
Desde hace casi 60 años se buscan explicaciones. El listado es enorme. Contiene desde las causas orgánicas de la violencia y el descubrimiento de un pequeño tumor cerebral durante la autopsia del francotirador. Y el abuso de sustancias químicas y drogas, que algunos creen que pudo haberle provocado una psicosis inducida por anfetaminas. O problemas psicológicos causados por el entrenamiento que recibió como integrante del Cuerpo de Marines de los Estados Unidos y el maltrato infantil padecido a manos de su padre, incluyendo haber presenciado una violencia doméstica grave destinada a su madre. También el haber crecido en un hogar con afición a las armas en Florida. Sin embargo, en las cuarenta y ocho horas inmediatamente anteriores al 1 de agosto de 1966 a juzgar por sus acciones, su toma de decisiones en serie y sus elecciones, hay poca o ninguna evidencia directa de que Charles Whitman estuviera mental o físicamente afectado durante aquel día en el que mató a diecisiete personas.
El primer día de agosto de 1966, el campus de la Universidad de Texas en Austin se convirtió en el escenario de uno de los episodios más siniestros de la historia criminal contemporánea. En el transcurso de poco más de una hora y media, un estudiante de ingeniería de 25 años, llamado Charles Joseph Whitman transformó la tradicional Torre de la Universidad de Texas/Austin un nido de francotirador y sembró el terror en toda la ciudad.
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Lo que había comenzado antes del amanecer como una serie de decisiones meticulosas se transformó, al llegar el mediodía, en una masacre que marcaría un punto de inflexión en la seguridad universitaria y en la forma en que la sociedad estadounidense padeció la violencia en espacios públicos.

El raid de violencia producido por Whitman no empezó en el campus, sino en la intimidad de su propio círculo familiar. En la madrugada de ese 1 de agosto, alrededor de las 3 de la mañana, se dirigió al apartamento de su madre, Margaret Elizabeth Whitman, cerca del centro de Austin. Allí la asesinó con frialdad, dejándola en su cama como si aún estuviera dormida.
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Tres horas más tarde, ya de regreso en su casa del sur de la ciudad, entró en la habitación donde dormía su esposa Kathleen y la asesinó, también con el método silencioso.
Entre ambos crímenes, dejó escritas varias notas donde intentaba explicar sus acciones, aunque ninguna logró armar una conclusión definitiva para explicar sus motivaciones. Luego comenzó a preparar lo que sería su ataque más devastador. Cargó una carretilla con un baúl que contenía un arsenal: rifles, escopetas, pistolas, cerca de 700 cartuchos de municiones, un machete y otros suministros básicos para sobrevivir, como si hubiera pensado en un estadía prolongada en la Torre de la Universidad. El equipamiento, cuidadosamente seleccionado, daba cuenta de una planificación que había madurado durante días.
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Hacia las 11:30 de aquella mañana, vestido con ropa de trabajo para simular ser un empleado de mantenimiento, Whitman ingresó en la planta baja de la Torre de la Universidad de Texas. Utilizó el ascensor para llevar su baúl hasta el piso veintisiete y, desde allí, cargó el equipo por tres tramos de escaleras hasta llegar a la plataforma de observación del piso veintiocho, que era el punto más alto de la ciudad en ese momento.
Su primera víctima en el campus fue la recepcionista que trabajaba en la entrada de la plataforma: no tuvo oportunidad de reaccionar. Minutos después, una familia de turistas que intentaba acceder al mirador se cruzó en su camino. Con una escopeta modificada, Whitman disparó contra ellos en una escalera: dos murieron en el acto y otros dos quedaron gravemente heridos. Apenas había comenzado.
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A las 11:48, Whitman salió a la plataforma exterior. La Torre estaba rodeada por una baranda de piedra con tres aberturas separadas por pequeñas columnas, y que él aprovechó como improvisadas fortalezas defensivas.
Desde allí, comenzó a disparar en todas direcciones sobre el campus y el distrito financiero circundante. Los primeros minutos fueron caóticos: nadie entendía de dónde provenían los disparos, y las víctimas caían en las veredas, en los jardines, incluso a varias cuadras de distancia.
