Era el ladrón de bancos más famoso de Estados Unidos y escapó de la cárcel con un arma falsa: la increíble fuga de John Dillinger

El 3 de marzo de 1934, el célebre asaltante logró evadirse de la prisión utilizando un revólver de madera tallado por él mismo. Meses después, cuando los agentes federales lo emboscaron y lo mataron a la salida de un cine corrió el rumor de que J. Edgar Hoover, jefe del BOI —la agencia antecesora del FBI—, había dado la orden de no capturarlo con vida para vengarse de aquella fuga que lo puso en ridículo. La autopsia que puso en duda la verdadera identidad del muerto y las versiones que publicaron los medios y echaron tierra a su captura

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John Dillinger
John Dillinger, poco antes de ser asesinado (Bettmann)

Cuando un grupo especial del Bureau of Investigation (BOI), la agencia predecesora del FBI, cosió a balazos a John Dillinger a la salida del Biograph Theatre de Chicago la noche del 22 de julio de 1934 surgieron de inmediato dos interrogantes que pusieron más que molesto a John Edgar Hoover, su gran jefe: el primero sembraba dudas sobre la verdadera identidad del muerto y sugería que los agentes le habían disparado al hombre equivocado; el segundo cuestionaba el final fatal del operativo que se había montado para capturar al hombre considerado el “enemigo público número uno” y sugería que los federales nunca quisieron atraparlo vivo porque habían recibido desde las alturas de la agencia la orden de matarlo allí mismo. En este segundo caso, los rumores que corrieron hablaban de una venganza de Hoover contra el hombre que apenas unos meses antes lo había puesto en ridículo con una fuga espectacular.

A fines de enero de ese año, la carrera del asaltante de bancos más famoso de la época parecía terminada. El BOI había anunciado su captura y la de su banda para llevarlos a los tribunales, donde recibirían todo el peso de la ley, porque el que las hace las paga. Aunque la detención de Dillinger y los suyos había ocurrido casi por casualidad, Hoover no vaciló en subirse al carro de la victoria. Todavía estaba celebrando el 3 de marzo cuando le avisaron que el reo se había escapado de la cárcel de Crown Point, en Arizona. Y no solo eso, sino que su fuga parecía una verdadera burla. Consiguió un pedazo de madera, lo talló durante días con una hoja de afeitar hasta darle forma de revólver y lo oscureció con betún. Cuando el guardia abrió la puerta de la celda para darle su plato de comida, el enemigo público número uno lo amenazó, lo dejó encerrado y se abrió paso apuntando con el falso revólver a otros guardias hasta llegar al auto de la sheriff Lilian Holley, con el que salió de la cárcel a toda velocidad. Los periodistas se hicieron un verdadero picnic contando los detalles del gran escape y, claro, cuestionando la idoneidad de las autoridades.

La noticia de la muerte de Dillinger bajo las balas de los hombres del BOI dividió a la sociedad estadounidense. Mientras unos la consideraban un éxito de la ley y el orden, otros la lamentaban porque en apenas dos años de carrera criminal el delincuente más buscado se había ganado la simpatía de muchos norteamericanos que habían perdido sus bienes o sus trabajos por el crack financiero de 1929 y consideraban que asaltar bancos —a los que veían como responsables de su situación— no era un delito sino un acto de justicia. Para estos últimos, Dillinger era una suerte de Robin Hood aunque no repartiera su botín con los pobres. Si Hoover había ordenado matarlo en lugar de atraparlo vivo, el criminal no era Dillinger sino el implacable jefe del BOI.

John Dillinger durante su primera detención
John Dillinger durante su primera detención

El ladrón de la frase famosa

La carrera criminal de John Dillinger como asaltante de bancos fue tan corta como vertiginosa. En poco más de un año, desde mayo de 1933 hasta poco antes de su muerte, había capitaneado dos bandas y asaltado decenas de bancos, con botines de cientos de miles de dólares; capturado y encarcelado, protagonizó fugas espectaculares para retomar de inmediato su raid criminal. El modus operandi era siempre el mismo: elegían y estudiaban los movimientos del banco de una pequeña localidad; el día definido, entraban cinco delincuentes al local mientras un cómplice esperaba afuera con el auto en marcha, una vez adentro Dillinger gritaba la frase que rápidamente se hizo famosa: “Todo el mundo al suelo”, tras lo cual dos de los hombres controlaban a los empleados y el público mientras otros tres saqueaban las cajas y obligaban al gerente a abrir el tesoro. Todo ocurría a una velocidad de vértigo y poco después escapaban por una ruta previamente señalada.

