
Fue uno de los asesinatos en masa más resonantes entre los provocados por la creencia de que el Apocalipsis se produciría con la llegada del nuevo milenio y, más de un cuarto siglo después, sus dos responsables ideológicos siguen siendo buscados sin descanso en África y el resto del mundo. Las primeras noticias hablaron sobre un suicidio colectivo de fieles en el templo del Movimiento para la Restauración de los Diez Mandamientos de Dios en Kanungu, un distrito del suroeste de Uganda. Se creyó que era así porque ese 17 de marzo del año 2000 se conmemoraba el día que la Virgen María les había anunciado el fin del mundo y les había prometido que la inmolación en la Tierra les abriría las puertas del cielo, pero luego aparecieron pruebas de que lo que allí se había perpetrado era un asesinato en masa.
Ese día murieron 880 personas en el interior del templo, que fue incendiado después de que sus puertas y ventanas fueran cerradas a cal y canto, pero la cifra se disparó después a 924, muchos de ellos niños, cuando la policía encontró una tumba colectiva en el predio que lo rodeaba. El horror no terminó ahí: con el correr de los días, el número de muertos siguió creciendo porque cuando la policía investigó otras propiedades del Movimiento descubrió cientos de cadáveres en distintos lugares del sur del país. Se hallaron seis cuerpos sellados en la letrina del recinto de Kanungu, así como 153 cadáveres en un recinto de Buhunage, 155 en la finca de uno de los líderes de la secta en Rugazi, envenenados y apuñalados, y otros 81 yacían en la granja de otro de los jefes. Las autopsias revelaron que habían sido asesinados unas tres semanas antes del infierno de la iglesia.
En cambio, no se tenían noticias del destino de los máximos líderes del Movimiento. Al principio se creyó que habían muerto en el incendio del templo de Kanungu, donde se los vio la noche del jueves 16, pero sus cadáveres no pudieron ser identificados. Habían anunciado el Apocalipsis, pero todo indicaba que habían decidido no participar de él. Eran un hombre y una mujer: Joseph Kibweteere y Credonia Mwerinde. Tampoco se sabía nada del tercero de sus líderes, el sacerdote excomulgado Dominic Kataribaabo, a quien nadie había visto por ahí los días anteriores a la masacre.

La secta del Arca de Noé
Las autoridades ugandesas sabían que los tres dirigían la secta, que había llegado a sumar unos cinco mil acólitos en el sur del país. El movimiento religioso venía creciendo sin pausa desde su creación, a fines de los años ’80, cuando Kibweteere y Mwerinde anunciaron que tenían visiones de la Virgen María y que ella les había ordenado fundar el Movimiento, cuyo objetivo primigenio era respetar a rajatabla los Diez Mandamientos y predicar la palabra de Jesucristo.
En sus prédicas, Kibweteere, Mwerinde y Kataribaabo enseñaban que para evitar la condenación en el Apocalipsis había que cumplirlos de manera tan estricta que, por ejemplo, para no romper el octavo, el que manda “No darás falso testimonio contra tu prójimo”, los miembros de la secta intentaban no hablar y casi siempre se comunicaban por señas. Ayunaban regularmente y comían solamente los viernes y los lunes. El sexo estaba prohibido y también el uso del jabón. Realizaban sus rituales con íconos cristianos y, al principio, el naciente Movimiento tuvo algunos vínculos con la Iglesia Católica de Uganda, que pronto se rompieron, a raíz de su radicalización y el fanatismo de sus dirigentes.
A mediados de los ’90, los líderes anunciaron que el Apocalipsis ocurriría el 31 de diciembre de 1999 y centraron toda la actividad de la secta en que sus miembros se salvaran de él. Decían que era un mensaje de María y, además de predicarlo hacia adentro, lo dieron a conocer con un folleto llamado A Timely Message from Heaven: The End of the Present Time (Un oportuno mensaje del cielo: el fin del tiempo presente). Les ordenaron a los miembros que lo estudiaran y se preparaban para el final según los mandatos del texto. Se consideraban a sí mismos como el Arca de Noé, un barco de la justicia que los llevaría a la salvación navegando por un mar de depravación.

