
La noche del 25 de noviembre de 1120, un trágico accidente marítimo alteró el curso de la historia de Inglaterra. El naufragio del Barco Blanco no solo cobró la vida de centenares de nobles, sino que también desencadenó una profunda crisis de sucesión, desestabilizando por completo la monarquía anglo-normanda. La magnitud del desastre hizo temblar los cimientos de la dinastía y evidenció la fragilidad de un sistema de poder sostenido por la herencia.
La travesía parecía ser una formalidad más para la élite anglo-normanda. A bordo del Barco Blanco viajaban jóvenes nobles, liderados por William Adelin, el único heredero legítimo del rey Enrique I de Inglaterra. El ambiente era festivo y despreocupado cuando la embarcación zarpó de Barfleur, en la costa de la actual Francia.
Sin embargo, en plena noche, el exceso de confianza y el consumo de alcohol entre la tripulación y los pasajeros resultaron fatales.

La noche fatídica del Barco Blanco
De acuerdo con relatos recogidos años más tarde por el monje Orderic Vitalis, el capitán Thomas FitzStephen, descendiente del hombre que transportó a Guillermo el Conquistador en su invasión de Inglaterra, ofreció sus servicios al rey Enrique I, aunque finalmente fue encargado de transportar a William Adelin y su comitiva. El desenlace fue catastrófico: la nave chocó contra una roca, se hundió en aguas heladas y cerca de 300 personas perecieron.
“Incluso en una época donde la muerte súbita era común, perder a tantos nobles en un solo accidente fue devastador”, explicó el profesor Hugh Thomas de la Universidad de Miami, a National Geographic.
La tragedia sumió a Inglaterra en el desconcierto. El profesor Nicholas Paul, de la Universidad de Fordham, subrayó la carga simbólica del suceso para la época: “Cualquier evento de esta magnitud solo podía ser interpretado como un signo de desaprobación divina contra la dinastía anglo-normanda. ¿Cómo recuperar la estabilidad y cómo interpretar correctamente esa acción?”, remarcó en diálogo con National Geographic.

Crisis de sucesión y lucha por el poder
El impacto del naufragio del Barco Blanco trascendió lo inmediato. La muerte de William Adelin representó el colapso de la línea directa de sucesión del trono. Aunque Enrique I contaba con numerosos hijos ilegítimos, Adelin era su único heredero varón legítimo. De repente, la continuidad de la dinastía quedó en entredicho.
En un intento desesperado por asegurar la sucesión, Enrique I se volvió a casar, pero no logró tener otro hijo varón. Finalmente, designó a su hija Matilda como sucesora. Sin embargo, en una sociedad patriarcal, la idea de una reina fue prontamente desafiada. Stephen de Blois, primo de Matilda, aprovechó la situación y, tras la muerte del rey en 1135, cruzó rápidamente el canal y se coronó rey antes de que Matilda pudiera reclamar sus derechos.
Según el profesor Thomas, la fortuna jugó a favor de Stephen, que solo se salvó del naufragio por un caso oportuno de enfermedad estomacal: “Stephen se quedó atrás, salvado por el mejor caso de diarrea registrado en la historia”.
El resultado fue una guerra civil conocida como La Anarquía, un periodo de inestabilidad, conflictos armados locales y devastación. “Consistió en numerosos combates, saqueos e incendios, elementos propios de la guerra medieval,” afirmó Thomas a National Geographic.

El cambio de una dinastía bajo el signo de la tragedia
La catástrofe del Barco Blanco expuso de forma dramática la precariedad del sistema monárquico y la importancia del linaje. “Todo depende de los cuerpos humanos”, señaló Nicholas Paul. La incertidumbre sobre la muerte o supervivencia de los herederos complicaba las reglas de sucesión y herencia, generando temores religiosos. En la mentalidad medieval, la ausencia de un cadáver dificultaba las oraciones intercesoras, consideradas esenciales para la redención después de la muerte.
Orderic Vitalis, cronista de la época, estableció un agudo paralelismo entre la conquista triunfal de Inglaterra por Guillermo el Conquistador y el desastre marítimo que pudo haber terminado con el legado normando. “Todo el reino se crea gracias a un viaje exitoso, y quizá será destruido por otro, fallido”, sentenció Paul.
Así, la historia del naufragio persiste como uno de los mayores puntos de inflexión de la Edad Media inglesa. La sucesión dinástica, antes garantizada por una única línea de sangre, quedó expuesta a los caprichos del destino y de la naturaleza. El accidente no solo terminó con vidas prominentes, sino que dio lugar a años de guerra, inestabilidad política y redefinición de la legitimidad real.
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