
La palabra abracadabra fascinó durante siglos por su misterio y su vinculación con lo inexplicable. Aunque la sociedad la reconoció como el conjuro clásico de los ilusionistas, su verdadero origen y significado permanecieron en el enigma.
Pese a su presencia constante en la cultura popular, nadie descifró con certeza el sentido y la procedencia exacta de este término, lo que reforzó su permanencia y poder a lo largo del tiempo. El debate sobre el origen y el significado de abracadabra generó teorías diversas entre expertos.
De acuerdo con un escrito del Oxford English Dictionary, ya en 1884 el origen del término era “desconocido”, situación que no cambió. Algunas hipótesis lo relacionaron con expresiones hebreas o arameas como “avra gavra” (“crearé al hombre”) o “abra kedobar” (“creo con la palabra”), que aludían a la creencia en el poder creador del lenguaje.

Otras, recogidas por la BBC News Mundo, sugirieron procedencias como “abhadda kedkabhra” (“desaparece como esta palabra”) o “abreq ad habra” (“lanza tu rayo hasta la muerte”). Incluso, distintos autores plantearon su relación con una deidad asiria, una alteración del nombre del matemático árabe Al-Juarismi, o una frase astronómica que describía la constelación de Tauro.
Es más, algunos especialistas vincularon abracadabra con la frase hebrea “ebrah k’dabri” (“creo mientras hablo”), mientras otros la asociaron a “avra gavra”, en alusión a las palabras divinas en la creación.
El historiador Don Skemer, citado National Geographic, consideró plausible su origen en “ha brachah dabarah” (“nombre del bendito”), dada la importancia que las culturas antiguas concedieron a los nombres divinos como fuente de poder sobrenatural.

Sin embargo, el académico Benno Jacob advirtió, según BBC News Mundo, que la eficacia de lo mágico residía precisamente en la extrañeza de las palabras: “La mayoría de las veces se considera eficaz en la medida en la que es extraña y sin significado, y se prefieren, en particular, las palabras de lenguas extranjeras e incomprensibles”.
La referencia más antigua de abracadabra provino del siglo II d.C. El “Liber Medicinalis” de Quintus Serenus Sammonicus —tutor de los emperadores Geta y Caracalla— recomendó escribir la palabra en una hoja, formando un triángulo invertido al eliminar una letra por línea hasta que quedara solo una, y colgarla al cuello del enfermo para combatir la fiebre, sobre todo la malaria.
La creencia era que la enfermedad se disiparía al desaparecer las letras. Esta práctica perduró durante siglos. Abracadabra se halló también en piedras de Abraxas empleadas como talismanes por sectas gnósticas del siglo II, además de manuscritos judíos del siglo XVI en Italia, donde la usaban en amuletos para prevenir enfermedades.

La función apotropaica de abracadabra —uso para proteger frente al mal— se expandió por Europa y Medio Oriente. En la Edad Media y hasta el siglo XVIII, la palabra figuraba en amuletos y fórmulas “mágicas” contra epidemias como la peste.
El escritor inglés Daniel Defoe relató en su “Diario del año de la peste” de 1722 que los londinenses utilizaron talismanes con la palabra escrita en triángulo para evitar el contagio, siguiendo las instrucciones de Serenus Sammonicus. Con los avances en medicina, estas creencias perdieron credibilidad, pero sobrevivieron en la memoria popular.
A lo largo del siglo XIX, abracadabra transitó a la cultura del espectáculo. National Geographic explicó que la palabra figuró en el repertorio de magos teatrales, alejada ya de su función “curativa” y con un nuevo significado vinculado al ilusionismo.

En el siglo XX, el ocultista británico Aleister Crowley reformuló el término como “abrahadabra” en su obra “El Libro de la Ley”, y le dio contenido esotérico en la religión Thelema. Desde entonces abracadabra se consolidó como el conjuro por excelencia en la magia escénica, presente en la infancia de generaciones y en el imaginario de distintas culturas.
La fascinación actual por abracadabra se alimentó, en parte, de su sentido desconocido. La historiadora Elyse Graham, citada por National Geographic, destacó el poder de una palabra mágica precisamente en que su significado solo lo conocía el mago, mientras el público permanecía en la ignorancia. Esta cualidad misteriosa contribuyó a su vigencia y a su aptitud para evocar lo inexplicable a lo largo del tiempo.
Así, el hechizo de abracadabra persistió porque su secreto permanece intacto: en el misterio reside la esencia de su magia.
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