
Unas 110 horas de tensión y angustia marcaron uno de los episodios más recordados en la historia de la aviación: el secuestro y posterior rescate del vuelo 181 de la línea aérea alemana Lufthansa, una operación seguida minuto a minuto por autoridades y medios alrededor del mundo.
Todo comenzó la tarde del 13 de octubre de 1977, cuando desde la cabina del Boeing 737 secuestrado, el líder de los asaltantes anunció la toma del avión sobre la Riviera francesa, identificándose ante el mundo como “Capitán Walter Mahmud” y declarando: “Ahora la nave está bajo mi supervisión y control”.
La aeronave, denominada en clave militar como Charlie Echo, acababa de despegar de Palma de Mallorca, España, con destino a Frankfurt, por entonces Alemania Occidental.

Al día siguiente el Diario de Mallorca, ciudad donde se había producido el secuestro, daba una primera información sobre el hecho: El “Boeing” de la compañía Lufthansa que salió ayer del aeropuerto palmesano de Son Sant Joan a la una y cuarto de la tarde con destino a Frankfurt y fue secuestrado después de cuarenta y cinco minutos de vuelo — cuando se hallaba sobre la vertical de Nantes, se dirigía a Kuwait en la madrugada de hoy, después de que le fuera negado el permiso de aterrizaje en Beirut, Damasco, Bagdad y la ciudad iraquí de Basora, según informó el ministro libanés del Interior, Salah Salam. Los secuestradores pretendían el aterrizaje en Beirut, tras haber hecho escalas en Roma y Larnaca, al sureste de Chipre, pero las autoridades libanesas desecharon la petición de quienes dicen pertenecer al “Grupo Tigre” y que exigen como rescate la liberación de varios presos políticos en Alemania. El aparato lleva noventa y una personas a bordo -ochenta y seis de ellas en calidad de pasajeros— de las que, al parecer, nueve son de nacionalidad española”. Cuatro de los pasajeros eran terroristas y la tripulación estaba compuesta por cinco personas.
Los terroristas eran palestinos, integrantes del Frente Popular para la Liberación de Palestina (OLP) que habían actuado en conjunto con un grupo guerrillero alemán llamado Fracción del Ejército Rojo. La intención de los secuestradores era pedir la liberación de miembros de ambas organizaciones terroristas que estaban detenidos. Al secuestro del avión llamado Landshut se lo puede ubicar temporalmente en los que se llamó Otoño Alemán. Fue en septiembre y octubre de 1977 cuando la Fracción del Ejército Rojo cometió varios atentados que pusieron en problemas al gobierno de Alemania Occidental.

Luego del secuestro, el avión quedó con comunicación limitada, ya que solo disponía de un transmisor de corto alcance. Esa circunstancia dificultó el seguimiento desde la central de Lufthansa, obligando a las autoridades alemanas a depender de mensajes cruzados vía otros vuelos de la línea y operadores de radioaficionados. En la primera escala forzada, ocurrida en Roma, Italia, el capitán Jürgen Schumann recurrió a una acción sigilosa: dejó caer cuatro cigarros sin encender desde la ventana de la cabina, lo que se interpretó correctamente como una señal secreta para indicar el número de terroristas a bordo.
Tras Roma, el avión siguió su periplo por el Mediterráneo y Oriente Medio, tocando tierra sucesivamente en Larnaca (Chipre), Bahréin, Dubái y, tras episodios llenos de dramatismo, en Adén (Yemen del Sur) y finalmente Mogadiscio, en Somalia.

En cada escala el líder de los secuestradores insistió en obtener combustible bajo amenazas, llegando a advertir en Chipre: “Si no reponen combustible, haré volar el avión”. Las autoridades chipriotas solicitaron la liberación de mujeres, niños y enfermos, e incluso un representante palestino intentó comunicarse sin éxito con los captores. La tensión aumentó cuando, en Dubái, el Estado alemán recibió apoyo logístico decisivo por parte del gobierno británico, que proveyó granadas aturdidoras y sofisticados equipos de escucha, mientras que expertos del Special Air Service británico acompañaban el traslado del equipamiento.
Paralelamente, el gobierno alemán, encabezado por el canciller Helmut Schmidt, activó una compleja operación diplomática y militar. La fuerza de élite G.S.G. 9 fue inmediatamente movilizada: primero, un contingente de 30 comandos viajó a Chipre, llegando apenas habían despegado los secuestrados. Otro grupo, a bordo de un 707 apodado Oscar X Ray, se dirigió bajo el mando del secretario de Estado Hans-Jürgen Wischnewski, principal negociador enviado por Bonn. Mientras tanto, tras una serie de traslados y largos tiempos de espera en Ankara y Creta, la unidad recibió nuevas órdenes, siempre bajo diferentes nombres en clave: Uniform Bravo y, en momentos críticos, Juliet Kilo 66. Eso, según crónicas de la época, sirvió como aviso de inminente acción militar.

