“Tengo algo groso en la mira”: la génesis del Robo del Siglo y la intimidad del golpe que terminó delatado por celos enfermizos

La reconstrucción total del asalto al Banco Río de Acassuso contada desde el inicio de la historia hasta su curioso desenlace: cómo se gestó la idea del asalto, la banda, los detalles del plan, la fuga en gomón y el inesperado final. Un suceso que atrapó la atención ciudadana y hoy cumple veinte años

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Agentes policiales frente a la
Agentes policiales frente a la sucursal del Banco Río de Acassuso. La banda del Robo del Siglo, liderada por Fernando Araujo y Rubén "Beto" de la Torre, planificó el histórico asalto durante dieciocho meses

Todo comenzó a mediados de 2005, en un bar de Olivos, cuando Fernando Araujo, vecino extravagante de San Isidro, artista plástico, profesor de karate y jiu-jiutsi y experto cultivador de marihuana, de un cerebro prodigioso y el ideólogo del golpe, se reunió con Rubén Alberto “Beto” de la Torre, que era su antítesis. Sencillo, pero con mucho conurbano sobre el lomo, con chapa de “muy pesado”, ya que venía de integrar nada más y nada menos que la Superbanda que lideraba Luis “El Gordo” Valor, aquella que en los años 80 y 90 asaltó 23 bancos, 18 camiones blindados y fábricas con ametralladoras, fusiles FAL y escopetas Ithaca, junto a Oscar Hugo “La Garza” Sosa, también conocido como Cacho o El Flaco, otro pez gordo y capo de la delincuencia temido de la época.

Beto, simpático por naturaleza, entrador como pocos e inteligente, usaba de forma permanente su carta de presentación que nunca fallaba por el impacto que causaba en sus interlocutores: “soy descendiente de Lisandro de la Torre”, le dijo aquel día a Fernando Araujo, para de alguna manera bajar un poco el ego de quien luego sería su futuro socio, que iba en aumento.

Y además demostrarle con quién estaba hablando, haciéndole saber de manera indirecta que con quien conversaba era más pesado que él, ya que había sido amigo, compadre y compinche del fundador de aquella Superbanda, Pedro Pablo Ruiz, conocido en el ambiente criminal como “Tato”, el jefe de la organización hasta que cayó en medio de una redada policial a fines del 91 y el liderazgo recayó en el mencionado Gordo Valor.

-Tengo algo groso en la mira, lanzó Araujo en medio de la continuidad del diálogo.

-¿Qué?, preguntó Beto sin mover un músculo para no parecer demasiado interesado ante su colega hasta ahí desconocido.

-Un “banquito” de San Isidro donde mucha gente rica de la Segunda Guerra Mundial tiene toda la tela ahí, en las “cajitas” de seguridad.

Fue el clic que faltaba para entusiasmar a de la Torre, quien pese a las ansias que le generó la idea, pensó que podía exagerar un poco y apenas si levantó las cejas. Pero siguieron charlando de manera más animada y avanzando hasta que acordaron seguir adelante.

A la historia se sumaron Sebastián García Bolster, conocido como “El Ingeniero” o “El Marciano”, clave para abrir las 146 cajas de seguridad del banco. Mario Vitette Sellanes, “el uruguayo”, quien durante el asalto se presentó ante la policía como “Walter” y actuó como negociador. José Zalloecheverría, alias “El Paisa”, chofer de la combi Volkswagen utilizada para la fuga que tenía un agujero en el piso y estaba detenida tapando una alcantarilla por la que pudieron acceder al interior de la furgoneta Volkswagen para concretar la fuga. El Paisa fue el que los esperó al volante en Dardo Rocha y Tres Sargentos, después de que el resto de la banda recorriera por las alcantarillas catorce cuadras por debajo de la tierra. También participaron otros dos integrantes que permanecieron prófugos: El Chulo y Pedro, también identificados como El Ladrón Fantasma (porque nunca fue encontrado) y El Nene o Bebé.

El mensaje que dejó la
El mensaje que dejó la banda del robo del Banco Rio de Acassusso. Los investigadores descubrieron a las tres de la mañana del día siguiente el boquete por donde los ladrones habían escapado

Un año y medio bajo tierra

El plan fue meticuloso. Primero, Araujo consiguió los planos. Después compraron herramientas. Detectaron el túnel para entrar por debajo de la tierra a la sucursal del Banco Río ubicada en avenida Libertador y Perú, en Acassuso, verificando que el desagüe pasara por debajo del inmueble. Arrancaron desde Perú Beach, aproximadamente a un kilómetro y medio de allí, una zona con guardería de lanchas, playa pública y estacionamiento. Allí simularían mirar el río mientras bajaban un grupo electrógeno desarmado, una amoladora y el resto del equipamiento. Así trabajaron durante un año y medio.

