
Marion Stokes estaba en su casa cuando vio en la televisión que un canal de noticias informaba sobre el asalto a la embajada de Estados Unidos en Teherán, la capital de Irán. Los periodistas hablaban con efusividad que cuatrocientos estudiantes y militantes islámicos se habían apropiado del edificio. Enarbolaban carteles que decían “Jomeini lucha, Carter tiembla” y gritaban “¡Muerte a Estados Unidos!”. Respondían al ayatolá Ruhollah Jomeini, líder espiritual de la revolución islámica, y exigían que las autoridades norteamericanas extraditaran al ex sha de Irán, Mohammed Rezah Pahlevi, derrocado, enfermo y exiliado en Estados Unidos. Querían juzgarlo por sus “crímenes al pueblo iraní”.
Marion Stokes, como el grueso de la población global, estaba estupefacta. Los integrantes del movimiento islamista tomaron de rehenes a sesenta trabajadores. Liberaron a ocho por razones humanitarias. Pero el resto, los cincuenta y dos diplomáticos y administrativos, quedaron cautivos. Los secuestradores ataron las manos y vendaron los ojos de los rehenes. La ocupación fue televisada en vivo. Las imágenes proliferaron por el mundo. Marion siguió con atención los hechos y parió una epifanía: grabar. Ese mañana del 4 de noviembre de 1979 puso una cinta en la grabadora y apretó “rec”. Temía que la información, la cobertura mediática, las mentiras, las rectificaciones, las manipulaciones de los medios se diluyeran en el espiral del olvido. Grabó para recordar.
Y, desde entonces, nunca dejó de grabar.

Había llegado a ese umbral de vida con cincuenta años y una visión crítica del ecosistema informativo. Había sido bibliotecaria. Lo que los autores escribían, perduraba. Quedaba ahí perpetuo y guardado, a disposición. Eran palabras consolidadas, durables: bibliografía que no perecía, no se borraba, no se reutilizaba. Los cassettes que las cadenas de televisión usaban se reciclaban. Lo que salía en vivo desaparecía al instante. Y Marion por convicción, por ideología, por obsesión, por paranoia, por su propio trabajo, por su propia visión, entendió que era un sacrilegio y una injusticia. “Tenemos que grabar esto, nadie más lo va a conservar”, le dijo una vez a su hijo Michael.
Lo tomó como una misión personal. Había llegado a los cincuenta años y a esa epifanía parida en la crisis de los rehenes en Irán de 1979 con una trama íntima pesada. Nunca conoció a sus padres biológicos. Nació el 25 de noviembre de 1929 en Filadelfia, Pensilvania. Se convirtió en Marion Marguerite Stokes, criada en el barrio de Germantown, alumna de una escuela secundaria femenina y durante casi veinte años trabajó como bibliotecaria en la Biblioteca Pública de Filadelfia.
Forjó un activismo inquieto. Militó en causas por los derechos civiles. Organizó la movilización masiva de agosto de 1963 a Washington, cuando 250 mil personas marcharon por el empleo y la libertad liderados por un Martin Luther King que patentó la frase “yo tengo un sueño”. Fue miembro fundadora de la junta directiva de la Organización Nacional de Mujeres y presidió el Comité de Juego Limpio para Cuba, una organización que se oponía al boicot económico en la isla, donde alguna vez soñó exiliarse.


