
Nació en Nueva York el 28 de marzo de 1986, en una familia de ascendencia italiana que pronto encontró un lugar en el Upper West Side, uno de los barrios más exclusivos de Manhattan. Su padre Joseph trabajaba en empresas de software, telecomunicaciones y contabilidad y su madre, Cynthia era en ese entonces una ejecutiva de telecomunicaciones. Según contó la cantante y actriz, trabajaban 8 horas ambos fuera de la casa para sostener un nivel de vida que habían alcanzando con mucho esfuerzo.
La niña, inquieta y carismática, sorprendía a familiares y amigos con su destreza en el piano a los 9 años, que había empezado a tocar a los cinco. En realidad había empezado a tocarlo antes. Contó en una oportunidad: “No sé exactamente de dónde salió mi afinidad por la música, pero es lo que más fácil me sale. Mi mamá siempre cuenta que cuando tenía tres o incluso menos años, me ayudaba a subir al piano y tocaba las teclas. Supongo que le dijo a mi papá: ‘Tiene que estudiar piano’”.
Junto a su hermana menor, Natali, su compañera de juegos, asistieron a la misma escuela en que estudió Paris Hilton: el Convento del Sagrado Corazón, una institución católica femenina que, entre uniformes y oraciones, también ofrecía la oportunidad de subir al escenario en los musicales escolares. La niña protagonizó al menos un par de ellos.
Allí comenzó a perfilarse su carácter: aplicada, entusiasta, con una personalidad que la diferenciaba del resto. “Mis compañeros de clase solían burlarse de mí por ser demasiado provocativa o excéntrica. No encajaba, me sentía como una anormal”, declaró en 2009 al diario Star Tribune. El acoso marcó su autoestima, aunque no apagó su obstinación. Con 19 años abandonó la universidad y empezó a buscar su lugar en la música. El primer sueldo lo ganó como camarera y lo gastó en un bolso de Gucci, una evidencia de su pasión por el diseño.
Su suerte cambió al cruzarse con Rob Fusari, productor de Destiny’s Child, que buscaba una cantante para un nuevo proyecto femenino. Años después, recordaría aquellos días con una confesión: “Conozco la soledad desde niña. No era abandono familiar, era un desequilibrio químico que me hacía sentir aislada. El arte me dio libertad”.
La oscuridad, sin embargo, no quedó atrás. El acoso escolar y la presión adolescente fueron el preludio de un trauma mayor: los abusos sexuales a los que fue sometida a los 19 años por un hombre de la industria, veinte años mayor que ella. Lo reveló en 2014, en un programa de radio que dejó a la audiencia en silencio. Luego, en una charla con Oprah Winfrey, habló de las secuelas: estrés postraumático, fibromialgia, dolor crónico y un absurdo sentimiento de culpa. Nunca denunció ni reveló el nombre del agresor.
Lo que sí contó fue la construcción de un alter ego: una superheroína inventada como refugio, un disfraz con el que ganar confianza y compasión, un espejo de quien quería ser en realidad. Su nombre lo tomó de una canción de Queen. Esa figura terminaría conquistando escenarios en todo el mundo.
Respuesta: su nombre es Stefani Joanne Angelina Germanotta, más conocida como Lady Gaga
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