El santo y la pecadora
Joseph Kibweteere y Credonia Mwerinde habían recorrido caminos diferentes hasta que sus vidas se cruzaron para parir el Movimiento y encaminarlo lentamente a un fanatismo que desembocaría en las matanzas del año 2000. El hombre venía del mundo de la política, la mujer había ejercido la prostitución.
En los años ’60, Kibweteere trabajaba como supervisor asistente de las escuelas católicas de la zona y más tarde se convirtió en supervisor gubernamental de proyectos agrícolas y de construcción. Su sensibilidad social lo llevó a participar de la vida política ugandesa como candidato opositor por el Partido Demócrata en las elecciones de 1980. Sufrió una derrota sin atenuantes frente al oficialismo y decidió no volver a intentarlo. Se trasladó con su mujer y su hijo a Rwashamaire, donde la familia tenía varias propiedades, cientos de cabezas de ganado y un negocio de molienda. No era un hombre pobre.
Su vida cambió radicalmente en 1984, cuando anunció a los cuatro vientos que había tenido una visión de la Virgen María y que la madre de Jesús le había ordenado que fundara el Movimiento. No estaba solo en la empresa, porque acababa de conocer a Credonia Mwerinde, una antigua prostituta que se dedicaba a la fabricación de cerveza artesanal, y que también había visto a María en una cueva cuando corría la década de los ’60. Eran la pólvora y el detonador.
Kibweteere llevó a Credonia a vivir a su casa para iniciar el culto. “Lo siguiente que supimos fue que estaba en nuestra casa y que habían decidido comenzar su culto aquí. Pronto nos estaba dominando a todos. Mi padre la admiraba y hacía cualquier cosa que dijera”, le dijo después de la masacre Rugambwe, el único hijo de Kibweteere, a un periodista de The Sunday Times.
Así crearon el Movimiento para la Restauración de los Diez Mandamientos de Dios, al que no tardó en sumarse el sacerdote excomulgado Dominic Kataribabo. Hombre de prestigio, con un doctorado en Teología obtenido en los Estados Unidos, el antiguo cura fue decisivo para la llegada al culto de no pocos fieles católicos. A principios de los ’90, la sede central de la secta se trasladó a Kanungu, donde levantaron el templo y crearon una comunidad, mientras que sus creencias se iban expandiendo por el sur de Uganda.

Un fin del mundo con retraso
Cuando Kibweteere y Mwerinde le pusieron fecha al Apocalipsis, la mayoría de los acólitos les creyó. Así comenzaron a prepararse para su llegada, el 31 de diciembre de 1999. Debían purificarse para poder tripular el Arca de Noé que los salvaría del fin de los tiempos. En esa espera, los líderes nunca les hablaron de suicidarse para alcanzar el cielo, sino solamente de vivir en un respeto estricto de los Diez Mandamientos para formar parte de los elegidos para la salvación.
Hubo gran desconcierto entre los fieles cuando el 31 de diciembre de 1999 transcurrió sin pena para el mundo ni gloria salvadora para ellos. La profecía incumplida provocó que en los primeros días del 2000 se produjera un quiebre dentro del Movimiento y no fueron pocos los miembros que lo abandonaron, convencidos de que sus líderes eran unos charlatanes que habían abusado de su buena fe.
Quizás para evitar más deserciones, Mwerinde anunció entonces que había recibido un nuevo mensaje de María con una nueva fecha, el 17 de marzo de ese año, cuando todos los miembros del Movimiento —incluidos sus líderes— debían inmolarse en fuego para ser salvados.
La noche del 16 marzo, el predio del Movimiento en Kanungu fue escenario de una fiesta para la que se asaron tres vacas, se bebieron agua y gaseosas, se cantó y se bailó. Todo a la espera del amanecer del día anunciado, cuando los fieles debían encerrarse en el templo. El único trabajo del día fue tapiar todas las ventanas del edificio.