En 1959, conoció a Melvin Metelits, militante del partido socialista. Tal vez se enamoró, tal vez simplemente compañeros de cruzada. Eran tiempos de un macartismo feroz: aquel que pregonara ideas izquierdistas era perseguido y acusado de deslealtad, traición a la patria, subversión. “Marion era extraordinariamente, indescriptiblemente fiel a sus propias preferencias, tendencias y creencias”, describió él. La calificó de moderna e instruida. Las células comunistas activas en Estados Unidos la consideraron una potencial recluta. Pensó en desertar a Cuba. Llevó a su marido a pasar unas vacaciones en México para esperar allí el visado cubano.
“Ella tenía una visión de cuál debía ser mi papel y, cuando no cumplí sus expectativas, me sometió a críticas devastadoras. Y un día me dije a mí mismo: ‘Esto es todo’”, contó Melvin. Se separaron en 1960. Nunca fueron a Cuba. En ese alborotado año, tuvieron a Michael, su único hijo, la echaron de su trabajo como bibliotecaria por presiones políticas y era consciente de que el FBI la espiaba: integraba una lista con otros actores de la sociedad civil involucrados en el activismo anticapitalista. No era un caso único pero sí un paradigma: una mujer afroamericana afiliada al Partido Comunista no era frecuente.
“Tenía motivos para sentirse vigilada por su personalidad, pero creo que mi madre se excedió y siguió exagerando hasta el día de su muerte”, dice Michael en el documental que narra su vida: Recorder: The Marion Stokes Project. Su hijo cree identificar el embrión de su cosmovisión socialista. Marion era fan de la serie original de Star Trek. “Le gustaba que la tierra había resuelto sus problemas y había creado la Federación Unida de Planetas, que había una tripulación multirracial y multinacional que trabajaba muy bien en equipo, que la misión de esta nave era la exploración y no la guerra”, describe.

Tenía ideas y ganas de compartirlas. Le gustaba avizorar situaciones. Antes de grabar programas de televisión, produjo y participó en uno. Se llamaba Input. Era un ciclo nocturno donde se debatían sobre temas de actualidad y se emitía en la cadena local afiliada a la CBS. En él, Marion opinaba así: “Creo que sin duda debería haber controles de otro tipo, además de los medios materiales para manipular la mente y las emociones, y creo que hay muchos ejemplos en la vida cotidiana que la gente simplemente no reconoce”. Tenía una obstinación en la sinergia entre la información y la comunidad, y una fijación en los intermediarios. La televisión se coronó en los años sesenta como un canal vital de información.
“El poder de los medios de comunicación para influir en la opinión pública era algo de lo que ella era muy consciente, y sabía que la información sin filtrar se veía alterada por las predilecciones de quienes la producían. (...) Desconfiaba de las suspicacias de la historia oficial y se obsesionó con la cobertura de los medios. Creía que la información se disolvía, se perdía”, define Michael. En Input se presentaba como consultora de comunicaciones del Wellsprings Ecumenical Center, una asociación cuya premisa era fomentar la colaboración y el debate entre diversos grupos de ciudadanos. Hablaba abiertamente de sus reivindicaciones raciales, de la violencia sistémica, de las políticas antiinmigrantes, del feminismo, del potencial humano. Los invitados alternaban entre académicos, activistas y clérigos. Su presentador era John Stokes Jr. Compartía con él una visión filantrópica. Se enamoraron, se casaron y se mudaron a Rittenhouse Square, un coqueto barrio de Filadelfia. Gozaban de un excelente pasar económico.
Era una mujer idealista, con sus bemoles. Sus inclinaciones socialistas no entraban en tensiones ideológicas con su interés tecnológico. Distinguió en Apple, un faro del capitalismo, un suceso fascinante, revolucionario. En diciembre de 1980, en la primera ronda de inversiones, compró acciones de la firma. Se hizo millonaria. Michael recuerda haber sido reprendido en 2011 por no avisarle que Steve Jobs había muerto y haber visto con su madre la publicidad 1984 que Apple lanzó en el Súper Bowl, dirigida por Ridley Scott, donde anunció el lanzamiento de la Macintosh. Marion compró cada versión de esas computadoras, y no solo una vez.

