Cuando Tutankamón volvió a ver la luz: la historia del hallazgo de la tumba y los misterios que aún rodean al joven faraón egipcio

El 6 de marzo de 1924 se realizó la apertura oficial del féretro. Tras más de tres mil años, científicos y autoridades egipcias enfrentaron el desafío de estudiar la momia del faraón niño y revelar sus secretos

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5 de febrero de 1925,
5 de febrero de 1925, tumba de Tutankamón: el ataúd exterior de Tutankamón, tal como fue hallado, dentro del sarcófago en la cámara funeraria del rey (Harry Burton / Institute, Universidad de Oxford)

Cuando la tapa del sarcófago que contenía la momia de Tutankamón se levantó el 6 de marzo de 1924, la respiración de los funcionarios e investigadores se detuvo. La cámara funeraria, iluminada por lámparas de petróleo, vibraba en una escena tétrica de penumbras y destellos dorados. Los funcionarios egipcios retiraron el sello final mientras, detrás de ellos, el arqueólogo Howard Carter, que ya había contemplado el cuerpo en una inspección previa, observaba en silencio, apartado del ritual.

En el instante en que la cubierta cedió, apareció un cuerpo oscuro, rígido, endurecido por capas gruesas de resina negra. No había máscaras ni oro: solo vendajes ennegrecidos, piel invisible y la presencia compacta de un faraón joven detenido en el tiempo. Fue un momento de reverencia y de vértigo arqueológico al mismo tiempo.

Durante dos años, el hallazgo había maravillado al mundo, pero quedaba un interrogante fundamental: ¿cómo había sido conservado? Eran miles —entre periodistas, museos y gobiernos— quienes esperaban una respuesta. Lo que se reveló ese día fue la crudeza material de la muerte embalsamada. La apertura, además, tenía un trasfondo político ineludible: Egipto, decidido a ejercer control sobre su patrimonio tras décadas de dominio británico, ordenó que Carter permaneciera al margen mientras el gobierno supervisaba la inspección definitiva del cuerpo para reafirmar su soberanía. Así, la escena estuvo cargada tanto de historia antigua como de tensiones modernas. No era solo un procedimiento técnico, sino el momento en que el joven faraón recuperaba presencia física ante los vivos.

29 o 30 de octubre
29 o 30 de octubre de 1925. En la tumba de Tutankamón, Howard Carter y un trabajador egipcio examinan el tercer ataúd (el más interno), realizado en oro macizo, dentro de la caja del segundo ataúd (Fotografía de Harry Burton / Griffith Institute, University of Oxford)

El hallazgo que reescribió la arqueología

Durante las primeras décadas del siglo XX, el Valle de los Reyes, una de las necrópolis más importantes del Antiguo Egipto, donde están las tumbas de la mayoría de los faraones del Imperio Nuevo, ya había sido explorado por arqueólogos y aventureros de todo el mundo. Se pensaba que los grandes secretos del lugar habían sido revelados y que pocas tumbas quedaban por descubrir.

Sin embargo, Howard Carter, un arqueólogo británico con años de experiencia en Egipto, pensaba otra cosa. Junto a su mecenas, Lord Carnarvon, Carter estaba convencido de que la tumba de un faraón casi olvidado, Tutankamón, aún permanecía oculta bajo la arena.

La búsqueda formal comenzó en 1914, pero la Primera Guerra Mundial interrumpió los trabajos. Carter retomó la excavación años más tarde, enfrentando temporadas sin resultados, presiones económicas y la amenaza de perder la concesión. En 1922, cuando Carnarvon le concedió una última oportunidad, Carter apostó todo por un sector poco explorado del valle. Tenía razón. El 4 de noviembre de 1922, su perseverancia dio frutos: el equipo halló el primer escalón de una tumba intacta. Veintidós días después, Carter hizo una pequeña abertura en la puerta y, a la luz de una vela, observó tesoros que no habían visto la luz en más de tres mil años.

“Veo cosas maravillosas”, dijo entusiasmado Carter el 26 de noviembre de 1922 mientras miraba por el pequeño agujero en la puerta sellada y cambió la historia del mundo antiguo. A través de esa abertura, Carter vio oro y la frase que pronunció quedó como una de las postales más célebres de la arqueología.

crédito: Griffith Institute, University of
crédito: Griffith Institute, University of Oxford

Lo que encontraron fue extraordinario: la tumba intacta de un faraón menor, olvidado durante siglos, sin saqueos, sin vandalismo y sin pérdida de contexto. Más de cinco mil objetos funerarios mostraban la riqueza material de un reino obsesionado con la eternidad. Había tronos, carros ceremoniales, camas rituales, cofres con joyas, armas, amuletos, abanicos, recipientes sagrados y tejidos intactos. Los muros y las puertas conservaban sellos reales que demostraban que la tumba no había sido violada.

El hallazgo desató una oleada de interés mundial sin precedentes, casi una fiebre por la historia egipcia. La prensa, los científicos y curiosos de todos los continentes siguieron cada etapa de la excavación, y la llamada “fiebre de Tutankamón” se extendió rápidamente en casi todo el mundo. La tumba se convirtió en un símbolo de esplendor antiguo y misterio egipcio, generando exposiciones, libros y teorías.

