
Le sacan la venda a Jacobo Timerman y apenas puede ver, porque las luces lo encandilan y la situación –nunca esperada, ni siquiera imaginada, lo descoloca todavía más–. De todos modos, reconoce al hombre que tiene enfrente: es el coronel Ramón Camps, jefe de la Policía de la Provincia de Buenos Aires. Un hombre que se cree –y Timerman lo sabe– dueño de la vida y de la muerte.
-Timerman —le dice Camps— de lo que usted conteste a mis preguntas depende su vida.
-¿Sin juicio previo, coronel?
-Su vida depende de lo que conteste.
-¿Quién ordenó mi arresto?
-Usted es un prisionero del Primer Cuerpo de Ejército en operaciones.
Hombre bien informado, de relaciones fluidas con el poder –lo que incluye a muchos de los altos jerarcas de la dictadura encabezada por Jorge Rafael Videla-, Timerman está también desconcertado: no sabe por qué lo detuvieron o, mejor dicho, lo secuestraron. No sabe muchas cosas esa madrugada, Jacobo Timerman, pero la presencia de Camps al final de un recorrido terrorífico, lo hace vislumbrar una posible muerte.
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Un rato antes –no puede medir el tiempo de los relojes, pero sí el de su desesperación– un hombre le dijo:
-Voy a contar hasta diez. Despedite, Jacobito. Se te terminó. ¿No querés decir tus oraciones?
No era solo la voz de ese hombre la que decía las palabras, también era la del caño del revólver que le había apoyado en la cabeza. Además de las palabras y del caño de la muerte, escuchó risas. Y entonces Jacobo Timerman serio también, estalló en carcajadas. Estaba desesperado, eran las carcajadas de un hombre que podía volverse loco.
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Es la madrugada del 15 de abril de 1977 y unos veinte hombres de civil, armados, entraron en su departamento, lo esposaron por la espalda y le cubrieron la cabeza con una manta. Le dijeron que eran del Primer Cuerpo de Ejército. Le pidieron las llaves del auto y lo bajaron al estacionamiento del edificio. Le sacaron la manta un instante para que dijera cuál era su auto. Lo subieron atrás, lo tiraron en el piso y lo volvieron a cubrir con la manta. Le pusieron los pies encima. Sintió también la culata de un fusil sobre su espalda.
Lo llevaron a algún lugar y lo tiraron al suelo. Ahí le sacaron la manta y le pusieron la venda. Y el revólver en la cabeza también.
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Pasaron horas, o quizás minutos, hasta que lo levantaron y lo llevaron a otro lugar. Allí le sacaron la venda y pudo descubrir que estaba en un despacho donde las luces estaban muy bajas. Un hombre uniformado, sentado detrás de un escritorio, ordenó que le sacaran las esposas y le dieran un vaso de agua. No sabía muchas cosas esa madrugada, Jacobo Timerman, pero supo de inmediato que ese coronel que tenía enfrente podía ser su verdugo.

El editor golpista
Cuando lo secuestraron, Jacobo Timerman era director y propietario del diario La Opinión, un medio que en sus casi seis años de existencia se había ganado un lugar preponderante en el periodismo argentino. Estaba acostumbrado a lograr éxitos periodísticos. Dos de sus creaciones, las revistas Primera Plana y Confirmado habían marcado una época. No solo por sus redacciones integradas por muchos de los mejores periodistas argentinos y por la calidad de su información. También habían sido, desde el periodismo, factores de poder.
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La Opinión, cuyo primer número salió a la calle el 4 de mayo de 1971, era su mayor logro. Con un formato parecido al de Le Monde, el propio Timerman lo definió al pensarlo como un diario económicamente de derecha, políticamente de centro y culturalmente de izquierda. En ocasiones lo era; en otras no. Desde la dirección del diario, Timerman había mantenido muy buenas relaciones con la dictadura de Lanusse, pero también leyó con inteligencia la apertura democrática y el retorno de Juan Domingo Perón.
Su diario era una fuente calificada de información política, no sólo por los análisis de sus periodistas sino también por desnudar entretelones que no estaban a la vista. Por ejemplo, en octubre de 1973 había revelado en su portada el contenido del “documento reservado” elaborado por Perón después de la muerte de José Ignacio Rucci donde ordenaba “depurar” el movimiento peronista de “infiltrados”. Se transformó en un medio abiertamente opositor al gobierno de María Estela Martínez de Perón y, en especial, en la denuncia de las maniobras de José López Rega y el accionar de la organización parapolicial de su creación, la Triple A.
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Concretado el golpe del 24 de marzo de 1976, en el contexto de la censura impuesta, La Opinión no se mostraba como un medio opositor a la dictadura –lo cual era prácticamente imposible para un diario de circulación pública– aunque en ocasiones, y con mucha cautela, informaba un poco más sobre lo que ocurría en las catacumbas. Esas catacumbas a las que Jacobo Timerman fue arrojado la madrugada del 17 de abril de 1977.
Por esos días también fueron secuestrados Enrique Jara, jefe de redacción del diario, y varios integrantes de lo que se conocía como el Grupo Graiver –hasta hacía unos meses propietario de las acciones de Papel Prensa-, entre los que se contaban Lidia Papaleo de Graiver (la viuda de David Graiver), Osvaldo Papaleo y Rafael Iannover. Todos fueron llevados al Centro Clandestino de Detención y Tortura “Puesto Vasco”, en el sur del Gran Buenos Aires, una de las catacumbas del “Circuito Camps”. La dictadura los relacionaba –y lo decía– con los 40 millones de dólares que los Montoneros habían obtenido del secuestro de Jorge y Juan Born, parte del cual sospechaban que había sido administrado por el difunto David Graiver, muerto en un extraño accidente de aviación. Allí los mantuvieron desaparecidos, los interrogaron, los torturaron y los sometieron a “careos” entre ellos a pura presión de picana.
