Apenas 73 segundos fueron suficientes para consumar el desastre. Un desastre que se podría haber evitado y que vieron millones de personas en vivo por televisión. Hace exactamente cuarenta años, el 28 de enero de 1986, el transbordador espacial Challenger se desintegró en el aire frente a las costas de Florida, en Estados Unidos. En menos de un minuto y medio se produjo la tragedia aeroespacial más impactante de la historia.
La primera civil en el espacio
La misión STS-51-L tenía dos objetivos principales. Por un lado, iba a poner en órbita un satélite de seguimiento y retransmisión de datos que ayudaría a mejorar las redes de comunicación. Por otro, desplegaría y recuperaría el satélite astronómico SPARTAN-Halley, dedicado exclusivamente al estudio del célebre cometa Halley.
Además de todo eso, la misión representaba un hito para la navegación aeroespacial. A través del programa “Teacher in Space”, se incluiría por primera vez a un civil en una misión que viajara al especio exterior. Christa McAuliffe, una docente estadounidense de escuela secundaria, había sido seleccionada entre casi 12.000 aspirantes.
La dimensión de la tragedia del Challenger se adivina en cómo se transforman, en apenas más de un minuto, los rostros de los padres de Christa. La televisación del despegue aeroespacial los muestra primero entusiasmados, sonrientes, expectantes.

Apenas después, cuando todo empieza a cubrirse de un humo indescifrable, parecen no entender nada de lo que está pasando. Y enseguida esa confusión se convierte en un dolor insondable e imposible de pronosticar antes de que la cuenta regresiva llegara a cero.
Al menos, imposible de pronosticar para esos padres y para los demás familiares de los tripulantes. La NASA y los ingenieros que emitieron sus advertencias desesperados sí entendían lo que estaba pasando, aunque ocurriera demasiado rápido.
Cronología del caos
El despegue del transbordador fue exactamente a las 11:38 EST, es decir, la Hora Estándar del Este. En Buenos Aires eran las 13:38 y la acción ocurría en el Centro Espacial John Fitzgerald Kennedy, en Cabo Cañaveral, Florida. Las fallas empezaron antes de que se cumpliera un segundo tras el despegue.
Una cámara logró captar nueve ráfagas de humo de un color gris oscuro. Salía de una de las juntas inferiores del cohete acelerador sólido e indicaba que esa junta no estaba completamente sellada y que por ahí se fugaban gases calientes.
Por unos instantes, el combustible quemado -y el óxido de aluminio que produce- selló temporalmente la junta. Pero a los 37 segundos del despegue, el Challenger se enfrentó con corrientes de viento de una intensidad que nunca antes había enfrentado otra misión aeroespacial.

Esa resistencia hizo que se rompieran los sellos que el óxido había formado en las juntas de manera espontánea. A los 58 segundos, se divisó una primera llama contundente de fuego que se extendió a una velocidad dramática. El fuego agujereó un tanque externo de combustible en el que había hidrógeno líquido.
A los 73 segundos la estructura del transbordador falló de manera completa. El tanque externo colapsó y liberó una enorme bola de fuego que envolvió al Challenger, que en ese momento viajaba a Mach 1.92, la velocidad supersónica que equivale a 1,92 veces la del sonido.
Ese caos de derrames inflamables, fuego y escapes de gases peligrosos no provocó, en rigor, la explosión del Challenger. Pero sí dejó al transbordador lo suficientemente vulnerable como para que las fuerzas aerodinámicas que tuvo que afrontar en esas condiciones lo destrozaran por completo.
La cabina de tripulación, en la que viajaban siete personas, se separó del total de la nave. Hecha de aluminio reforzado, salió eyectada intacta y alcanzó los 20 kilómetros de altura. Justo después, empezó a recorrer la trayectoria hacia la muerte segura de todos sus tripulantes: una caída libre hacia el océano Atlántico.
Una pieza pequeña, una tragedia enorme
Alcanzó una pequeña pieza del Challenger para generar el efecto dominó que terminaría en su destrucción total. El transbordador requería unos anillos en forma de la letra O que se usaban para sellar las juntas del cohete acelerador. Esos anillos se hacían con caucho, un material que pierde elasticidad a medida que baja la temperatura.

El 28 de enero de 1986, la temperatura en Cabo Cañaveral era de apenas 1º C, mucho más baja que lo habitual. En efecto, esas condiciones ambientales conspiraron en contra de la elasticidad de los anillos, que se volvieron rígidos y ya no pudieron cumplir con un sellado total de las juntas.
No se trataba de un defecto desconocido para la industria aeroespacial. Nueve años antes de la tragedia, en 1977, tanto la NASA como la empresa Morton Thiokol, que proveía de piezas de caucho a la Administración Nacional de Aeronáutica y el Espacio de los Estados Unidos, sabían que el diseño de las juntas podía erosionar los anillos.
En 1982, esas juntas llegaron a ser clasificadas como de “Criticidad 1″. En concreto, eso implicaba que si las juntas fallaban podía perderse una nave entera. Pero aunque la NASA había detectado fallas parciales en las juntas y erosión en los anillos de caucho, adoptó lo que se llama “normalización de la desviación”: se consideró aceptable ese nivel de riesgo dado que, al menos hasta ese momento, no había ocurrido ninguna falla grave.
Advertencias que nadie escuchó
Además de todo lo que la NASA ya sabía sobre el peligro que suponía el uso de anillos de caucho en algunas juntas de sus naves aeroespaciales, incluso la noche anterior al despegue del Challenger hubo advertencias sobre el riesgo que implicaba esa misión.
El ingeniero mecánico Roger Boisjoly, estadounidense y especializado en aerodinámica y dinámica de fluidos, no dudó en protagonizar una conferencia televisiva en la que imploró que se pospusiera el despegue de la misión STS-51-L.

