraban un cadáver le robaban los anillos, cadenas y el dinero que tenían encima. Durante los primeros dos días, más de doscientos saqueadores fueron fusilados de manera sumaria. Tres regimientos del ejército llegaron a marchas forzadas desde Oakland y Seattle para tratar de imponer el orden y se decretó la ley marcial. Los habitantes de San Francisco debieron obedecer las ordenes del Ejército que se comunicaban mediante carteles colocados sobre los edificios públicos.

El temblor había durado apenas 48 segundos, pero tres días después continuaban los incendios. El saldo del sismo comenzó a traducirse en cifras: alrededor de 2.000 muertos, más de 15.000 heridos, 28.000 edificios derrumbados que dejaron a 250.000 personas sin techo y daños de más de 200 millones de dólares. Recién al alba del sábado 21 los bomberos lograron una trabajosa victoria final contra las llamas. La catástrofe había afectado principalmente al centro comercial de la ciudad y si no hubo más víctimas se debió a que, a la hora del sismo, los comercios, las escuelas, las fábricas y las oficinas estaban vacíos.
Pasado el temblor y apagado el fuego, solo quedaba pensar en la reconstrucción de la ciudad. Sin perder tiempo, el presidente Theodore Roosevelt dio un mensaje al país pidiendo ayuda: “Los Estados Unidos están en situación de socorrer la miseria americana con dinero americano”, dijo en uno de sus párrafos. En lugar de agradecer el mensaje, las autoridades de la ciudad de San Francisco le respondieron de manera desafiante: “La ciudad necesita contribuciones caritativas para su reconstrucción. Con los 170 millones que deben pagar las compañías se seguros, lo que hemos podido salvar de los bancos locales y las ricas cosechas de California podremos enfrentarlo todo. Ninguna ayuda financiera será aceptada si no se ajusta a los más estrictos principios comerciales”.
Después de esa respuesta oficial, las autoridades iniciaron una campaña publicitaria con carteles distribuidos por toda la ciudad: “Don’t talk earthquake. Talk business (No hable del terremoto. Hable de negocios”, se leía en ellos.
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