Llegado el momento, tuvieron que decidir: entrar un fin de semana de escruche –ingresar a una vivienda o local forzando cerraduras o puertas sin violencia aparente para sustraer objetos de valor en ausencia de sus ocupantes- o hacerlo por la puerta del banco, simulando una toma de rehenes. Eligieron esta última opción porque no tenían un experto en alarmas. Además, usaron armas de juguete para reducir las penas en caso de ser detenidos.

El golpe al Banco Río
El golpe al Banco Río de Acassuso sorprendió por el uso de armas de juguete, la toma de rehenes y una huida subterránea inédita en el delito argentino

El día del asalto

Decidieron que el día del golpe sería el viernes 13 de enero de 2006. Beto fue el primero en ingresar al banco el día del asalto. Lo hizo disfrazado de médico: guardapolvo blanco impecable, estetoscopio colgado al cuello y una peluca que completaba la escena. Tomaron rehenes, luego fueron liberando a alguno, pidieron pizza por delivery, y se escaparon de la sucursal alrededor de las 15.30. La policía recién ingresó a las 19. Y a las tres de la mañana del día siguiente descubrieron el boquete por donde los ladrones habían escapado hacia el río, navegando en un gomón inflable.

Durante horas la banda logró desconcertar a todos: fiscales, funcionarios judiciales, policías y al propio negociador, Miguel Sileo, francotirador del Grupo de Operaciones Especiales de la Policía Bonaerense. Mientras los efectivos rodeaban la zona y ocupaban los techos vecinos, el banco ya estaba vacío.

La policía bonaerense estaba desconcertada porque creyó estar todo el tiempo frente a un secuestro extorsivo en tiempo real. Francotiradores apostados en los techos, negociadores al teléfono, móviles cortando las calles de Acassuso y cámaras de televisión transmitiendo en vivo. Nadie imaginaba que, mientras el operativo se prolongaba y el país entero seguía la escena, el banco ya estaba vacío. Los ladrones se habían ido hacía rato. No por la puerta, no por los techos, sino por debajo de la tierra, rumbo al río, y de allí a la libertad, en un gomón inflable. Así nació el mito de El Robo del Siglo.

El monto robado impactó incluso a los investigadores más experimentados. Se estimó entre 30 y 35 millones de dólares: la mitad en efectivo, el resto en joyas y documentos de propiedades que luego fueron cedidas a un testaferro. La espectacularidad del asalto recorrió el mundo. Medios internacionales destacaron la audacia, la puesta en escena, el engaño a la policía y la huida subterránea. Con el tiempo, el caso se convirtió en libro y luego en película. No solo por la magnitud del botín ni por la precisión quirúrgica del plan, trabajado durante dieciocho meses, sino por su desenlace: la inexplicable caída de la banda por una traición íntima, doméstica, impulsada por los celos y el miedo.

La traición interna de Alicia
La traición interna de Alicia Di Tullio, pareja de Beto de la Torre, desencadenó la captura y caída de los miembros de la banda tras el asalto

La impensada caída

Todo se complicaría nada menos que por celos, algo impensado entre ladrones profesionales de semejante calibre, pero sucedió. La noche del 14 de enero de 2006, apenas un día después del asalto que conmocionó al país, Beto de la Torre llegó a su casa cargando bolsas que contenían alrededor de un millón de dólares, parte del botín que la banda había comenzado a repartirse. No sintió alegría. Tampoco alivio. Sintió temor. “Estoy frito”, pensó apenas cruzó la puerta. ¿Por qué?

Su mujer, Alicia Di Tullio, estaba sentada frente al televisor. Miraba obsesivamente la cobertura del robo, los móviles en vivo, los análisis de los periodistas, las imágenes de la sucursal rodeada por policías. Iba y venía teléfono en mano. Llamaba a conocidos. Repetía una frase que a Beto le heló la sangre: comentaba casi graciosamente que su marido había estado adentro del banco.