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El testimonio de Timerman
Años después de su calvario, Jacobo Timerman declaró: “Luego de detenerme en mi domicilio de la Capital Federal, me llevaron a la jefatura de la Policía de la Provincia de Buenos Aires donde me interrogaron Camps y (su segundo, el comisario Miguel) Etchecolatz; de allí me trasladaron a Campo de Mayo, donde me hicieron firmar una declaración. Luego me depositaron en Puesto Vasco, donde fui torturado”.
Bajo las órdenes directas del jefe del primer cuerpo de Ejército, Carlos Guillermo Suárez Mason (a) Pajarito, Ramón Camps fue el dueño de la vida y de la muerte en un vasto territorio de la Provincia de Buenos Aires, donde montó una red de centros clandestinos de detención, entre los que se contaba “Puesto Vasco”.
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Camps decidió ocuparse personalmente de ese grupo de detenidos y en especial de Jacobo Timerman, por quien manifestaba un particular odio. Lo consideraba un “agente del sionismo internacional”, lo cual resultaba intolerable para su antisemitismo. “Desde el primer interrogatorio estimó que había encontrado lo que hacía tanto tiempo buscaba: uno de los sabios de Sion, eje central de la conspiración judía en la Argentina”, cuenta Timerman en su libro Preso sin nombre, celda sin número.
Y relata un interrogatorio:
-¿Es usted judío? - pregunta Camps.
-Sí – responde Timerman.
-¿Es usted sionista?
-Sí.
-¿La Opinión es sionista?
-La Opinión apoya al sionismo porque considera que es el movimiento de liberación del pueblo judío. Considera al sionismo como un movimiento de altos valores positivos, cuyo estudio permite comprender muchos problemas de la construcción de la unidad nacional en la Argentina.
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-¿Viaja a menudo a Israel?
-Sí.
Camps también escribiría un libro, si así se lo puede llamar. Lo tituló: Caso Timerman. Punto final. Su contenido es la desgrabación de los interrogatorios bajo tortura. Toda una obra literaria.
En “Puesto Vasco”, el director de La Opinión fue torturado durante semanas, sin darle casi descanso. El relato de sus sufrimientos como detenido-desaparecido es desgarrador, pero a la vez de una lucidez que impresiona: “En los largos meses de encierro pensé muchas veces cómo podría transmitir el dolor que siente el hombre torturado. Y siempre concluía que era imposible. Es un dolor que no tiene puntos de referencia ni símbolos reveladores, ni claves que puedan servir de indicadores. El ser humano es llevado tan rápidamente de un mundo a otro que no tiene forma de encontrar algún resto de energía para enfrentar esa violencia desatada (…) La cantidad de electricidad se gradúa para que sólo duela, queme o destruya. Es imposible gritar, hay que aullar. Cuando comienza el largo aullido del ser humano, alguien de manos suaves controla el corazón, alguien mete la mano en la boca y tira de la lengua para afuera para evitar que se ahogue… Breve paréntesis. Y todo recomienza”, contó.

Juicio simulado y liberación
Después de esa temporada en el infierno de “Puesto Vasco”, Timerman fue blanqueado y trasladado al Departamento Central de Policía y más tarde a la cárcel de Magdalena. Ese no era el plan original. Cuando fue secuestrado ya había sido condenado a muerte por la dictadura. No pensaban permitirle salir vivo de las mazmorras, pero de pronto cambiaron de planes, con la idea de utilizarlo para sus fines.
Años después, en su declaración ante la Conaep, Jacobo Timerman recordaría: “Me confesé judío, sionista y socialista, y eso me salvó la vida. Camps pensó que tenía en sus manos un proceso espectacular que demostraría la conjura judeomarxista contra Argentina”, dijo. La idea era someterlo a juicio público donde repitiera esa confesión para denunciar una conspiración judía internacional, uno de cuyos blancos era la Argentina.
La dictadura no pudo hacerlo. Tuvo que liberarlo debido al impacto internacional que había tenido su secuestro. Fue noticia en los diarios de todo el mundo. La presión del gobierno de los Estados Unidos -que incluyó una explícita mención del caso por parte del presidente Carter durante una visita de Videla a Washington- obligó a la junta militar a ponerlo bajo arresto domiciliario en 1980. Esa decisión provocó fuertes enfrentamientos hacia el interior del ejército, donde un grupo encabezado por el general Luciano Benjamín Menéndez (a) “Cachorro” se opuso de manera rotunda. Finalmente se llegó a una solución de compromiso entre las dos facciones: resolvieron expropiar La Opinión, quitarle la ciudadanía y expulsarlo del país. Viajó a Israel como “apátrida” y desde el exterior se convirtió en una de las voces más potentes en la denuncia de las atrocidades de la dictadura argentina. Volvió a la Argentina en 1984 y recibió el diario La Razón como compensación del robo de La Opinión. La Razón de Timerman, donde el autor de este artículo trabajó, fue un fracaso periodístico. Los tiempos habían cambiado.
Jacobo Timerman murió a los 76 años en Buenos Aires, la ciudad donde lo secuestraron y de donde lo expulsaron, el 11 de noviembre de 1999. Periodista y editor brillante, hombre de posiciones muchas veces equívocas, dejó como legado haber creado uno de los medios más innovadores del periodismo argentino.
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