
Lo primero que mira Sergio Kuchevasky cada vez que entra a la majestuosa sala del Teatro Colón es la araña de luces. La araña que pesa unos 1.300 kilos y tiene 552 focos y 12 tulipas. Mientras cientos de espectadores se detienen en los frescos que Raúl Soldi pintó en la cúpula de la ópera porteña, y otros tantos se deslumbran ante esos telones pesados, aterciopelados, preciosos, Kuchevasky mira las luces que conoció hace más de medio siglo y que todavía lo conmueven.
“Kuche”, como le gusta darse a conocer, puede recitar sin cavilaciones la lista de las prendas que su mamá le puso el domingo que empezó a cambiarle la vida: “Pantaloncitos grises, un buzo de plush, un blazer, medias Ciudadela tres cuartos y zapatos de charol”. Ese domingo, “Kuche”, un nene de siete u ocho años que se criaba en Villa Bosch, acompañó por primera vez a David, su papá, al trabajo. Y el trabajo era nada menos que en el mayor teatro lírico de Sudamérica y uno de los más importantes del mundo: el Colón.
Sergio Kuchevasky, psicólogo social, ex director del Archivo Nacional de la Memoria pero, sobre todo, un hombre que fue un niño criado en el teatro más importante de la Argentina, le cuenta a Infobae esa fascinación por la araña de luces porque acaba de contar mucho de lo que recuerda sobre esos años infantiles y deslumbrantes en su libro Cajita de colores.
Un arcón de recuerdos frescos
Todo empezó en una mudanza. “Kuche” tenía 50 años y vaciaba una pequeña biblioteca que había pertenecido a David, su papá, a quien apodaban “Kuchi”. En medio de todas esas pertenencias, encontró una caja, más bien una cajita. De madera, con el nombre de su padre y el logo del Teatro Colón estampado.

La abrió y encontró distintos colores de sombras de maquillaje y un papel que, está seguro, su padre había tipeado en una vieja máquina de escribir Remington. Uno de los tantos papeles en los que David describía, con una minuciosidad apabullante, cómo debía maquillarse cada figurante de una ópera a medida que transcurría la acción sobre el escenario. Fue como abrir el arcón de los recuerdos.
“No sabía que tenía esa caja ahí. La encontré junto a una caja completa de cosas de mi papá. Había por ejemplo un montón de discos de pasta que mi papá usaba para preparar cada una de las obras”, cuenta Sergio.
Es que David, su padre, entró a trabajar al Colón como figurante extraordinario, es decir, como alguien que iba a aparecer en escena sólo cuando lo convocaran a algunas óperas en particular, y terminó su carrera allí 45 años después, como inspector de escenario.
Ese trabajo, integral, estresante, apasionante, implicaba coordinar cada detalle de la iluminación, la música, el maquillaje, la entrada y salida de escena de los figurantes. La hoja escrita por David con la Remington era un vestigio de ese oficio en el que había que tener cada detalle de cada obra en la cabeza: no sólo la que se coordinaba en vivo, durante la función, sino la que el Colón estuviera preparando para las semanas siguientes.

Pero lo que más sorprendió a Sergio no fue ni ese papel que traducía lo estresante del oficio de su papá, ni los discos de óperas que había empezado a escuchar desde muy chiquito y que escucha hasta hoy. Lo que más lo sorprendió fue abrir esa “cajita de colores” y darse cuenta de que los maquillajes estaban blandos, frescos, listos para usarse de nuevo. Como si el tiempo no hubiera pasado.
Un teatro hecho de familias y de grandes estrellas
“Esa sensación de que los colores no se habían resecado y estaban listos para usarse fue el gran disparador para ponerme a revisar todo lo que había vivido en el teatro”, describe Kuchevasky, y suma: “Me afloraron cientos de historias. No tenía nada escrito así que empecé a hacer un punteo y después me puse a escribir cada una de las historias que había seleccionado”. Así nació su libro.
“Kuche”, que fue director ejecutivo de instituciones sociodeportivas como Hebraica y que ahora mismo es gerente general de la Fundación LeDor VaDor, dedicada a la atención de personas mayores, encontró de todo en ese arcón de los recuerdos.
Los doce años que pasó acompañando a su papá a algunas de sus jornadas de trabajo, entre 1971 y 1983, lo hicieron descubrir los entretelones de ese teatro que al principio lo deslumbró y que, con el correr del tiempo, se volvió una costumbre y un lugar de pertenencia.
Descubrió los talleres de carpintería, escenografía, zapatería y vestuario que hacen que todo lo que hay y pasa sobre el escenario sea admirado en el mundo entero. Escuchó a las familias italianas, polacas y valencianas hablar en sus idiomas y sus dialectos mientras desempeñaban sus oficios; vio a los integrantes de esas familias transmitir sus saberes de generación en generación.

