
“Este mensaje va dirigido a vos, mi querido George (o John, o Tom, los nombres eran intercambiables). ¿Podés decirme por qué peleás? Allá lejos, del otro lado del mar, está tu novia. ¿No temés que se aburra de tu ausencia? ¿No la extrañás? Abandoná las armas y regresá a tu casita blanca de California, recordá las amorosas caricias de tu madre”, solía decir la voz femenina que les llegaba por las noches en las transmisiones de Radio Tokio a los soldados estadounidenses que combatían en el Pacífico durante la Segunda Guerra Mundial. El programa se llamaba Hora Cero y entre mensaje y mensaje, podían disfrutar de temas de moda de Bing Crosby, Benny Goodman, Tommy Dorsey y otros músicos de moda. Al final, siempre, la voz preguntaba: “¿Recuerdan esta música?” para potenciar la nostalgia del lejano hogar.
Aunque su rostro, que los soldados no podían ver pero sí imaginar, tenía unos inconfundibles ojos japoneses, la dueña de esa voz era una nativa estadounidense que se presentaba como “la huérfana Ann”. Los que la escuchaban en el frente de batalla la habían bautizado como la Rosa de Tokio. Por aquellas transmisiones de propaganda, después de la guerra esa mujer llamada Iva Ikuko Toguri D´Aquino estuvo detenida y juzgada de traición “por adherirse y dar ayuda y consuelo al Gobierno Imperial de Japón durante la Segunda Guerra Mundial” a pesar de que las pruebas contra ella eran endebles.
Atrapada en Japón
Cuando Iva Ikuko Toguri D’Aquino fue juzgada, nadie tuvo en cuenta que estaba atrapada en Japón y que lo había hecho para sobrevivir. Nacida en Los Ángeles el Día de la Independencia de 1916 e hija de inmigrantes japoneses, hasta que quedó varada en la tierra de sus ancestros era una típica chica norteamericana. Criada como metodista, fue girl scout, asistió a la escuela en San Diego y regresó a Los Ángeles para estudiar Zoología en la Universidad de California, donde se graduó en 1940. Le interesaba la política y ese mismo año se registró para votar por el Partido Republicano.

Tenía pensado continuar con su carrera como docente universitaria, pero un hecho inesperado la llevó a Japón, un país cuyo idioma desconocía por completo. La llamaron para cuidar a un familiar enfermo. Viajó desde Los Ángeles a Tokio el 5 de julio de 1941, de urgencia. Todo fue tan rápido que no alcanzó a sacar el pasaporte y el Departamento de Estado le dio un certificado provisorio de identidad para que pudiera salir del país. En agosto inició el trámite por el pasaporte ante el vicecónsul estadounidense en Japón y el trámite marchaba sobre rieles hasta el ataque japonés contra Pearl Harbor el 7 de diciembre de 1941. Con la guerra contra el imperio nipón declarada, el Departamento de Estado se negó a certificar su ciudadanía. Así, la joven quedó varada en Japón.
Allí se casó con un japonés-portugués Felipe D’Aquino – cuyo apellido adoptó el resto de su vida -, mientras recibía noticias nada alentadoras desde su casa. Por entonces, temiendo una invasión japonesa, el gobierno norteamericano recluyó a cientos de miles de inmigrantes e hijos de inmigrantes japoneses en campos de concentración, retirándoles sus derechos. Los padres y hermanos de Iva fueron trasladados a Arizona. En el viaje su madre murió de diabetes.
La Rosa de Tokio
En el país de sus ancestros también corrió el riesgo de convertirse en una paria. El gobierno la presionó para que renunciara a su ciudadanía estadounidense y ella se negó. Fue considerada “enemiga extranjera” y se le impidió tener una tarjeta de racionamiento. Para sobrevivir encontró trabajo como mecanógrafa en una agencia de noticias y de allí pasó a Radio Tokio.
A comienzos del año 1943, muchos prisioneros de guerra ingleses, estadounidenses y australianos fueron obligados a transmitir propaganda favorable a Japón por Radio Tokio. La asignaron a un programa en especial, Hora Cero, transmitido a medianoche y destinado a minar la moral de las tropas enemigas. Los conductores del ciclo eran el comandante australiano Charles Cousens, capturado en la batalla de Singapur; el capitán norteamericano Wallace Ince y el teniente filipino Norman Reyes. Habían sido reclutados bajo amenaza de policía militar nipona, la Kepeitai.

