
Quince días después del lanzamiento de la bomba atómica sobre Hiroshima y 12 después de la explosión de la segunda en Nagasaki, lejos de relajarse la actividad en las instalaciones secretas del Laboratorio Nacional de los Álamos, en Nuevo México, continuaba a ritmo febril. Con la guerra ganada luego de la rendición de Japón, los Estados Unidos avizoraban un nuevo enemigo, la también victoriosa Unión Soviética, en la disputa por la hegemonía mundial. En ese juego, el poder de las armas se veía como decisivo, ya fuera para utilizarlas efectivamente en una contienda o como elemento de disuasión. Por eso, los científicos del Proyecto Manhattan seguían trabajando: ahora, en el desarrollo de una tercera bomba atómica, mucho más poderosa que las que habían convertido a las ciudades japonesas en un infierno.
Para el 21 de agosto, el desarrollo de esa nueva bomba atómica estaba muy avanzado, porque había comenzado antes del final de la guerra con la idea de arrojarla también sobre Japón si no se rendía después de sufrir los devastadores efectos de las dos primeras. El equipo estaba liderado por Otto Fisch, el científico austríaco que había acuñado el término “fisión”, y entre sus integrantes se encontraban dos físicos tan jóvenes y brillantes, el canadiense Louis Alexander Slotin, de 35 años, y el estadounidense Harry Daghlian, de solo 24, considerado una suerte de “niño prodigio” de la Física. Al grupo se lo conocía como el de “Critical Assemblies”, como se denominaba a los científicos dedicados a investigar las condiciones bajo las cuales una masa irradiante se vuelve critica, es decir lo suficientemente radioactiva y abundante como para entrar en una reacción nuclear autosustentada y liberar una enorme cantidad de energía.

Estaban trabajando en una instalación especial, el remoto laboratorio del Sitio Omega, donde tenían una esfera plutonio de seis kilos, con un revestimiento de níquel que evitaba que cualquier partícula se escapara de ella. Buscaban específicamente un método reflexivo para alcanzar la criticalidad. En vez de utilizar explosivos para comprimir los átomos de plutonio entre sí y hacerlos reaccionar, los científicos del Critical Assemblies habían descubierto que determinados materiales reflejaban la radiación emitida por la masa. Redirigiendo esa radiación hacia el núcleo, éste era capaz de entrar en reacción sostenida. Era un trabajo peligroso, tanto que a esa esfera, que habían bautizado familiarmente con el nombre de “Rufus”, la llamaban también el “núcleo del demonio”.
Las medidas de seguridad eran extremas, porque cualquier falla podía causar un desastre. Tan peligroso era que Richard Feynman, uno de los físicos más importantes de la época, decía que lo que estaban haciendo en Los Álamos era como “cosquillear la cola de un dragón dormido”. El dragón podía despertarse y matarlos a todos. Los físicos sabían que estaban podían morir quemados por la radiación en cualquier momento, o en el peor de los casos, de causar una explosión que podía volar todo. No tenían margen para ningún error y así había sido hasta que el joven Harry Daghlian lo cometió. Algunos de sus compañeros dijeron después que lo perdió el entusiasmo.

Una promesa de la ciencia
Todos lo llamaban Harry, pero su verdadero nombre era Haroutune Krikor Daghlian Jr., nacido en el seno de una familia de ascendencia armenia el 4 de mayo de 1921 en Waterbury, Connecticut. Estudió en la escuela Harbor, de New London, donde mostró una precoz habilidad por las matemáticas y una fuerte inclinación por la música que lo llevó a tocar el violín en la orquesta de la escuela. La pasión por los cálculos lo llevó a inscribirse en el Instituto de Tecnología de Massachussets para estudiar matemáticas, pero pronto se cambió a Física y se especializó en la física de partículas.
Cuando se graduó en 1942, a los 21 años, no tardó en recibir una misteriosa oferta de trabajo. Se la hizo un docente que, además, era su amigo, Louis Slotin que lo invitó con una pregunta enigmática: “¿Te gustaría unirte a un proyecto que va a cambiar el mundo?“. Ese misterioso trabajo –del que no supo muchos detalles hasta que aceptó un poco a ciegas– era el ultrasecreto Proyecto Manhattan dirigido por el físico Robert Oppenheimer y que tenía como misión desarrollar la bomba atómica para los Estados Unidos.
Así Harry Daghlian fue a parar al laboratorio de Los Álamos y se convirtió en el físico más joven de todo el equipo. Estaba entusiasmado de formar parte, pero también sentía la necesidad de hacerse un lugar entre tantos científicos talentosos, a los cuales admiraba. Tenía que demostrar algo y tal vez fue eso lo que lo perdió.