“Su comunismo radical era intrigante, sobre todo porque se convirtió en una inversora tan importante en Apple, pero en el fondo de su proyecto había una especie de agnosticismo. Su colección no estaba editorializada. Se estructuraba en torno a la premisa de recopilar todo, con el fin de crear un corpus definitivo de los medios de comunicación de su época”, le graficó Matt Wolf, director del documental Recorder, a Telegraph.
Marion fue hija de la gran depresión de 1929. Ese rasgo constitutivo de la sociedad estadounidense tal vez fundamente su vocación de acumuladora. La desgracia económica le enseñó a una generación que todo se guardaba, que nada se desperdiciaba. Ese hábito, potenciado por una paranoia disfuncional, explica que haya comprado nueve departamentos para llenarlos de cajas. Desde 1960 almacenó recortes periodísticos, diarios, revistas, panfletos, volantes, notas personales. Desde 1984 compiló 192 computadoras Macintosh: algunas fueron descubiertas, en una suerte de trabajo arqueológico, en sus estuches originales.
Pero su legado fueron los cassettes. A finales de 1975, había comprado su primera grabadora de video: la Betamax. En un incipiente deseo de que lo que veía no se diluyera, empezó a grabar comedias y documentales. Mientras, seguía obnubilada por la expansión de la información. Leía once diarios por día. Tenía una biblioteca con cincuenta mil libros. Y le dedicaba horas al consumo de noticias en televisión. Hasta que ese mañana del 4 de noviembre de 1979, el primero de los 444 días que estuvieron secuestrados decenas de diplomáticos en la embajada de Estados Unidos en Teherán, presionó “rec” e inauguró su archivo histórico.

Cuando terminó de grabar, sacó el cassette y puso otro. No se detuvo durante 33 años, no se detuvo hasta su muerte en 2012. Compró más televisores, más grabadoras, más VHS. Su misión antecedió a la CNN y al formato de grilla completa de noticias. Comprendió la influencia de las noticias en la sociedad antes de que la información circulara las veinticuatro horas. Grabó todo lo que las cadenas MSNBC, Fox, CNN, CNBC y CSPAN difundían. Operaba ocho grabadoras a las vez. Se levantaba y cambiaba los tapes. Organizaba su vida en base a su tarea titánica de cambiar cintas. Interrumpía cenas, almuerzos y actividades familiares por su propósito mayor.
Se volvió una ermitaña. Pasó a vivir en estado de reclusión. Su batería social era escasa. Vivía para su causa. Podía mirar dos televisores sin perder los hilos del relato, mientras otras pantallas grababan otros programas. En esa naturaleza de caos y encierro, Marion Stokes producía material eterno. Cuando descubrió que no podía con todo, contrató a un asistente. Frank Heilman se convirtió en su secretario. Durante los primeros cuatro meses de trabajo no se vieron. Él le dejaba bolsas negras llenas de cassettes vírgenes detrás de la puerta y le avisaba con un grito. El diálogo era a través de la hendija. Richard Stevens, su chofer, dijo que ella le pedía volver a casa cuando sentía, por intuición, que una cinta se agotaba. “Estoy seguro de que llegó a valorar más lo que veía en las pantallas que el tipo de cosas problemáticas y complicadas que estaban sucediendo en su vida real”, reflexiona su hijo, quien advierte que su madre tenía una prioridad y no era él precisamente. “Prácticamente todo lo demás pasaba a un segundo plano”, dice.
Su preocupación solo era grabar. La consecuencia de hacerlo sin pausa no estaba dentro de su capacidad de discernimiento. No esquematizó ni clasificó los resultados de su faena. Las pilas de VHS crecían hasta el techo. Las cajas se acumulaban sin lógica. “Estoy archivando”, respondía con liviandad cuando alguien la descubría mimetizada en un departamento cubierto por televisores, grabadoras y cintas. “Una pesadilla logística”, sintetiza Michael.