Se sentó en la butaca número uno del teatro, en el Palco Presidencial y en un banquito que no puede olvidar: el que estaba al lado de uno de los puentes por el que iba y venía el director de luminotecnia del Colón. De todos los oficios que vio de cerca, ese es el que le habría fascinado tener a “Kuche”. “La vida está hecha de claroscuros. Lo que iluminás es aquello a lo que le das importancia, y todo el tiempo va cambiando aquello que iluminamos y aquello que oscurecemos”, dice.
Se acuerda -y lo cuenta en su libro- de algo que vio desde ese puente hecho de luces que apuntaban al escenario: “Yo era un pibito. El director de luminotecnia me indicó que nos quedáramos en silencio y que prestara atención a lo que estaba por pasar. Entonces oscureció casi todo el escenario y apuntó las luces a Maya Plisetskaya. La vi representar la Muerte del Cisne, obviamente en El lago de los cisnes. Vi sus manos, su caída, su final. Nunca me voy a olvidar de ese instante, fue majestuoso”, reconstruye.
Después de la función, David llevó a su pequeño hijo Sergio a que saludara a Maya Plisetskaya, la excelsa bailarina soviética perseguida por el estalinismo que acababa de brillar sobre el escenario del Colón. “Creo que fue la primera mujer a la que le di un beso en la mano”, bromea Kuchevasky.
Se acuerda no sólo del instante de la Muerte del Cisne, sino de estar acostado en su cama horas después y no poder pegar un ojo: “Me habían deslumbrado las luces, la escena, ese desenlace. Yo me tenía que dormir porque había que ir a la primaria al otro día, pero no lo lograba. Todo lo que había visto me había dejado perplejo”.
Plisetskaya fue apenas una de todas las estrellas a las que conoció Sergio cuando era apenas un chico. Estrellas a las que conocía sin poder dimensionar entonces su gravitación en el mundo lírico. Vio al tenor Plácido Domingo romper los protocolos e invitar a toda la sala del Colón a acompañarlo a cantar “Granada” y a los músicos de la Orquesta Sinfónica Nacional ponerse nerviosos pero, aún así, brillar como siempre: era 1981 y el que los dirigía en el ensayo, recién llegado a Buenos Aires, era nada menos que Zubin Mehta.

