El extraño pueblo de EEUU en el que se vive sin luz, agua, ni impuestos y donde la basura se convierte en arte

Slab City queda en pleno desierto de Sonora, California. Allí, se reúnen personas que buscan alejarse del capitalismo. La consigna de los habitantes es “vivir y dejar vivir”

Slab City, Los Ángeles California
Slab City es un pueblo creado dentro de una base del Ejército de Estados Unidos
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El calor no da tregua en el desierto de Sonora, California. Bajo un toldo improvisado, un hombre de barba blanca y ojos azules —al que todos llaman Wizard— fuma su pipa con paciencia. Custodia la entrada a East Jesus, en Slab City, un museo al aire libre donde los desechos del mundo se convierten en arte y las reglas, en superstición.

Slab City no aparece en los mapas turísticos. Tampoco en los censos. Se extiende sobre las losas de hormigón que dejó Camp Dunlap, una base militar desmantelada en 1956, a unos 320 kilómetros de Los Ángeles. Aquí, el asfalto termina y todo es arena. Un lugar sin electricidad, sin agua corriente, sin impuestos ni leyes, donde la única consigna es simple y brutal: “vive y deja vivir”.

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En el museo que custodia Wizard, y los visitantes caminan entre esculturas hechas de neumáticos, barcos piratas de madera y piezas de chatarra que desafían el sentido común. East Jesus es caos con propósito. Un oasis de creatividad levantado sobre basura, donde cada objeto tiene una segunda vida y cada regla escrita se transforma en polvo.

Slab City, Los Ángeles California
Una de las obras de arte que se pueden encontrar en Slab City

El pueblo de la libertad

En la entrada, un cartel reza: “Bienvenidos a Slab City. El último lugar libre de América”. Basta con encontrar un pedazo de tierra sin reclamar, estacionar la casa rodante o armar un refugio con madera y lona. No hay títulos de propiedad, ni contratos, ni promesas. El territorio es del que se atreve a quedarse.

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La vida en Slab City es un ejercicio de resistencia. El termómetro puede trepar hasta los 50° centígrados en verano. Cuando eso sucede, la mayoría de los visitantes recogen sus cosas y parten. Solo quedan unos 150 habitantes permanentes para enfrentar el desierto, el silencio y la oscuridad. “Lo más seguro es quedarse quieto”, advierte una mujer de cabello desordenado, que antes era ejecutiva de marketing en Seattle y hoy rebusca ropa entre bolsas olvidadas.

El agua no fluye de ninguna canilla. Hay que cargarla en tanques, traerla de canales cercanos o confiar en la generosidad comunitaria. La ducha pública —alimentada por un manantial termal— es el único lujo compartido. Para la electricidad, cada cual inventa su propio sistema. Hay desde paneles solares, baterías recicladas y generadores. Los que no pueden, buscan a Solar Mike, un veterano del lugar que instala sistemas solares desde los años ochenta.

Slab City, Los Ángeles California
El espacio en el que se dan los recitales y reuniones en Slab City

Drogas y alcohol en Slab City

La droga más común es el cristal, el alcohol nunca falta y, aunque la policía de Niland —el pueblo más cercano— patrulla de vez en cuando, la verdadera justicia aquí es social. El robo se paga con el exilio moral y el desprecio de los vecinos. “No te metas en los asuntos de los demás, a menos que te roben”, resume George Sisson, anfitrión de un Airbnb local y uno de los pocos con espíritu empresarial.

Por las noches, la oscuridad se adueña del campamento. La única luz viene de fogatas, linternas y sistemas solares improvisados. Para combatir el aburrimiento, la comunidad inventó sus propias diversiones: conciertos en The Range —el centro vital de Slab City—, fiestas de año nuevo que duran una semana, raves clandestinas y funciones de cine en pantallas improvisadas.

Slab City es también un santuario para el arte outsider. La joya indiscutible es Salvation Mountain, una colina artificial multicolor, cubierta de mensajes bíblicos y coronada por una cruz. Fue la obra de toda una vida de Leonard Knight, un migrante de Vermont que llegó en los años ochenta con un globo aerostático y se quedó para siempre cuando el aparato se negó a volar. “Ama a Jesús y mantén las cosas simples”, repetía Leonard, pincel en mano, mientras gastaba miles de litros de pintura donada. Knight murió en 2014, pero su montaña sigue recibiendo peregrinos, curiosos y artistas.

Charlie Russell llegó aquí tras un diagnóstico de cáncer, abandonó su vida de ingeniero y fundó un parque temático del absurdo: autos tuneados, cúpulas geodésicas, esculturas de metal y madera.