Podía decirse que John Dillinger había aprendido todo en la cárcel, en la que cayó cuando era muy joven por un error de principiante. Tenía 21 años y nunca había cometido un delito hasta una noche de 1924 cuando un amigo, Ed Singleton, le pidió que lo acompañara a asaltar el negocio de un tendero del barrio en que vivían. El asalto les salió bien, pero dejaron tantos rastros que cayeron presos al día siguiente. Singleton, que pudo pagar un abogado, fue condenado a dos años de cárcel; en cambio, Dillinger, con un defensor oficial, recibió nueve.

Mientras estuvo detrás de las rejas se relacionó con un grupo de presos que cumplían condenas por asaltar bancos y con ellos aprendió lo que podría llamarse la teoría del oficio. Y no solo eso, porque allí, detrás de las rejas, conformó parte de su primera banda. Cuando salió en libertad condicional, a principios de 1933, con ellos y algunos hombres más, pasó de la teoría a la práctica.

Iniciaron su raid de asaltos en un banco en Bluffton, Ohio, donde por primera vez Dillinger gritó la frase que se haría famosa. El robo fue un éxito, al que siguieron otros más.

John Dillinger
John Dillinger posa con una Colt .38 en una mano y una metralleta en la otra (Bettmann)

El arte de escapar

Su carrera pareció terminar por primera vez el 22 de septiembre, cuando la policía lo cercó y lo capturó, pero cuatro días después, sus cómplices Harry Pierpont, Russell Clark, Charles Makley y Harry Copeland, entraron a la prisión de Lima vistiendo uniformes policiales y le dijeron al sheriff Jessie Sarber que tenían orden de llevar a Dillinger a una prisión en Indiana. Cuando el sheriff les pidió las credenciales y la orden de traslado, le contestaron con un balazo.

Escaparon con éxito después de encerrar al sheriff y a su mujer en la misma celda en la que había estado Dillinger y días más tarde retomaron su raid de asaltos. Armados con pistolas y ametralladoras robadas del arsenal de la policía de Auburn, Indiana, en poco tiempo desvalijaron media docena de bancos en distintos pueblos y pequeñas ciudades de ese Estado.

Se habían impuesto una regla de oro: no derramar sangre. No por humanidad, sino para que, en caso de ser capturados, solo les pudieran aplicar penas menores. Todo cambió cuando uno de los miembros de la banda, John Hamilton, mató a un policía y el asalto al Primer Banco Nacional del Este de Chicago terminó en un tiroteo donde perdió la vida el oficial William Malley. Los buscaban las policías de Indiana y de Chicago, a las que se sumó pronto la agencia que dirigía J. Edgar Hoover, quien le encargó a uno de sus agentes más implacables, Melvin Purvis, que capturara a Dillinger vivo o muerto.

Era necesario calmar las aguas y, después de desvalijar varios bancos en Florida y en Arizona, Dillinger y su banda decidieron tomarse un descanso y disfrutar del dinero ganado a punta de pistolas y ametralladoras. El 23 de enero de 1934 se alojaron con nombres falsos en el Historic Hotel Congress de Tucson, con un botín de 25.000 dólares —una verdadera fortuna en esa época— que repartirían mientras celebraban con champagne en una de las habitaciones. Estaban en eso cuando el hotel se incendió y quedaron atrapados adentro. Cuando los rescataron, un oficial de bomberos los reconoció por las fotografías que publicaban los diarios y los carteles de búsqueda y llamó a la policía. Así, Dillinger, Pierpont y sus cómplices pasaron sin transición del festejo a la cárcel de Crown Point, en Indiana, donde serían llevados a juicio por el asesinato del oficial O’Malley.