Al principio D’Aquino quiso negarse, pero Cousens la convenció con el argumento que nunca la obligaría a hablar específicamente contra los Estados Unidos. “Ana la huérfana” participó de unos 350 programas. A sus oyentes los llamaba “mis compañeros huérfanos” y usaba jerga estadounidense y frases con doble sentido que pasaban inadvertidas para los censores japoneses. Nunca estuvo al aire más de 20 minutos, ganaba 150 yenes al mes y casi todo su salario lo destinaba a alimentar a los prisioneros de guerra, contrabandeando alimentos.
Según un informe elaborado por el FBI una vez terminada la guerra, la labor de D’Aquino al servicio de los japoneses fue inofensiva. “En cuanto a su valor propagandístico, el análisis del Ejército sugirió que el programa no tuvo ningún efecto negativo en la moral de las tropas, e incluso podría haberla elevado ligeramente. La única preocupación del Ejército con respecto a las transmisiones era que ‘Annie’ parecía tener buena información sobre los movimientos de barcos y tropas estadounidenses”, se puede leer allí. El programa estuvo en el aire hasta principios de agosto de 1945.
Detenida por traición
En septiembre de ese año, un mes después de la rendición de Japón, el Ejército estadounidense la arrestó y el FBI y el Cuerpo de Contrainteligencia del Ejército realizaron una exhaustiva investigación para determinar si D’Aquino había cometido delitos contra Estados Unidos. En octubre del año siguiente, las autoridades decidieron que las pruebas obtenidas hacían innecesario procesarla. A pesar de esa falta de mérito, cuando en diciembre D’Aquino volvió a solicitar un pasaporte estadounidense, un grupo de veteranos y el reconocido locutor Walter Winchell iniciaron una campaña en su contra. No solo exigían que se le negara el pasaporte, sino que solicitaban fuera juzgada nuevamente como traidora.
La campaña tuvo un alto impacto en la opinión, lo que impulsó al Departamento de Justicia a reexaminar el caso. Los abogados del gobierno le pidieron al FBI que entregara todos los registros de la investigación a la que había sido sometida D’Aquino, que abarcaba un período de cinco años e incluía decenas de testimonios, documentos japoneses y las grabaciones del programa Hora Cero. Además, el Departamento de Justicia redobló sus esfuerzos para obtener pruebas adicionales que pudieran ser suficientes para condenar a D’Aquino. Para lograrlo, emitió un comunicado de prensa instando a todos los soldados y marineros estadounidenses que hubieran escuchado las emisiones de propaganda de Radio Tokio y que pudieran identificar la voz de la locutors a que se pusieran en contacto con el FBI. También envió a uno de sus abogados y al reportero Harry Brundidge a Japón para buscar otros testigos. Había que encontrarla culpable de cualquier modo y para eso se apeló a un último recurso: el periodista Brundidge convenció a un antiguo contacto suyo en Tokio para que cometiera perjurio y señalara a D’Aquino como traidora.

