
“Nunca imaginé que era una mercancía”.Así lo escribió Harriet Jacobs muchos años después, cuando la escritura pasó de ser un acto secreto a su arma.
Edenton, Carolina del Norte es un pueblo portuario con olor a madera húmeda. Harriet Ann Jacobs creció allí, en una casa de ventanas amplias, bajo la tutela de una ama que la vestía, la alimentaba y —a diferencia de lo común— le enseñaba a leer. Igual, Harriet era una niña negra esclava.
Tenía apenas seis años cuando su madre murió. Pero no fue arrojada a los campos de algodón como otras niñas afroamericanas. Su ama, Margaret Horniblow, era una mujer blanca sureña que caridad, piedad o tal vez vanidad la cuidó como si no fuese esclava. Harriet se sentaba a su lado, aprendía las letras, sostenía la aguja con manos pequeñas. ASí, Harriet creció en esa cocina soleada, entre sopas calientes y telas bordadas, del sur de Estados Unidos.
Sus primeros años como esclava
“Vivíamos juntos en un hogar confortable - escribió Jacobs años después-. Y aunque todos éramos esclavos, yo estaba tan protegida con tanto cariño que nunca soñé que era una mercancía.”

Nadie le hablaba del precio de una niña negra en el mercado de Charleston. Nadie le explicaba lo que significaba ser heredada como un mueble o un caballo. Nadie, todavía, la había llamado “propiedad”.
Todo se quebró en 1825. Margaret Horniblow murió sin cumplir su promesa de liberarla. No dejó testamento. Y Harriet, de doce años, fue entregada como herencia a una sobrina de la familia. Los Norcom.
Así comenzó otra vida. A los quince años, Harriet ya no era la niña con lazos en el cabello. En la casa de los Norcom, aprendió rápido que el silencio era su única defensa. El doctor James Norcom, médico blanco, comenzó a acosarla.
El acoso sexual que sufrió Harriet Jacobs
Se acercaba cuando no había nadie. Le rozaba el hombro al pasar. Le murmuraba obscenidades.“No me quitaba los ojos de encima - recordaría Jacobs-. Me recordaba que le pertenecía y juraba por Dios que me obligaría a someterme a él”.
Harriet dormía mal. Caminaba en puntas de pie. Escuchaba detrás de las puertas. Cualquier ruido podía ser el aliento del doctor. Cualquier sombra, su silueta. Pero lo peor estaba a seis kilómetros de distancia. Una casa de campo alejada y silenciosa.
“Está edificando una casa solo para mí”, le confió Harriet a una amiga.Lo supo por los trabajadores. Por las risas de los hombres blancos en la taberna. Por la mirada triunfal de Norcom. Quería aislarla y poseerla sin testigos.

Seis millas fuera de Edenton. Una casa de campo sin ventanas hacia el mundo, ni familia cerca, ni leyes, ni ojos.Un lugar donde la obediencia no sería una opción, sino la única condición para seguir respirando.
Harriet se lo contó a su abuela. La vieja Martha apretó los labios hasta hacerlos desaparecer. No lloró. No gritó. Dijo apenas: “No vas”.
Harriet eligió a un hombre blanco. No era una decisión tomada por amor. El nombre de él era Samuel Tredwell Sawyer. Abogado, joven y bien conectado. Pariente de gobernadores. Hombre de sonrisa clara y ojos que no gritaban. Tuvieron primero una relación clandestina y Jacobs tuvo dos hijos.
Los hijos de Harriet
Harriet lo eligió como se elige una salida, no una pareja. “Fue algo así como triunfar sobre mi tirano de esa manera tan pequeña. Estaba segura de que mi amigo me compraría.” Pero el plan no salió como ella había imaginado. El doctor Norcom no la vendió. “Ni por un millón”, repetía.
Harriet miraba a sus niños y se estremecía.“Me horrorizaba pensar que daría a luz a unos hijos que serían propiedad de mi déspota.”
Sawyer prometió ayudarla. Dijo que los compraría. Que los protegería. No cumplió. Se marchó. Entró al Congreso y la dejó.
Pero la joven esclavizada no pedía disculpas. No era eso lo que Harriet Jacobs quería contar.