Entonces Dillinger protagonizó su segunda fuga, la que Hoover no pudo tolerar. Después de escapar de Crown Point se refugió en Chicago, donde estaba su novia, Evelyn Frechette, y allí formó una nueva banda con varios asaltantes experimentados: Homer Van Meter, Lester Joseph Gillis, Baby Face Nelson, Eddie Green y Tommy Carrol. Con ellos no demoró en retomar su raid de asaltos bancarios.

El 3 de abril la policía de Chicago cercó a Dillinger y a su cómplice Eddie Green, que se resistieron a los tiros. Green cayó muerto, pero Dillinger, aunque herido, logró romper el cerco y escapó con Evelyn a Mooresville, Indiana. Pocos días después, la chica volvió a Chicago para tratar de retomar contacto con el resto de la banda, pero el BOI la identificó y la detuvo.

Cada vez que entraba a robar un banco John Dillinger gritaba: "¡Todo el mundo al suelo!", frase que él hizo famosa
Cada vez que entraba a robar un banco John Dillinger gritaba: "¡Todo el mundo al suelo!", frase que él hizo famosa

Con identidad falsa

De Dillinger, en cambio, no había rastros y a los agentes federales jamás se les ocurrió que había vuelto a Chicago. A principios de julio de 1934, un hombre llamado Jimmy Lawrence comenzó a hacerse ver en algunos bares de la ciudad. Decía que era funcionario de la Junta de Comercio y, aunque no ostentaba, se veía que tenía dinero y que le gustaba gastarlo. Una de esas noches, en el club Barre of Fun, conoció a Rita “Polly” Hamilton, una joven prostituta con la que comenzó a salir asiduamente.

La chica vivía en la casa que regenteaba su madama, una mujer que se presentaba como Anna Sage, pero que en realidad era una inmigrante ilegal originaria de Rumania. Cuando Polly le presentó a su nuevo novio, a la señora Sage se le ocurrió que ese hombre tenía una cara que ella conocía. Y así era, el tal Jimmy Lawrence se parecía mucho a John Dillinger, el asaltante de bancos por el que se ofrecía una recompensa de 5.000 dólares.

No era exactamente igual, pero se le parecía mucho y la señora Sage pensó que si Lawrence era realmente Dillinger no solo podía ganar un buen dinero sino conseguir algo que necesitaba con urgencia: legalizar su residencia en los Estados Unidos. Por su oficio, tenía buenos contactos con la policía local y a través de un detective amigo —es decir, uno de los que cobraban sobornos para no allanarle el burdel— buscó la manera de contactar al BOI, la agencia que ofrecía la recompensa. El detective se llamaba Martin Zarcovich y, después de informar a sus jefes, se puso en contacto con el hombre encargado de perseguir a Dillinger en el BOI, Melvin Purvis, que a su vez informó a Hoover.

La respuesta del BOI fue palo y zanahoria. Purvis le prometió a Sage que si capturaban a Dillinger le pagarían la recompensa, pero también la amenazó: si no podían detenerlo la deportarían a Rumania en cuestión de días. Acordaron que apenas supiera con certeza dónde estaría el enemigo público número uno, pasaría la información para que lo capturaran.

El 22 de julio a la mañana, la madama rumana salió de burdel, fue hasta el teléfono público más cercano y llamó al número que le había dado Purvis. Cuando la atendieron, informó que esa noche Dillinger iría con ella y con Polly al Biograph Theatre, un cine de la Avenida Lincoln donde proyectaban Manhattan Melodrama. Por esas ironías del destino, la película —que después sería rebautizada como Enemigo Público Número Uno— contaba la historia de un gángster, encarnado por Clark Gable, que terminaba ejecutado en la silla eléctrica.

Dillinger había logrado evadirse de la Justicia utilizando una identidad falsa
Dillinger había logrado evadirse de la Justicia utilizando una identidad falsa

Un operativo letal

Poco después de las siete de la tarde, un equipo del BOI encabezado por Purvis se desplegó en los alrededores del Biograph Theatre. No llevaban mucho tiempo ahí cuando vieron llegar al hombre llamado Jimmy Lawrence al que Anna Sage había identificado como Dillinger. Venía acompañado por Polly y por la propia madama, vestida con una pollera roja, una prenda que había acordado llevar para que la reconocieran los agentes.