El viaje del avión secuestrado se fue volviendo más errático y peligroso a medida que los terroristas imponían sucesivos plazos para volar la aeronave. A los momentos de tensión máxima se sumó un gesto de humanidad accidental: en Dubái, durante una escala técnica, los negociadores lograron hacer llegar a la tripulación agua, comida, medicamentos y hasta una torta de cumpleaños para la azafata Annemarie Staringer, quien celebró sus 28 años. Fue la única ocasión en que secuestradores y rehenes compartieron una comida en un ambiente menos hostil.
En Adén ocurrió el desenlace más trágico para la tripulación: al encontrarse el aeropuerto bloqueado por vehículos de bomberos, el capitán Schumann aterrizó sobre una franja de arena. Tras obtener el permiso de los secuestradores para inspeccionar los trenes de aterrizaje, Schumann regresó al avión, donde Mahmud lo recibió con furia. Porque sospechaba que había tardado mucho con alguna intención que no podía explicar, el jefe de los terroristas le preguntó: “¿Eres culpable o inocente?”, para luego obligarlo a arrodillarse y matarlo con un disparo en la cabeza delante de los pasajeros. “En ese momento —relató un pasajero posteriormente— ya no teníamos ninguna esperanza”.

Con el copiloto Jürgen Victor a cargo, Charlie Echo partió rumbo a Mogadiscio. El gobierno somalí, encabezado por Siad Barre, autorizó solo después de intensas conversaciones telefónicas con el canciller Schmidt que los comandos de G.S.G. 9 ejecutaran una operación en su territorio. Tanto fuentes de Bonn como de Mogadiscio negaron posteriormente que mediara dinero o promesas de ayuda, aunque Somalia se encontraba en una guerra con Etiopía y necesitaba suministros militares.
La llegada de los comandos alemanes a Somalia estuvo rodeada de sigilo y de intensas comunicaciones. En un momento, la torre de Frankfurt transmitió la urgencia: “Apúrense en planear el aterrizaje en Somalia. No pierdan tiempo”. La tensión subió a medida que se multiplicaban los chequeos por radio y la amenaza de los secuestradores se volvía más volátil.

En la noche previa al asalto, los captores maniataron a los rehenes con medias y los bañaron con el alcohol disponible, dando a entender que existía la posibilidad de incendiar la nave. Sin embargo, tras una hábil maniobra de negociación desde la torre, los terroristas accedieron a retrasar la última de sus amenazas, bajo el argumento de que desde Alemania se preparaba el envío de once prisioneros a cambio de los rehenes.
A las 2:30 de la madrugada del martes, Mahmud comunicó a sus víctimas: “Les daré siete horas. Tienen siete horas”, aludiendo a la supuesta llegada de sus camaradas. Cuando el plazo expiraba y los secuestradores creían que obtendrían su objetivo, se activó la operación de rescate más osada ejecutada en ese momento por fuerzas alemanas.
Mientras dos de los secuestradores conversaban en la cabina con un diplomático alemán, 28 comandos cubiertos de negro y camuflados avanzaron cuidadosamente hasta el fuselaje. Una explosión en la pista sirvió de distracción y señal de asalto. Los comandos usaron explosivos especiales para abrir las puertas principales y de emergencia, lanzando al mismo tiempo las granadas aturdidoras británicas que dejaron a los terroristas sin reacción. Ingresando a la cabina, los comandos, encabezados por el capitán Ulrich Wagener, les gritaron en alemán: “¡Hinlegen! ¡Hinlegen!” (“¡Al suelo! ¡Al suelo!”).

Testigos y observadores externos detallaron la secuencia por radio. Desde el avión de Wischnewski, estacionado a 460 metros del de Lufthansa, el piloto narró: “Veo las puertas del avión abiertas y los hombres entrando”. Poco después, se informaba: “Veo seis, siete, ocho rehenes corriendo hacia la torre de control… 35, 36 rehenes han salido. Los recoge la policía… Más rehenes. Los hombres [comandos] tienen el control. El avión está sellado. Todo ha terminado”. Fue el 18 de octubre de hace 48 años.
Las cifras finales de la operación fueron concluyentes: tres terroristas muertos y uno gravemente herido (una mujer que recibió un disparo en el muslo y fue trasladada al hospital de Mogadiscio), un comando alemán, una azafata y cuatro pasajeros sufrieron heridas leves. Excepto por el asesinato del capitán Schumann, no hubo más muertes entre los rehenes durante el rescate. El operativo completo de recuperación tomó tan solo once minutos, tras más de 110 horas de tensiones y desplazamientos a lo largo de miles de kilómetros.

La respuesta final desde el centro de control en Frankfurt fue breve: “Copiado, O.K.” y, de inmediato, se ordenó el regreso del Boeing 737 secuestrado —con la supervivencia de todos sus pasajeros y casi toda la tripulación— a territorio alemán.
El Boeing 737 de Lufthansa, arrancado de las manos de sus secuestradores en Somalia, se convirtió en símbolo del alcance internacional del terrorismo en los 70 y de la nueva capacidad de respuesta de las fuerzas especiales, en una operación que se mantuvo en secreto hasta el último momento. Y que resultó exitosa.
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