Slab City, Los Ángeles California
Las calles improvisadas de Slity están cargadas de obras de arte

La población de Slab City

En Slab City conviven jubilados, viajeros, hippies, artistas, personas con trastornos mentales, antiguos ejecutivos y desertores del capitalismo. Algunos llegaron por convicción, otros por necesidad o porque sus ahorros sólo alcanzan para un vehículo y un poco de comida compartida. La consigna es sobrevivir —y, si es posible, encontrar belleza en lo que otros llaman desecho.

En Slab City, los residuos se convierten en esculturas, los espacios se cuidan, la seguridad depende de la amabilidad y el respeto mutuo. Cada quien vive su mundo, y mientras no moleste al vecino, el sistema funciona.

Las fiestas en The Range, los encuentros en la librería o los bares improvisados son espacios de convivencia donde la música, el teatro y la poesía se mezclan con la arena del desierto.

En invierno, la población supera los 4.000 habitantes. Caravanas, casas rodantes y tiendas de campaña se alinean sobre el cemento, formando calles informales que desaparecen cuando llega el calor. Nadie paga renta, nadie reclama impuestos. El terreno pertenece nominalmente al estado de California, pero ni el gobierno ni la policía parecen interesados en imponer un orden convencional.

Slab City, Los Ángeles California
Algunas de las casas que se construyeron en Slab City

Amenaza de desalojo

El futuro de Slab City, sin embargo, es incierto. La amenaza de desalojo flota como un fantasma sobre los residentes. Para muchos, la desaparición de este enclave sería el fin del “último lugar libre de Estados Unidos”. La resistencia, por ahora, es silenciosa: un acto cotidiano de permanecer y cuidar lo que otros consideran tierra de nadie.

Slab City también es refugio para quienes buscan desaparecer. Aquí llegan personas que huyen de deudas, relaciones rotas, persecuciones judiciales o, simplemente, de sí mismos. El anonimato es fácil: basta con no contar tu historia. Nadie pregunta, nadie juzga. La única regla es sobrevivir y, si puedes, ayudar al prójimo. La comida escasea, pero la poca que hay se comparte.

A pesar de la precariedad, la vida en Slab City tiene rituales propios. Cada día comienza o termina en el pozo termal, donde el agua caliente reúne a los habitantes para bañarse y conversar.

Slab City llega a las pantallas

Slab City es también escenario de leyendas. Ha aparecido en videojuegos, videoclips musicales y en la película Into the Wild de Sean Penn. Su mito crece en la medida en que el resto de Estados Unidos se vuelve más reglamentado y más vigilado.

Slab City, Los Ángeles California
Durante el verano, por las temperaturas extremas, muchos habitantes migran hacia otros sitios

Un paseo por las calles polvorientas revela casas pintadas de colores imposibles, vehículos mutantes que parecen salidos de Mad Max, y mensajes religiosos que compiten con grafitis anarquistas. En cada esquina, una historia: un jubilado que estira su pensión, una pareja de artistas que recicla metal y vidrio, un motociclista que busca el anonimato. El desierto lo iguala todo.

Las historias circulan en forma oral y se convierten en leyenda. La mujer que llegó con una valija y terminó dirigiendo The Range, el hombre que sobrevivió tres veranos solo con agua y latas de frijoles, el artista que restauró la escultura más grande a cambio de un poco de nafta.

En la zona más apartada, East Jesus florece como un experimento radical. Las reglas de la ciudad —si es que existen— se escriben con spray sobre puertas desvencijadas: “No tires basura”; “Respeta el arte”; “Todo lo que traigas, llévatelo cuando te vayas”. Cada visitante es bienvenido si respeta el espacio, pero la memoria colectiva no perdona a los irrespetuosos. El arte se recicla, se destruye y se renueva cada temporada, en una mutación constante que desafía la idea de propiedad.

Slab City, Los Ángeles California
Algunos autos intervenidos en Slab City

El escenario de Slab City

La música es otro de los lenguajes de Slab City. Cada sábado, The Range se transforma en un anfiteatro improvisado. Sobre un escenario de madera, músicos se turnan para tocar guitarras, tambores, armónicas. El público es diverso: residentes, turistas, mochileros, curiosos y algún que otro fugitivo. El alcohol circula en botellas compartidas y las risas se mezclan con el sonido de los coyotes.

En los días de mayor calor, el campamento parece un pueblo fantasma. Solo los más resistentes —o los que no tienen adónde ir— permanecen.

Los hospitales más cercanos están en Brawley o El Centro, a más de 60 kilómetros. Los que enferman deben confiar en la solidaridad ajena o en la propia fortaleza.

La librería, regentada por Cornelius, un exprofesor de literatura, es uno de los pocos refugios del mediodía. Entre estantes improvisados, los libros se amontonan junto a cartas, fotografías y algún poema escrito a mano. Un cartel pintado a mano advierte: “No hay wifi, hablen entre ustedes”.

Afuera, el desierto todo lo cubre en Slab City. El polvo entra por cada rendija, se pega a la piel, se cuela en la comida. Pero también deja espacio para la imaginación.

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