Aseguraba que las temperaturas de Cabo Cañaveral representaban un peligro extremo para el transbordador y sus tripulantes. Meses antes, había hecho pública una carta en la que sostenía que una falla en las juntas podía suponer “una catástrofe del más alto nivel”.
Allan McDonald, que en ese momento era director del programa de propulsión de Morton Thiokol, se negó rotundamente a poner su firma en la aprobación del lanzamiento del Challenger. Estaba convencido de que se trataba de un riesgo enorme por razones de seguridad.
La NASA no tardó en responder, y lo hizo con hostilidad. “¿Cuándo quieren que despeguemos, en abril?“, dijo públicamente Lawrence Mulloy, gerente de la agencia espacial, para responderle a quienes advertían sobre los riesgos de la misión, especialmente por ser temporada de bajas temperaturas.
Los ejecutivos de Morton Thiokol bajaron un mensaje contundente a su equipo técnico. Les dijeron que “se quitaran el casco de ingenieros y se pusieran el de gestión”. Aunque habían instado a sus especialistas a emitir todas las advertencias que fueran necesarias, cambiaron de posición para no perder el vínculo con la NASA, que era nada menos que su principal cliente.
Morir a 333 kilómetros por hora
Francis “Dick” Scobee era el comandante. Michael Smith era el piloto. Ronald McNair, Ellison Onizuka y Judith Resnik eran los astronautas especializados en los dos objetivos de la misión. Gregory Jarvis estaba especializado en la carga que llevaba el transbordador. Y Christa McAuliffe era la profesora seleccionada para dar clases nada menos que desde el espacio exterior.

Esos eran los siete tripulantes que entraron al Challenger hace cuatro décadas y murieron instantes después. De acuerdo a las pericias que pudieron hacerse, al menos cuatro de los siete tripulantes llegaron a activar sus sistemas de oxígeno de emergencia.
Mike Smith, el piloto, movió los interruptores eléctricos en su panel de control. Eso evidenció que había intentado de todas las maneras posibles recuperar la energía eléctrica durante los tres minutos en los que la cabina de tripulantes estuvo en caída libre.
La muerte de todos y cada uno de los siete integrantes de la misión no se produjo en el aire, por el voraz incendió que envolvió al transbordador. La cabina, que se había separado del resto de la nave, impactó contra la superficie del océano a 333 kilómetros por hora. Eso fue lo que mató a los siete tripulantes.
Muchos de sus familiares fueron testigos de la tragedia letal desde un palco de observación que se había montado en Cabo Cañaveral. Canales de televisión de todo el mundo mostraron la transformación de esas caras, la desolación total de esos hombres y mujeres que perdieron a uno de los suyos en medio de ese caos, ese pánico y esa negligencia completamente evitable.
Esos familiares y los millones de personas que miraban el lanzamiento en vivo por televisión vieron cómo el cielo se llenaba de estelas de humo que no eran las esperadas en cualquier despegue, y de un fuego que se multiplicaba en milésimas de segundos.
Entre quienes seguían por televisión el lanzamiento había cientos de miles de niños: las escuelas estadounidenses habían decidido que sus alumnos asistieran a ese despegue aeroespacial sobre la Costa Este del país. Durante meses, contarían los docentes después, esos chicos hablaron sobre “la bola de fuego” que de repente había invadido la pantalla. Esa imagen no se parecía en nada a lo que esperaban ver, y se volvió el centro de la conversación -y de los miedos- de esos niños.
Los cambios que desencadenó el Challenger
La tragedia del Challenger fue tan grave y tan evitable que desencadenó consecuencias contundentes en la navegación aeroespacial. Por casi tres años -32 meses, exactamente- no hubo vuelos espaciales.
El entonces presidente Ronald Reagan creó la Comisión Presidencial sobre el Accidente del Transbordador Espacial Challenger para que se investigara el caso. Uno de los integrantes era Neil Armstrong, el primer hombre en pisar la luna. En efecto, la comisión determinó que la falla técnica se había producido por la presencia de los llamados “anillos O” en las juntas. Pero además, señaló fallas graves en la seguridad y la comunicación de la NASA.

Para demostrar el impacto de la temperatura en las juntas, Richard Feynman, uno de los integrantes de la comisión que sería Premio Nobel de Física, fue a la televisión a mostrar un experimento. Sumergió una junta en agua con hielo y así pudo evidenciar la pérdida de elasticidad del caucho.
Tras el desastre del transbordador, se sumaron calentadores a las juntas para contrarrestar el posible efecto de las bajas temperaturas en los anillos O. En ese momento Reagan prohibió que los transbordadores trasladaran satélites comerciales: sólo podía trasladarse equipamiento científico y militar, lo que aliviaba la presión en el calendario de actividad aeroespacial.
Además, la NASA implementó programas para que los ingenieros pudieran expresar sus disidencias técnicas sin temer represalias. Fueron cambios impulsados por esos 73 segundos de caos, tragedia y negligencia que paralizaron al mundo entero.
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