El ladrillo fatal
La noche del 21 de agosto de 1945, luego de cenar y en lugar de irse a dormir, Harry volvió solo al laboratorio del Sitio Omega, violando las más elementales normas de seguridad. El guardia lo dejó pasar porque lo conocía y sabía que solía pasar horas enfrascado en ese proyecto, casi sin tomarse un descanso.
Había pasado la tarde poniendo ladrillos de carburo de tungsteno alrededor de Rufus, “el núcleo del demonio”, buscando el punto de casi criticalidad de la masa. Sabía que variando la cantidad y la orientación de los ladrillos era posible alcanzarla. Cuando se hizo de noche debió detener el experimento para ir a cenar, pero estaba inquieto: sabía que estaba a punto de lograr algo. No podía esperar y por eso volvió a la noche, armado con un dispositivo parecido a un contador Geiger para medir la radiación. Comenzó a repetir el experimento con el mismo procedimiento que había utilizado a la tarde; tomó los ladrillos con sus manos y comenzó a ponerlos formando ángulos específicos alrededor del núcleo de plutonio. Cuando estaba poniendo el último, el contador Geiger empezó a sonar con mayor intensidad, lo que indicaba que si terminaba de acomodar ese ladrillo el “núcleo del demonio” entraría en estado crítico. Entonces comenzó a retirar la pieza para detener el experimento pero, quizás porque estaba cansado, se le cayó dentro del ensamble. De inmediato el núcleo entró en estado supercrítico y liberó un intenso destello de color azul: el dragón dormido acababa de despertar. Daghlian reaccionó rápido y retiró el ladrillo con su mano derecha para acabar con la reacción, pero ya era tarde. En esa ínfima fracción de tiempo había recibido una dosis mortal de radiación.
Comenzó así una agonía que duró 25 días, durante los cuales su amigo Louis Slotin no se despegó de la cama del hospital donde Harry marchaba inexorablemente hacia la muerte. Murió el 15 de septiembre después de entrar en coma por una falla multiorgánica. Slotin lloró la pérdida de su joven amigo, a quien le auguraba un futuro científico brillante, sin saber que él mismo sería la siguiente víctima del núcleo del demonio.

El accidente de Slotin
Con la guerra terminada, Louis Slotin tenía pensado abandonar el Proyecto Manhattan para volver a dar clases en la universidad, pero la muerte de Daghlian lo obligó a cambiar sus planes: antes de irse debía formar a otro físico para que reemplazara a su amigo trágicamente muerto. Por eso incorporó al equipo a otro joven físico llamado Alvin C. Graves.
El 21 de mayo de 1946 –ocho meses después de la muerte de Harry– estaba realizando una demostración con el núcleo del demonio frente a Graves y otros seis científicos. Era el mismo experimento de casi criticalidad con metales reflexivos que había realizado Daghlian pero con un ensamble diferente. Después de aquel accidente fatal, el núcleo reactivo había sido encapsulado en dos semiesferas huecas de berilio, un metal capaz de reflejar neutrones. Las dos semiesferas debían estar separadas por cuñas para evitar la criticalidad, pero Slotin las había removido para la demostración. Quería probar qué tan cerca de cerrarse podían estar las dos semiesferas antes de que el núcleo entrara en estado crítico.

En eso estaba, sosteniendo la capucha metálica con su mano izquierda y haciendo palanca con un destornillador plano que tenía en su mano derecha para hacerla descender poco a poco. Todo iba bien hasta que, casi al final del experimento, el destornillador se le escapó, el ensamble se cerró bruscamente y el núcleo entró en estado supercrítico. Los científicos que estaban en el laboratorio vieron un intenso destello azul y sintieron una ola de calor proveniente del núcleo del demonio. Slotin demoró apenas medio segundo en reaccionar, arrojando la semiesfera al piso, lo que acabó con la reacción. Cinco de los científicos salieron corriendo, pero Slotin les gritó que volvieran y marcaran con tiza la posición exacta que tenía cada uno de ellos en el laboratorio en el momento del accidente. Sabía que la dosis de radiación que él había recibido significaba la muerte, pero quería calcular las sufridas por sus compañeros para determinar la magnitud a la que había estado expuesto cada uno de ellos y qué efectos podía causarles.
Recién entonces los llevaron a todos al hospital. Ninguno de los otros científicos había recibido una dosis letal, aunque Graves, que era quien había estado más cerca de Slotin, debió quedar internado unos días y sufrió como secuela una calvicie permanente. Louis Slotin, en cambio, siguió el mismo camino que su amigo Harry, aunque su agonía fue más breve. Murió nueve días después, el 30 de mayo, en la misma habitación del hospital donde había muerto Daghlian. Antes de morir, quizás haya recordado la advertencia que le había hecho otro físico, el premio Nobel Enrico Fermi, cuando supo qué procedimiento estaba utilizando para manipular el núcleo del demonio: “Vos seguí haciendo ese experimento y vas a estar muerto dentro de un año”.
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