Alicia no era una desconocida en el mundo del delito. Era hermana de Margarita Di Tullio, célebre en el mundo del hampa como Pepita la Pistolera, personaje reconocido y marginal de Mar del Plata por sus cabarets, y luego por ser vinculada al asesinato del reportero gráfico José Luis Cabezas ocurrido en una cava de Pinamar el 25 de enero de 1997, aunque luego se comprobó que no tuvo nada que ver con dicho crimen.

Con Beto había convivido doce años y tenido un hijo, Gastón, que hoy tiene 32. Pero la relación estaba atravesada por la desconfianza, los reproches y una paranoia que se intensificó después del golpe. “Ahí supe que iba a caer preso. Que la felicidad me iba a durar poco”, confesó Beto en septiembre de 2014.

Fernando Araujo, el líder e
Fernando Araujo, el líder e ideólogo del robo, fue condenado a catroce años de prisión, aunque su sentencia se redujo a nueve años y en prisión efectiva cumplió solo un año y medio

La traición

Alicia Di Tullio llamó a la fiscalía convencida de que Beto iba a escapar con el botín y con una supuesta amante. Los celos la desbordaron. La sospecha se transformó en certeza y la certeza en delación. “Nada que ver —explicó Beto—. Se armó una historia en su cabeza. Yo pensaba disfrutar de lo robado con mi familia. No tenía otra mujer”.

La situación empeoró cuando Beto llegó a la casa con varios kilos de joyas. Alicia enloqueció. Cubrió con oro casi todo el cuerpo de su hijo y quiso sacarle fotos. La escena, grotesca y desbordada, sintetizaba el clima que se había instalado después del golpe.

Según el propio Beto, Alicia primero le sustrajo 300.000 dólares y se los entregó a su hija Pamela. Luego, tras delatarlo, ingresó al programa de testigos protegidos y cobró otros 200.000 dólares como recompensa. “Hasta ahí era el robo perfecto —reflexiónó de la Torre—. Pero me traicionó por dinero”.

Durante el mes y medio posterior al asalto, la convivencia se volvió insoportable. Alicia lo hostigaba, le gritaba, armaba escándalos. Quería gastar el dinero de inmediato. Beto pedía tiempo. Al menos un año para empezar a mover la plata sin levantar sospechas. “Vos me vas a cagar, me vas a engañar”, le repetía ella, fuera de sí.

Y lo que Beto sospechaba, finalmente sucedió, él fue el primero en caer preso el 17 de febrero de 2006 mientras conducía una Hyundai Galloper comprada con dinero del robo. Obviamente la detención fue posible gracias a la denuncia directa de su propia mujer. Y terminó sentenciado por el atraco a doce años y medio de prisión.

Hoy se estrena en Netflix el documental de un robo millonario cuyo botín todavía no se sabe donde está

Tras la detención de Beto, el resto cayó uno a uno: Vitette Sellanes había regresado a Uruguay, pero los investigadores rastrearon los llamados del celular de Beto y detectaron numerosos contactos con él. Como debía presentarse periódicamente ante el Patronato de Liberados por otra causa, viajaba seguido a la Argentina. En uno de esos viajes ingresó con documentos falsos, fue identificado por la Policía Aeronáutica en Aeroparque y terminó tras las rejas. Luego enfrentó una sentencia de 21 años y seis meses y fue expulsado a Uruguay en agosto de 2013 tras cumplir la mitad de la pena.

A García Bolster le allanaron la casa en su ausencia y encontraron miles de dólares. Lo detuvieron en Villa Gesell, donde veraneaba con su familia. Recibió una pena de siete años.

De Zalloecheverría, Alicia Di Tullio había aportado la dirección. Tenía antecedentes penales. En su vivienda encontraron joyas, relojes y unos 15.000 dólares. Fue condenado a ocho años.

El último en caer fue El Facha Araujo. Gendarmes lo encontraron en Chile, en la zona de Bauchaceta, acampando. Alegó, fiel a su estilo despojado, estar en un retiro espiritual y terminó esposado y trasladado a una dependencia policial. Fue sentenciado a nueve años y seis meses.

Beto de la Torre con el tiempo incursionó en la actuación, y no solo interpretó a un gendarme corrupto en dos capítulos de Un gallo para Esculapio, junto a figuras como Peter Lanzani, Julieta Ortega, Luis Brandoni y Luis Luque. También en El robo del siglo, la película protagonizada por Guillermo Francella, Rafael Ferro encarnó su personaje. Y el propio Beto, vaya paradoja que dejó esta historia criminal, actuó en una escena como policía, nada más y nada menos.

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