De los zepelines alemanes que bombardearon París a la falsa ciudad construida para engañar a los pilotos

El impacto de los primeros bombardeos aéreos sobre la capital francesa durante la Primera Guerra Mundial llevó a las autoridades a idear una defensa tan audaz como secreta: la construcción de una réplica iluminada de París destinada a confundir a los aviadores enemigos

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Un dirigible alemán sobre el
Un dirigible alemán sobre el cielo de París durante la Primera Guerra Mundial

Desde el inicio de la Gran Guerra, no era la primera vez que París se encontraba bajo una tormenta de bombas alemanas. La primera vez había sido el 30 de agosto de 1914. Ese día hubo pocas bajas civiles, pero el daño psicológico fue brutal. La amenaza estaba en el cielo y la población, las mujeres y los niños quedaban expuestos al fuego enemigo. La historia de la aviación apenas comenzaba a escribirse, cuando las aeronaves y dirigibles rígidos (zepelines), que hasta el momento eran utilizados para reconocimiento, fueron convertidas en armas letales.

Meses más tarde, hubo ataques esporádicos, incluido el de un Zepelín, en marzo de 1915. Pero el 29 de enero de 1916, bajo un cielo gris plomizo invernal dos nuevos zepelines causaron estragos a su paso. Mataron a 24 civiles y dejaron heridos a otros 30.

Un edificio parisino bombardeado cerca
Un edificio parisino bombardeado cerca del final de la Gran Guerra, con un gran agujero que permite ve la escalera de su interior

La ciudad se vistió de luto. El 7 de febrero hubo un funeral en el que miles de parisinos se unieron detrás de seis carruajes, seguidos por políticos y funcionarios. Los ataúdes fueron trasladados a la iglesia Notre-Dame de la Croix, en el este de la Ciudad Luz.

El cardenal Léon-Adolphe-Amette, arzobispo de París, quien encabezó el servicio pronunció una oración que conmovió a la multitud: “Ante ti yacen las víctimas de la barbarie alemana, que no cayeron en ningún campo de batalla”. Y agregó: “Su muerte ayudará a la causa de la humanidad y fortalecerá la vigorosa determinación de conquistar, reducir al enemigo a la impotencia e impedir que se repita su crimen”.

Parisinos mirando el cielo en
Parisinos mirando el cielo en busca de un Zeppelin, después de escuchar estruendos: pero era algo diferente, los alemanes habían creado un cañón de largo alcance, el Cañón de París

Los ataques no cesaron, por el contrario, aumentaron en los meses siguientes. En 1917 hubo una relativa pausa porque esta vez el objetivo fue Londres. Su nuevo bombardero pesado Gotha G.IV masacró a 162 británicos en junio de ese año. Los franceses sabían que tarde o temprano, llegaría el turno de ellos, por lo que diseñaron una insólita estrategia: idearon una falsa París, para confundir y ser bombardeada en lugar de la verdadera. En esos tiempos, los aviadores encontraban su camino, no con instrumentos sofisticados, sino con la guía de la topografía, rutas y trazado ferroviario. Seguían el río Sena y arrojaban sus bombas.

La existencia de una falsa ciudad de París, meticulosamente diseñada para desorientar a los bombarderos enemigos, permaneció en secreto durante años, hasta que en 1920 la prensa británica reveló los detalles de esta singular estrategia militar. La iniciativa buscaba atraer los ataques a una réplica de la capital francesa y así proteger la vida y el patrimonio histórico de París.

Con respecto a las medidas tomadas, edificios y esculturas fueron recubiertos con bolsas de arena, incluyendo el Louvre, Notre-Dame, el Arco de Triunfo y otras estructuras emblemáticas. Las obras de arte más valiosas del Louvre fueron trasladadas al sur de Francia, en ciudades como Toulouse. Asimismo, se reforzó la defensa antiaérea con cañones, baterías y ametralladoras, incluyendo la instalación de armamento en la Torre Eiffel. Y algunos ciudadanos buscaron refugio en estaciones del Metro durante los ataques nocturnos.

Pese a su sofisticación técnica, el proyecto de la falsa París nunca fue completado ni llegó a cumplir su objetivo. La construcción comenzó en 1918 en las afueras de París, pero solo una de las tres zonas planificadas se completó parcialmente. El proyecto no pudo ponerse en funcionamiento porque la guerra terminó en noviembre de 1918, poco después de iniciarse las obras. Así, nunca llegó a probarse su efectividad ni a ser utilizado en ningún ataque real. Tras el armisticio, la estructura fue desmontada.

A pesar de que nunca fue implementado, el gobierno francés consideró el plan como una defensa valiosa frente a amenazas futuras, según documentó el diario británico The Globe.