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Durante noventa y seis minutos, el llamado “Francotirador de la Torre” disparó alrededor de 150 proyectiles. Las calles se vaciaron y el silencio roto por los tiros se mezcló con el sonido de sirenas que no sabían hacia dónde dirigirse.
A medida que pasaban los minutos, un fenómeno inusual comenzó a desarrollarse: decenas de civiles armados, al escuchar la noticia en radios locales, acudieron al campus con sus rifles de caza. Desde tejados, estacionamientos y ventanas, empezaron a devolver fuego hacia la Torre, intentando mantener la cabeza del tirador agachada. Nunca antes en la historia moderna de Estados Unidos un grupo espontáneo de civiles había participado de ese modo en un tiroteo en curso. Para algunos policías, la lluvia de balas complicó acercarse al edificio; para otros, fue lo que permitió que Whitman se viera forzado a atrincherarse en determinados puntos de la plataforma, limitando su ángulo de tiro.
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Todo terminó a la 1:24 de aquella tarde. Dos agentes del Departamento de Policía de Austin, Ramiro “Ray” Martínez y Houston McCoy, lograron llegar a la plataforma acompañados por un civil, Allen Crum, empleado de la cooperativa universitaria, y el oficial Jerry Day. Martínez avanzó por el costado noroeste mientras McCoy lo cubría. Un intercambio breve y violento puso fin al ataque: Whitman recibió disparos a quemarropa y cayó muerto en la esquina de la plataforma que había utilizado como fortaleza. El conteo de víctimas era devastador. Hubo 31 heridos de gravedad. Quince personas, incluyendo a la madre y a la esposa de Whitman murieron aquel 1 de agosto de 1966. Otra falleció una semana más tarde y otra, que había recibido un balazo, finalmente murió en 2001. El total fue de 17 muertos.
El impacto en la Universidad de Texas/Austin fue inmediato. La plataforma de observación fue cerrada por meses, primero para reparar los daños estructurales en la fachada y luego por temor a que se convirtiera en un símbolo macabro. En los años siguientes, la Torre volvió a ser noticia por una serie de suicidios cometidos desde la misma plataforma, lo que derivó en su cierre definitivo en 1974. No sería reabierta hasta el 1 de agosto de 1999, cuando la Universidad de Texas decidió inaugurar el Jardín Memorial de la Torre en honor a las víctimas y rodear el mirador con una malla de acero inoxidable para evitar nuevas tragedias.
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El tiroteo tuvo repercusiones profundas en el ámbito policial. Durante la crisis quedó en evidencia que el Departamento de Policía de Austin carecía de entrenamiento táctico, protocolos de comunicación claros y equipamiento adecuado para enfrentar una amenaza de esa magnitud. El episodio se convirtió en uno de los detonantes para la creación de los Equipos de Armas y Tácticas Especiales (SWAT) que hoy existen en la mayoría de los departamentos de policía de ciudades grandes. En Texas, la legislatura estatal aprobó en 1967 la formación de fuerzas policiales armadas en instituciones de educación superior, dando origen al Departamento de Policía de la Universidad de Texas.
Las consecuencias también alcanzaron al campo de la salud mental. El entonces gobernador John Connally creó una comisión de 32 expertos para analizar el caso en profundidad. Durante la autopsia, los médicos encontraron un pequeño tumor cerebral en Whitman, lo que abrió un debate que aún hoy no tiene resolución definitiva: si aquel crecimiento pudo haber alterado su comportamiento. La comisión jamás logró establecer una causa única para explicar lo que hizo Whitman.
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Sin embargo, una de sus recomendaciones fue clara: ampliar los servicios de asesoramiento y psiquiatría para estudiantes universitarios. La universidad respondió con la creación de un centro especializado que, décadas después, se convirtió en el Centro de Asesoramiento y Salud Mental de la Universidad de Texas, que ante episodios graves ofrece apoyo integral a estudiantes, familias y personal.
En 2016, en el 50° aniversario, se inauguró un monumento de granito rosa con los nombres de los diecisiete asesinados grabados en su superficie. La ceremonia no solo recordó a quienes murieron, sino también a los heridos, a los policías y a los civiles que, en medio del caos, intentaron detener la masacre. La Torre, con su altura imponente, dejó de ser solo un símbolo arquitectónico de Austin para convertirse también en un recordatorio de aquellos hechos trágicos provocados por Whitman.
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