La falsa fuga de Harriet Jacobs
Entonces, Jacobs fingió su fuga. Se ocultó en un espacio de menos de 3 metros de largo por 2 de ancho. La altura no superaba los 90 centímetros. Allí no se podía estar de pie. Solo arrastrarse. Respirar sin ser oída. Y esperar.
Ese ático estaba en la casa de su abuela Martha. Nadie sabía que Harriet vivía ahí. Ni siquiera sus hijos.
Desde una ranura abierta en la pared de madera, veía jugar a Joseph y Louisa en el jardín delantero. El agujero, hecho con sus propias manos, era un ojo hacia el mundo. Pero también una herida. “Verlos sin poder tocarlos fue el suplicio más cruel”, contó en su libro.
Afuera, el doctor Norcom publicaba avisos de esclava fugitiva. Ofrecía recompensas.
Harriet se movía por las noches. A veces escribía. A veces lloraba. “Estar viva” era ya bastante. Lo que tenía era tiempo, pero no libertad. Una celda sin barrotes, diseñada por ella misma. La ironía perfecta.
Pasó siete años allí. Harriet Jacobs se convirtió en otra cosa. En escritora del futuro. En una mujer que sobrevivía sin moverse.
Cuando Harriet salió del desván en 1842, no lo hizo como una mujer libre. Había vivido siete años agazapada, respirando a través de una hendija. Ahora debía correr.
Los niños ya no estaban. Joseph y Louisa habían sido enviados al Norte, comprados por Samuel Sawyer y alejados —al menos— del alcance de Norcom. Harriet no tenía nada que perder, y sí todo por encontrar.

La búsqueda de Harriet Jacobs
Primero Filadelfia. Luego Nueva York. Finalmente Rochester. En cada parada, una identidad nueva, un nombre falso, una dirección prestada. Había aprendido a moverse sin dejar huella.
Allí, en Nueva York, la recibió su hermano John. También fugitivo. También sobreviviente.
John la presentó al núcleo duro del movimiento abolicionista. Allí estaba Frederick Douglass, que dirigía el periódico The North Star. Allí también conoció a la pareja Cornelia y Nathaniel Parker Willis, blancos, acaudalados e influyentes.
Cornelia, sin ruido, hizo lo impensado: compró la libertad de Harriet.Harriet, agradecida, lloró. Pero también escribió:“La idea de ser comprada fue siempre dolorosa. Porque yo nunca me consideré una mercancía.”
Mientras tanto, otra mujer se cruzaba en su vida: Amy Post, abolicionista hacendada.
—Harriet, tu historia tiene que ser contada. Por vos. Nadie más.
Jacobs dudaba.—¿Quién va a leerme? ¿Quién va a creerme?
Pero la idea empezó a dar vueltas en la cabeza de Harriet. Y un día empezó a recordar y escribir.
Harriet Jacobs escribió en secreto. Cuando la casa de los Willis dormía. En un rincón de la cocina o junto a la lámpara tenue del pasillo, con el oído atento por si alguien bajaba. Sabía que su patrón, Nathaniel Parker Willis, era proesclavista. Sabía que si la descubría, podía perder su trabajo.
Al principio quiso dictarlo. Se lo ofreció a Harriet Beecher Stowe, autora blanca de La cabaña del tío Tom. Stowe rechazó el pedido. Le propuso tomar su historia y escribirla a su manera. Como ficción. Como parte de su novela.
Jacobs dijo no. “No voy a ser personaje de nadie. Voy a ser autora.” Así nació Linda Brent, su alter ego. Un nombre falso para contar la verdad. En el libro, el doctor Norcom se convierte en Flint. Samuel Sawyer en Sands. Pero la voz era suya.
El libro de Harriet Jacobs
Cuando el manuscrito estuvo listo, golpeó varias puertas. Todas cerradas. Hasta que una editorial —Thayer and Eldridge— le hizo una propuesta: publicarían su libro si conseguía un prefacio de la abolicionista Maria Child. Y lo consiguió.
Incidents in the Life of a Slave Girl, Written by Herself se publicó en 1861. En la antesala de la guerra. En medio del fuego. En contra de las reglas del decoro.
“Deseo fervientemente que las mujeres del Norte comprendan plenamente la condición de dos millones de mujeres del Sur, aún en esclavitud, sufriendo lo que yo sufrí, y la mayoría mucho peor.” Eran más que memorias. Era una denuncia. Una mujer negra que escribía sobre sexo, maternidad, dolor y deseo.
Nadie supo que aquella voz —que hablaba de abuso sexual, de hijos vendidos, de estrategias de resistencia femenina— no era ficción, ni alegoría, ni un artificio abolicionista. Era autobiografía.
Hasta que llegó Jean Fagan Yellin en la década de 1980. Esta historiadora feminista revisó archivos, cartas y rastreó a la familia Norcom y a los Sawyer. Y cuando todo encajó, dijo el nombre:“Fue Harriet Ann Jacobs”.
Desde entonces, el libro se lee como la primera autobiografía escrita por una mujer esclavizada que expone la violencia sexual como eje del sistema esclavista.
Su tumba está en el cementerio Mount Auburn, en Massachusetts. Una lápida sencilla. A su lado, la de su hija. Pero su voz ya no descansa.
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