El apocalipsis ardiente
La mañana del viernes 17 de marzo, ni Kibweteere, ni Mwerinde, tampoco el excura Kataribabo y algunos de los otros jefes prominentes de la secta estaban ahí. Quedaron personajes de la segunda línea de la organización que invitaron al resto de los fieles a entrar al templo. Algunos llevaban bidones de nafta. Una vez que los tuvieron adentro, provocaron el incendio. Pronto todo ardió, se vieron el fuego y el humo, se escucharon gritos desgarradores y algunas personas que corrían despavoridas, alejándose del ahí.
Las pericias que se hicieron después del incendio demostraron que las llamas habían comenzado en el interior del templo, pero que también se detectaron focos de fuego en el exterior. Además de las ventanas tapiadas, las puertas del edificio estaban cerradas con cadenas y candados. Adentro se encontraron casi 800 cadáveres calcinados. La hipótesis que surgió de la investigación forense apuntó a que algunos de los fieles que estaban en el interior del templo iniciaron el fuego para cumplir con el mandato del suicidio colectivo, pero que muchos intentaron escapar cuando comenzaron las llamas y no pudieron porque estaban cerradas todas las salidas. Al suicidio de unos se había sumado la matanza de otros.
Pronto se descubrió que no era la única matanza perpetrada entre los fieles del Movimiento para la Restauración de los Diez Mandamientos de Dios. Cuatro días después del incendio, la policía encontró una tumba colectiva en el predio que rodeaba el templo. Estaba señalada apenas con un túmulo y, al excavar, se hallaron más de cien cadáveres, con signos claros de que se trataba de personas asesinadas menos de dos meses antes. Eran muchos de los disidentes que habían querido abandonar la secta luego del fiasco del apocalipsis del 31 de diciembre de 1999. Eso llevó a que se investigaran otras sedes del Movimiento, donde los cadáveres enterrados se multiplicaron.

Buscados por asesinato en masa
Cuando se cumplen 26 años del incendio del templo del Movimiento para la Restauración de los Diez Mandamientos de Dios, Joseph Kibweteere y Credonia Mwerinde siguen prófugos, con paradero desconocido y pedido de captura internacional. Lo único cierto es que ninguno de los cuerpos encontrados les pertenecía. De la antigua prostituta convertida en visionaria, nunca hubo un rastro. En cambio, algunos informes de la Policía Nacional de Uganda señalan que varios testigos dijeron haber visto a Kibweteere: se escondía en Malawi, pero nunca se lo pudo encontrar.
Pese a que el incendio del templo Kanungu quedó en la historia como una de las mayores matanzas religiosas ocurridas en un solo día en Uganda, los grupos espirituales que llevan el sello distintivo del Movimiento, donde los devotos creen incuestionablemente que sus pastores pueden resucitar a los muertos o que el agua bendita sanará dolencias, siguieron surgiendo en todo el continente. Para el profesor Paddy Musana, del Departamento de Religión y Estudios de Paz de la Universidad de Makerere, las situaciones que les permiten nacer y crecer siguen existiendo. “Cuando hay tensión o una necesidad que las instituciones existentes no pueden satisfacer fácilmente, como las religiones tradicionales o el gobierno, y alguien emerge y afirma tener una solución, miles se les unirán”, dice.
El recuerdo de la masacre del templo del Movimiento para la Restauración de los Diez Mandamientos de Dios sigue siendo una herida abierta en Kanungu, donde muchas personas perdieron a familiares y amigos que se habían unido a la secta. Una de esas personas es Anna Kabeireho, una mujer ya mayor que vivía a unos doscientos metros de la iglesia incendiada. Sabe que nunca podrá olvidar ese día: “Todo estaba cubierto de humo, hollín y el hedor a carne quemada parecía ir directamente a los pulmones. Todos corrían hacia el valle mientras el fuego seguía. Había decenas de cuerpos quemados. Nos cubrimos la nariz con hojas aromáticas para evitar el olor. Durante varios meses después, no pudimos comer carne”, contó el año pasado en el aniversario de la matanza.
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