Escuchó a su papá hablar hasta el cansancio de un nuevo talento, de “un pibe que va a ser una maravilla”. Lo escuchó hablar tanto de ese chico que en un momento le advirtió, entre las risas y los celos: “Che, viejo, pero mirá que tu hijo soy yo”. Ese pibe en ciernes deslumbraría al mundo entero: era Julio Bocca.
La gran lección del Colón
De todo lo que vio en esos años sumergido en los pasillos, las oficinas, los subsuelos y los entretelones del teatro, Sergio destaca especialmente el resultado del trabajo en equipo. “Ver ese funcionamiento tan aceitado de los distintos oficios del teatro y ver cómo todos trabajaban tirando para adelante, con el nivel de responsabilidad y de orgullo que lo hacían, como si cada función fuera la primera y también la última, fue una enseñanza que me marcó para toda la vida. Lo más importante que aprendí en el Colón es que no alcanza con el mejor tenor del mundo: se necesita a todos los que tal vez ni se ven pero son los que sostienen el aplauso que reciben los artistas al final de la función”, describe Sergio.
“Eso me marcó la vida y trato de aplicarlo a todo: al trabajo, a la vida personal, a todo. Vi a trabajadores que están detrás de escena emocionarse ante la ovación del público, hacer la reverencia del saludo que se hace sobre el escenario para agradecer ese aplauso, tal vez incluso dedicar esa ovación a un ser querido. Aunque nadie los viera. Y eso es porque sin duda eran parte de eso que estaba pasando sobre el escenario, fue muy importante para mí aprender de esa manera el valor de trabajar en equipo”, suma Kuchevasky.
En 1983, cuando los pantalones cortos con los que había llegado por primera vez al teatro ya habían quedado atrás y la vuelta de la democracia asomaba, Sergio Kuchevasky subió al escenario del Teatro Colón. Fue figurante extraordinario -algo así como un actor extra- en Bomarzo, la ópera que escribió Alberto Ginastera basándose en la novela homónima de Manuel Mujica Lainez. La obra había sido censurada por la dictadura encabezada Juan Carlos Onganía. También representó La Traviata y Aída, entre otras grandes óperas.

Ese debut sobre el escenario fue una mezcla de emociones: “Para mí fue completamente normal estar en la obra. Para ese momento yo había estudiado algo de arte escénico. Y para Bomarzo, que fue la primera, me eligieron porque soy alto, entonces me daba el perfil. Sé que es algo extraordinario subirse al escenario del Teatro Colón, pero a la vez para mí era o más normal del mundo: era un lugar por el que yo circulaba todo el tiempo. Fue algo fantástico y, a la vez, muy común para mí”.
Hubo, en medio de algo que le resultaba una deriva natural de todos sus años allí, un momento completamente único: “El momento en el que sonó el aplauso de toda la sala fue tremendo, tre-men-do. Lloré, lloré mucho, y no fue la única vez que me pasó. Es un momento único, porque la sala se viene abajo y ves a todos los que trabajaron para esa obra, hayan estado o no sobre el escenario, agradeciendo el aplauso. Cuando la función sale bien, te sale casi solo llorar de la emoción, por el trabajo logrado con un equipo tan grande. Era como una emoción vivida en una gran familia que se armaba entre todos los que trabajaban en el teatro”, describe, y remata: “Era un instante muy hermoso”.
La importancia de la memoria
Kuchevasky encabezó el Archivo Nacional de la Memoria entre 2016 y 2018, y durante esos años encontró documentación coincidente con sus años de infancia y adolescencia en el Colón. Documentación que, al calor de contar todo eso en un libro, le sirvió para cotejar fechas, obras, nombres. Ahora encabeza LeDor VaDor, una fundación que trabaja en el bienestar de adultos mayores. Muchas veces organiza visitas guiadas al Colón para esa población.
“Se terminan volviendo ejercicios de memoria colectivos, que hacemos todos juntos. Uno se acuerda qué ópera vio allí, otro se acuerda cuándo fue por primera vez, quiénes se presentaban, cómo era la ciudad en ese momento. Es enriquecedor para todos”, describe.

“Cuidar la memoria de un lugar tan importante para un país es una tarea central para que ese país tenga registro de su propia historia. A la vez, un espacio como el Colón es parte de la memoria de muchísimos argentinos, por eso también es tan interesante ponerlo como punto de partida de algunos recuerdos, algo que se nota que a las personas mayores con las que intercambio les hace muy bien porque es un lugar en el que disfrutaron y del que, entonces, guardan un recuerdo feliz”, cuenta Kuchevasky.
Pasaron más de cincuenta años desde ese domingo en el que, vestido con sus mejores prendas, ese niño se subió al tren para viajar desde Villa Bosch hasta uno de los grandes núcleos de la cultura argentina. Pero los recuerdos de este adulto en el que se convirtió siguen tan frescos como el maquillaje que se escondía dentro de la cajita.
Sergio Kuchevasky presentará “Cajita de colores” el 20 de mayo en el salón izquierdo del foyer del Teatro Colón, junto a Silvina Chediek.
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