En su archivo, desprolijo y caótico pero archivo, quedaron documentados los hitos que marcaron el pulso de la sociedad estadounidense: la caída anual de la bola de Times Square cada 31 de diciembre, los disturbios de Los Ángeles de 1992, las ocho temporadas de El show de Bill Cosby, cuando la cantante Sinéad O’Connor rompió la foto del Papa Juan Pablo II en vivo en Saturday Night Live como protesta al encubrimiento del abuso sexual infantil en la iglesia, la explosión del transbordador espacial Challenger de 1986, la Guerra del Golfo, el anuncio de Magic Johnson sobre su positivo de VIH, la caída del Muro de Berlín, el atentado del 11 de septiembre de 2001, la persecución de O.J. Simpson en 1994 tras el asesinato de su exesposa Nicole Brown Simpson. Marion guardó en cintas negras apiladas en cajas todo acontecimiento retratado por la TV de los Estados Unidos entre 1979 y 2012.
Frank, su secretario, cree que ella esperaba “mejorar” a la humanidad con su aporte. “La gente me pregunta por qué lo hizo. Para entender lo que hizo, necesitás saber quién era mi mamá y qué vida tuvo”, reconoce su hijo Michael, quien mece su valoración entre la mujer que tuvo como madre y la mujer que fue. En su proceso de aceptación, parece haber pesado más su legado humanístico. “Sé que su vida es extraña y cuestionable, pero ella estuvo aquí por un propósito. Grabar era su forma de activismo. Le daba cierto ritmo a su vida y una profunda convicción de que todo eso iba a ser útil, y que, de alguna manera, alguien encontraría la forma de indexarlo, archivarlo, almacenarlo”.
Pasó décadas en cuarentena voluntaria. Su futurismo, su capacidad para elucubrar horizontes alternativos no desbordaba precisamente de optimismo. Hacía uso de la tecnología, aunque en verdad la usufructuaba. Temía que la innovación tecnológia fuese a intervenir en las libertades civiles. Por eso nunca mandó un correo electrónico y nunca navegó por Internet. Ya había sido perseguida y vigilada por el FBI: creía que el universo de las redes y la virtualidad era una manera de custodia y supervisión. Otro rasgo de su paranoia, hija, a su vez, de su genio. “Mucha locura produce mucha brillantez. Creo que hay algo brillante en ella”, convalida Michael.

Nueve departamentos con cientos de televisores y grabadoras encendidos, cuatro mil metros cuadrados de almacenamiento de información, más de setenta mil cintas usadas, más de trescientas mil horas de contenido televisivo, incontables programas, anuncios, noticieros, comedias documentadas hasta que el 14 de diciembre de 2012, Marion Stokes murió. La mañana que cambió por última vez un cassette, a tres horas de distancia en un viaje en auto, en la escuela primaria de Sandy Hook de Newton, Connecticut, Adam Lanza de veinte años asesinó a veintiséis personas, veinte de ellos niñas y niños, antes de suicidarse. “Llegué a casa y estaban dando esta terrible noticia. Niños asesinados, profesores asesinados mientras protegían a los niños. Recuerdo que me sentí muy agradecido de que esa no fuera la última noticia que viera”, dijo Michael.
El proyecto de su madre no era el de él. La misión de grabarlo todo murió con su muerte. Su hijo apagó los televisores y las grabadoras. “Se sentía raro, los departamentos estaban tranquilos como no lo habían estado en mucho tiempo”, graficó. Donó todo lo que su madre acaparó durante treinta y tres años al Internet Archive, una biblioteca digital sin ánimo de lucro que aún, más de diez años después, sigue procesando la colección de Marion Stokes.
En diciembre de 2024, Internet Archive publicó siete videos extraídos de trescientas horas de grabación. Uno de los recortes es una entrevista a un Donald Trump de 38 años en calidad de propietario del New Jersey Generals, un equipo de fútbol americano que competía en la United States Football League (USFL). A su vez, digitalizó cincuenta y cinco cajas de documentación gráfica del archivo de Marion: diarios personales, revistas, periódicos, panfletos. En esos manuscritos, tampoco dice por qué hizo lo que hizo, en sacrificio de su tiempo y de su familia. Michael cree que su madre percibió que la difusión de noticias en televisión “moldeaba la opinión pública” y sugiere que su objetivo era “revelar una serie de agendas por parte de los gobiernos”.
A eso le dedicó 12.094 días de su vida y 71.716 cintas de video.
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