Un registro fílmico sobre cómo
Un registro fílmico sobre cómo fueron protegidos edificios de valor histórico con bolsas de arena

Cuando se conocieron los primeros testimonios sobre la operación, la magnitud sorprendió por igual a especialistas y a la población. Una capital entera —con “calles, fábricas, viviendas, ferrocarriles, estaciones y trenes completos”— fue producto de la imaginación y el ingenio del ingeniero eléctrico italiano Fernand Jacopozzi. Nacido en Florencia el 12 de septiembre de 1877 y emigrado a Francia muy joven en 1900, en los albores de la Belle Epoque, Jacopozzi se hizo conocido como el “mago de la luz”. Fue uno de los pioneros en la iluminación monumental.

La noticia trascendió en octubre de 1920, consignó The Globe, pero fue el reportaje gráfico de The Illustrated London News el 6 de noviembre de ese mismo año el que mostró fotografías, mapas y detalles técnicos: “Un falso París fuera de París: una ‘ciudad’ creada para ser bombardeada”.

Esta proeza consistía en crear tres zonas de distracción. El núcleo de la operación se situó en el suburbio de Maisons-Laffitte, aprovechando un meandro del Sena que, tras serpentear el centro de París y pasar bajo la Torre Eiffel, dibujaba una silueta fácilmente reconocible por los pilotos. Además, se diseñó una zona industrial ficticia en Vaires-sur-Marne, a 16 kilómetros al este, y el suburbio de Saint-Denis fue duplicado en Villepinte, al noreste.

A finales de 1917, la DCA (Défense Contre Avions), órgano de la Oficina de Guerra encargado de la defensa antiaérea, encargó a Jacopozzi materializar el plan, con el aval del entonces primer ministro, Georges Clémenceau.

Su experiencia en la iluminación eléctrica de grandes espacios, con la supo lucirse durante la Exposición Internacional de París en 1900, resultó fundamental: Jacopozzi ideó un modelo que combinó arquitectura efímera e iluminación para dar verosimilitud al escenario desde el aire.

La ciudad señuelo se construyó
La ciudad señuelo se construyó con mamparas, telas pintadas translúcidas y luces eléctricas para simular calles, fábricas, estaciones de tren y trenes en movimiento

El trabajo comenzó en Villepinte, donde Jacopozzi construyó una réplica de la estación Gare de l’Est. Utilizó tablones de madera para simular vagones y una cinta con luces para crear la ilusión de un tren en movimiento. Simultáneamente, creó fábricas de cartón y techos de lienzo pintado en la zona industrial, recreando fuegos industriales y columnas de humo con lámparas blancas, amarillas y rojas. Buscaba autenticidad sin estridencias; su meta era engañar la mirada de los observadores aéreos sin despertar sospechas con excesiva luminosidad.

Este esfuerzo casi había concluido cuando el 16 de septiembre de 1918 un bombardero alemán Gotha sobrevoló París. Dejó caer una importante carga de explosivos, causando seis muertos y 15 heridos, sin que el engaño estuviera aún operativo. “La próxima vez que los bombarderos regresaran, se pondría en marcha el subterfugio”, documentó The Globe, pero la guerra llegó a su fin dos meses después.

La verdadera autoría de la falsa ciudad siguió en el anonimato durante un tiempo. Aunque el gobierno francés otorgó a Jacopozzi la Legión de Honor y él gozó de fama en la década de 1920 por sus proyectos de iluminación urbana, los medios británicos evitaron develar su nombre al principio.

Según la agencia ANSA, en 1925, la Exposición de Artes Decorativas le encargó iluminar la Torre Eiffel. En dos meses, la empresa del florentino, especializada en decoraciones e iluminación, instaló más de 250.000 bombillas en el monumento más famoso de Francia, un desafío técnico y logístico deslumbrante, con trabajadores “acróbatas” suspendidos en el vacío para completar la obra.

En esos años, Fernand Jacopozzi fue uno de los protagonistas de la transformación visual de París: tras embellecer la Torre Eiffel atrajo el interés mundial hacia la ciudad. Colocó reflectores en la Place de la Concorde, el Arco de Triunfo, grandes almacenes y realizó trabajos para otro genio de la época, André Citroën, con el histórico panel publicitario que se desplegó en la Torre Eiffel con el nombre de la compañía automotriz, fundada unos años antes. Sobre la torre de 300 metros de altura se encendían siete letras luminiscentes de 20 metros de altura, de estilo art déco, una de las campañas publicitarias más influyentes de la época, con repercusión mundial.

Tras su muerte en París en 1932, los obituarios celebraron su legado en la iluminación monumental, pero nunca mencionaron su decisiva—y hasta último momento ultra secreta—aporte al esfuerzo de defensa francés frente al riesgo de bombardeo aéreo.

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