
Durante años, la muerte de Diane Stewart en Cambridgeshire, Inglaterra, permaneció sin cuestionamientos. Su fallecimiento se atribuyó a causas naturales y, tras la incineración de su cuerpo, la historia pareció llegar a su fin.
Sin embargo, mucho tiempo después, un detalle ignorado en ese entonces —el cerebro donado de la víctima— puso en jaque toda la verdad y se convirtió en la clave del impactante caso.

Una familia intachable y un suceso inesperado
La familia Stewart era considerada un ejemplo de armonía. Los vecinos, como Vanessa Easton, siempre tuvieron palabras afectuosas hacia Diane Stewart: “Era una persona encantadora”, recordaban en el barrio. Según reseñó BBC, nadie dudaba de la unión de los Stewart ni del cariño que ambos mostraban por sus hijos.
Todo cambió abruptamente el 25 de junio de 2010. Ian Stewart regresó a casa después de hacer compras y halló a su esposa tendida en el suelo. La noticia recorrió el vecindario: Diane había muerto repentinamente.
Los forenses concluyeron que la causa fue una muerte súbita por epilepsia, una explicación que resultó lógica ante el hecho de que cientos de personas mueren así cada año en el Reino Unido. The Guardian detalló que, a pesar de que Diane no había sufrido convulsiones en casi dos décadas, el caso no levantó suspicacias. La vida siguió adelante y poco a poco la tragedia fue quedando atrás.
El tiempo, sin embargo, traía consigo un destino inesperado. Seis años después, otro suceso golpeó la vida de Ian Stewart. Helen Bailey, reconocida escritora y nueva pareja de Stewart, murió en circunstancias inquietantes.

Alguien la había drogado y asfixiado, y había escondido el cuerpo, difundió The Telegraph. La policía investigó y, finalmente, condenó a Stewart por el crimen. El móvil, los USD 5 millones de herencia
Tras ser condenado por el asesinato de Bailey en 2017, la policía dirigió su atención al pasadodel hombre y retomó la investigación en torno a la muerte de Diane.
La pista olvidada que lo cambió todo

Con el paso de los años, la posibilidad de una segunda investigación parecía remota. The Guardian detalló que el cuerpo de Diane había sido incinerado, una decisión que limitó cualquier opción forense. Solo se había realizado una prueba aislada de medicación, sin estudios toxicológicos completos. Todo indicaba que la verdad permanecería enterrada para siempre.
Sin embargo, los detectives dieron con un hallazgo increíble: Diane había donado su cerebro para investigación médica. “Descubrimos que el cerebro estaba guardado en el hospital y eso fue absolutamente crucial. Sin él, no se habría podido garantizar una condena”, explicó a la BBC el superintendente Jerome Kent.
El neuropatólogo Colin Smith, de la Universidad de Edimburgo, calificó el uso de tejido cerebral almacenado en una investigación policial como algo “extremadamente inusual”, destacando que nunca antes había enfrentado una situación semejante. Para obtener respuestas definitivas, un equipo de científicos y expertos revisó el cerebro donado.
Safa al Sarraj, neuropatólogo del Hospital King’s College de Londres, relató a BBC que hallaron “cambios en el cerebro que consistían en isquemia temprana”, o sea, daño en las células por falta de oxígeno y de flujo sanguíneo.
Añadió que este tipo de daños no correspondería a una persona sana y que se trata de indicios típicos de “una muerte tras sufrir respiración restringida por más de treinta minutos”.
Por su parte, el neuropatólogo Kieren Allinson no identificó pruebas de una convulsión reciente. Si bien eso no descartaba categóricamente la epilepsia como causa de muerte, debilita la versión de Stewart. El patólogo gubernamental Nat Cary sostuvo que “existía la posibilidad de que la respiración de Diane hubiera sido interferida mediante el uso de alguna droga”.

El entorno y los motivos que nunca se comprendieron
Entre los testimonios recogidos por la BBC, los vecinos reflejaron sorpresa e incredulidad ante el comportamiento de Stewart. Paul Easton, vecino, recordó que le costaba relacionarse con Ian, quien “se acercaba mucho cuando hablaba, invadiendo tu espacio personal”, aunque aclaró que “nunca hubiera imaginado que sería capaz de matar a alguien”.
Tras la muerte de Diane, Stewart siguió adelante sin levantar sospechas, incluso llegó a comprar un auto deportivo y a iniciar su romance con Helen Bailey. Margaret Holson, amiga cercana de Bailey, lamentó que “si se hubiera hecho más para averiguar qué le pasó a Diane, mi amiga Helen todavía estaría aquí”.
Al relatar el procedimiento de emergencia tras la muerte de Diane, su vecina Vanessa expresó: “Recuerdo haber pensado: ‘Gracias a Dios que no hay sangre’”, y añadió que, pese a su condición médica, Diane “estaba bien controlada” y que su fallecimiento fue “totalmente inesperado”.
Las autoridades subrayaron lo inusual de la investigación y el alcance de la evidencia científica. El superintendente Kent admitió que en la época de la muerte de Diane “no había nada que hiciera sospechar que Ian Stewart había sido el responsable o que ella había muerto en sus manos”. Reconoció además: “Se hubiera salido con la suya con el asesinato de Diane Stewart si no hubiera sido por la investigación sobre Helen Bailey”.
Aunque los motivos detrás del asesinato de Diane Stewart no se esclarecieron por completo, quienes la conocieron destacaron la ruptura total entre el aparente bienestar familiar y el crimen finalmente comprobado. “Ian lo tenía todo: una familia amorosa, una vida maravillosa. ¿Por qué lo tiró todo por la borda?”, se preguntó su vecina Vanessa, sin encontrar explicación.
Finalmente, Stewart fue condenado por ambos asesinatos y el caso dejó una marca profunda en la historia de la criminalística británica, por el rol inesperado y determinante que tuvo el cerebro donado como evidencia central.
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