El 16 de febrero de 1923, la cámara funeraria se abrió formalmente ante la mirada de funcionarios egipcios y expertos internacionales. Pero el trabajo recién comenzaba: la tumba estaba repleta de objetos delicados y su extracción requería paciencia, precisión y meses de documentación minuciosa. Durante ese tiempo, Carter y su equipo trabajaron en condiciones difíciles, bajo la creciente presión de un gobierno egipcio que reclamaba mayor control sobre su patrimonio arqueológico.

En el corazón de la tumba se encontraba el cuerpo del faraón. Tutankamón reposaba dentro de una sucesión de contenedores: sarcófagos y cajas antropomórficas, cada uno más ornamentado que el anterior. Los investigadores solo pudieron confirmar el estado original de la momia cuando levantaron la tapa del sarcófago y examinaron su interior.

Diciembre de 1922, tumba de
Diciembre de 1922, tumba de Tutankamón: vista de la pared norte de la antecámara con las estatuas centinelas custodiando la puerta sellada que conduce a la cámara funeraria del rey (Harry Burton / Griffith Institute, Universidad de Oxford)

Luego de casi un año de trabajo dentro de la cámara funeraria, el 12 de febrero de 1924 se levantó por primera vez la tapa del sarcófago. Los investigadores vieron entonces la momia de Tutankamón, endurecida por gruesas capas de resina y sin la famosa máscara de oro, que formaba parte de los ataúdes internos. Al examinarla, comprobaron que no había sido manipulada desde el entierro, lo que la convertía en uno de los cuerpos reales más cercanos al momento original del embalsamamiento que la ciencia moderna había observado.

Poco después, el 6 de marzo de ese mismo año, el gobierno egipcio realizó una apertura oficial del féretro bajo supervisión estatal. Era un gesto cargado de simbolismo: Egipto comenzaba a afirmar su soberanía sobre los tesoros de su pasado. Carter protestó inicialmente por la decisión, pero terminó aceptando. Por primera vez desde el descubrimiento, la autoridad científica pasaba formalmente a manos egipcias.

El análisis posterior del cuerpo y del conjunto funerario permitió estudiar técnicas de momificación, enfermedades y costumbres funerarias del antiguo Egipto. La tumba de Tutankamón iluminó el pasado de una civilización fascinante, marcó un antes y un después en la arqueología moderna y en el debate sobre la propiedad y el destino del patrimonio cultural.

Enero de 1924, tumba de
Enero de 1924, tumba de Tutankamón: Howard Carter abre la puerta del segundo santuario funerario en la cámara sepulcral (Harry Burton / Griffith Institute, Universidad de Oxford)

La ciencia frente a un desafío histórico

Cuando se retiró la primera capa de vendajes del cuerpo de Tutankamón, los testigos de tamaño momento en la historia entendieron que estaban frente a un desafío técnico sin precedentes. La momia estaba literalmente soldada por la resina blanca y negra utilizada en la ceremonia funeraria. Con el paso de los siglos, esa mezcla se había endurecido hasta formar una costra casi rocosa que adhería las telas al cuerpo y a cada una de las capas internas de los ataúdes.

Los funcionarios egipcios observaron que las extremidades estaban rígidas y bien definidas, señal de una preservación excepcional. Las proporciones correspondían a un joven de unos 18 o 19 años, con una complexión más frágil de lo que muchos imaginaban para un faraón. Las manos cruzadas sobre el pecho conservaban su forma, atrapadas entre vendajes endurecidos.

Los rasgos del rostro estaban ocultos bajo las capas solidificadas de resina. No había joyas visibles: la mayoría ya había sido retirada por Carter al desmontar los sarcófagos para preservarlas. La estructura general daba cuenta de que el cuerpo se encontraba en un estado sorprendentemente bueno para su antigüedad. Por eso, el trabajo exigió una precisión absoluta.

Los trabajos sobre el cuerpo
Los trabajos sobre el cuerpo de Tutankamón (Biblioteca Nacional de España)

Los especialistas debieron utilizar herramientas calentadas para despegar la resina sin fracturar los huesos ni dañar los vendajes. Por su estado y por la forma en que había quedado adherida a los ataúdes, la momia de Tutankamón se convirtió en uno de los cuerpos más complejos de estudiar en la historia de la arqueología.

Aquel examen permitió confirmar algo fundamental: el faraón niño había llegado al siglo XX casi tan intacto como cuando fue depositado en su tumba en el siglo XIV a. C.

La apertura del cuerpo inauguró una nueva etapa de investigación. En las décadas siguientes se realizaron radiografías, tomografías, análisis genéticos y reconstrucciones faciales. Los científicos estudiaron posibles enfermedades, deformidades congénitas, traumatismos óseos y las causas probables de su muerte. Ninguna hipótesis logró imponerse con certeza absoluta, lo que añadió un nuevo nivel de misterio al faraón más famoso del mundo.

Hoy, la momia permanece en
Hoy, la momia permanece en Egipto bajo condiciones ambientales controladas

El hallazgo también redefinió la figura de Howard Carter, quien murió en 1939 convertido en un personaje emblemático y complejo: un investigador de disciplina extraordinaria, pero también un representante del clima colonial que marcó la arqueología de su tiempo.

Hoy, la momia permanece en Egipto bajo condiciones ambientales controladas, protegida del deterioro que durante siglos la amenazó. Allí descansa el cuerpo del joven rey que subió al trono con nueve años, murió antes de cumplir veinte y terminó convirtiéndose en el monarca más célebre del Antiguo Egipto.

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