Con estos nuevos testigos, incluido el falso, la Fiscalía Federal de San Francisco convocó a un gran jurado que la acusó del “delito de traición por adherirse y brindar ayuda y consuelo al Gobierno Imperial de Japón durante la Segunda Guerra Mundial”. Fue detenida en Japón y llevada bajo escolta militar a Estados Unidos el 25 de septiembre de 1948.
El juicio y el indulto
El juicio contra La Rosa de Tokio comenzó el 5 de julio de 1949 y se prolongó durante más de cuatro meses, hasta que el 29 de septiembre de ese año, el jurado la consideró culpable de traición. En su dictamen, los jurados señalaron: “Un día de octubre de 1944, cuya fecha exacta desconocen los miembros del gran jurado, dicha acusada, en Tokio, Japón, en un estudio de radiodifusión de la Broadcasting Corporation of Japan, habló por un micrófono sobre la pérdida de barcos”. Un fundamento ridículo que se basaba, precisamente, en una declaración del falso testigo preparado por el periodista Brundidge. El hombre aseguró haberle escuchado decir en una de las transmisiones: “Huérfanos del Pacífico, ahora son realmente huérfanos. ¿Cómo volverán a casa ahora que sus barcos están hundidos?”. La grabación de esa supuesta frase no fue presentada como prueba, simplemente porque no existía.
El 6 de octubre, Iva Ikuko Toguri D´Aquino fue condenada a diez años de prisión y a una multa de 10.000 dólares por el delito de traición. Eso la convirtió en la séptima persona condenada por traición en la historia de los Estados Unidos. Cumplió seis años y dos meses de la pena en el Reformatorio Federal Para Mujeres de Alderson, en Virginia Occidental, y fue liberada por buena conducta el 28 de enero de 1956. Sin embargo, su calvario no terminó allí: durante los años siguientes debió luchar en los tribunales contra los intentos del gobierno por deportarla a Japón. Por sus antecedentes, nadie quiso darle trabajo y debió radicarse en Chicago para ayudar en el negocio de su padre y así poder ganarse la vida.

En un acto de justicia tardía, el 19 de enero de 1977 D’Aquino fue indultada por el presidente Gerald Ford. Al dar a conocer la decisión del mandatario, la Casa Blanca no dio a conocer los fundamentos en los que se basaba. De haberlo hecho, habría puesto al desnudo las maniobras perpetradas por el gobierno estadounidense para condenarla sin pruebas fehacientes. El periodista Brundidge, autor de la maniobra con la que se justificó su condena, nunca fue procesado por instigación al perjurio.
Iva Toguri D’Aquino murió en Chicago el 26 de septiembre de 2006, a los 90 años, con su voz convertida en un fantasma. En no pocas películas sobre la guerra en el Pacífico hay escenas donde los soldados aliados escuchan los mensajes y la música que transmitía en Hora Cero, pero no se trata de su verdadera voz. Casi todas las grabaciones del programa fueron destruidas en 1946 en uno de los tantos intentos que se hicieron para borrar todo vestigio de la existencia de La Rosa de Tokio.
Últimas Noticias
El ambicioso intento de robo simultáneo a dos bancos reveló cómo una leyenda criminal pudo caer por un detalle: un vecino
La Banda de los Dalton se preparaba para uno de los atracos más increíbles de la historia, pero un detalle transformó el panorama criminal y desmoronó el plan de uno de los grupos más temidos

El orgullo de Ernesto, el abuelo de 87 que transmitió el oficio pizzero a su nieto en un sitio histórico de Rosario
Tradición, resiliencia y recuerdos familiares se funden en cada jornada temprana. El sabor atraviesa el tiempo mientras la ciudad crece y se transforma

La vida de una célebre bailarina del siglo XX: llevó el ballet al mundo, adoptó 15 niñas y prefirió morir antes que dejar de bailar
La rusa Anna Pavlova superó la fragilidad y las barreras de su tiempo, transformó el ballet en un lenguaje universal y lo llevó más allá de los teatros, acercándolo a públicos diversos en todo el mundo. Visitaba la Argentina con frecuencia. Había nacido el 12 de febrero de 1881

Maurice Papon, el lobo francés con piel de cordero que ocultó su pasado nazi y fue condecorado por la dictadura militar argentina
Durante la Segunda Guerra Mundial fue el responsable de traslados de judíos a los campos de concentración. Luego, participó del gobierno de Charles de Gaulle y ordenó la represión de una protesta de argelinos en 1961 que derivó en una masacre. Tras décadas, se descubrió su colaboración con el Tercer Reich

“Subiré con fuego al paraíso”: el día que la Inquisición mató en la hoguera a Giordano Bruno por la herejía de pensar diferente
La mañana del 17 de febrero de 1600, el filósofo y teólogo italiano fue atado a un poste y quemado vivo en el Campo di Fiori de Roma después de estar siete años encerrado en las mazmorras de la Inquisición