Por orden de Hoover, los hombres del BOI no los detuvieron en ese momento, sino que dejaron que el trío entrara al cine. El plan era esperar a que terminara la película para capturar a Dillinger cuando saliera, vivo si no ofrecía resistencia, muerto si intentaba escapar. O eso es lo que dijeron. Cuando la película estaba a punto de terminar, Purvis se instaló cerca de la puerta del cine. Su misión era avisar a los otros agentes que Dillinger estaba saliendo con una señal: sacaría un cigarro de su bolsillo y lo encendería. Lo hizo, pero además de alertar a sus agentes, el gesto de Purvis también puso sobre aviso al hombre que debían capturar.

El comunicado oficial del BOI diría después que Dillinger intentó sacar un revólver que llevaba en el bolsillo del saco y que entonces los agentes le dispararon, pero los relatos de algunos testigos, publicados en diferentes diarios, coincidieron en que el hombre simplemente había corrido y le dispararon por la espalda. Fueron varios tiros: dos lo rozaron, otros dos fallaron e hirieron a dos transeúntes, y el balazo fatal entró por la nuca, cortó la médula espinal, subió al cerebro y salió por el ojo derecho. El enemigo público número uno se desplomó sobre el asfalto y quedó inmóvil. Al día siguiente, todos los diarios llevaron en sus portadas la noticia de la muerte de John Dillinger, pero casi al mismo tiempo comenzaron a correr los rumores que la ponían en duda.

John Dillinger
El cuerpo del ladrón de bancos John Dillinger fue exhibido en una morgue de Chicago después de que el FBI y la policía lo mataran a tiros (Bettmann)

Dudas y más dudas

La alegría de J. Edgar Hoover no duró mucho. La primera duda sobre la identidad del difunto la sembró la autopsia realizada por el médico forense de la Policía de Chicago J.J. Kearns. En su informe, señaló que el cuerpo del muerto no correspondía exactamente con el Dillinger que describían las fichas que tenían las autoridades penitenciarias. Citando fuentes policiales, varios diarios publicaron que “los extremos de los dedos habían sido mutilados con ácido, mientras que el pelo, las cejas y el pequeño bigote estaban teñidos de negro. En cuanto al rostro, estaba alterado mediante una operación quirúrgica y sus rasgos eran más duros y crueles” que los que mostraban las fotos más conocidas de John Dillinger.

Casi con desesperación, la agencia de Hoover salió de inmediato a confirmar que el muerto era sin lugar a duda John Dillinger, el criminal más buscado de los Estados Unidos, pero no pudo evitar que los medios se hicieran eco de versiones que afirmaban todo lo contrario. La más difundida decía que el muerto era en realidad Jimmy Lawrence, un delincuente de poca monta que había sido víctima de un engaño pergeñado por el propio Dillinger con la complicidad de Polly y la madama Anna Sage, que aprovecharon el parecido del hombre con el enemigo público número uno para engañar a la policía y al BOI.

Como si eso fuera poco, se desató otro escándalo alrededor del cadáver. El 3 de agosto, un diario de Chicago publicó una crónica en la que afirmaba que el encargado de casa de pompas fúnebres donde fue llevado el cuerpo del gángster para prepararlo para el sepelio descubrió que le faltaba el cerebro. Se decía también que lo había extraído —con autorización de Hoover— un equipo de neurólogos que tenía la misión de estudiarlo.

Los restos del hombre muerto a balazos la tarde del 22 de julio de 1934 al salir del cine fueron enterrado el 5 de agosto en el cementerio de Crown Hill, en Indianápolis, en una tumba sellada con hierro y hormigón. Las que no quedaron sepultadas con el cuerpo fueron las dudas sobre las verdaderas intenciones de los agentes del BOI al montar el operativo en el cine y la verdadera identidad del difunto.

Para echar más leña al fuego de los rumores, pocos meses después, antes de ser ejecutado en la silla eléctrica el mediodía del 17 de octubre de 1934, Harry Pierpoint, el último sobreviviente de la banda de Dillinger, deslizó una frase que, según algunas crónicas, molestó de sobremanera a Hoover: “Yo soy el único que sabe toda la verdad y me la llevo conmigo”, dijo de manera enigmática, porque no aclaró a qué verdad se refería.

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