
El 29 de mayo de 1982, Laurent Pétin la encontró desplomada sobre una butaca, la cara pálida, las manos heladas. En el suelo, una carta inconclusa: estaba dirigida a su hijo David, muerto un año antes atravesado por las puntas de una reja. No hubo autopsia. El certificado adujo un “paro cardíaco”. Nada más.
Cuarenta y tres años después, la muerte de Romy Schneider sigue sin explicación convincente. ¿Sobredosis? ¿Infarto? ¿Autoinmolación emocional lenta? En un mundo moderno, quizás habría tenido nombre: síndrome del corazón roto, un colapso provocado por el dolor insoportable. En su caso, el duelo por el hijo. Por el exmarido suicida. Por sí misma.
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En Francia, la recuerdan con ternura y tormento. Fue Nadine Chevalier en Lo importante es amar, una actriz venida a menos que rogaba: “No haga fotos, por favor. Soy actriz, puedo hacer buenos trabajos”. También fue Sissi Emperatriz, símbolo de una juventud que nunca fue del todo suya. Su madre era controladora. Romy Schneider fue “todo en la pantalla” y “nada en la vida”, según sus propias palabras.
Para Alain Delon, fue otra cosa: el gran amor de su vida. El primero. El más fuerte. El más triste. La fotografió muerta. Guardaba esas imágenes en su bolsillo. Dijo que dormía con ellas.
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Una herencia de sombras
Nació como Rosemarie Magdalena Albach-Retty en Viena, en marzo de 1938. Mientras Hitler desfilaba triunfante por la Heldenplatz, Magda Schneider —su madre— celebraba el ascenso nazi con un brindis silencioso desde una mansión bávara. No necesitaba esconderse. El nuevo régimen no representaba para ella un peligro: era un aliado.
Magda no fue una figura menor en el cine alemán de los años treinta. Rubia, elegante, hábil en los melodramas, se codeaba con la élite artística del Tercer Reich. Tenía, según los documentos fiscales, privilegios excepcionales: exención de impuestos, contratos con estudios afines al partido, acceso a círculos oficiales. Algunos biógrafos insinúan una cercanía íntima con Hitler.
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—Nunca me habló de eso. Pero lo sentía en el aire, como el polvo de los trajes viejos que no se sacuden —diría años más tarde Romy, en una entrevista casi inédita.
Su padre, Wolf Albach-Retty, también actor, la abandonó pronto. Le dejó una frase que Romy repetiría en terapia: “Tenés cara de rata, pero sos fotogénica”.
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Romy creció en Baviera, con su madre y su padrastro, Hans-Herbert Blatzheim, empresario al que detestaba. En sus diarios, escribía: “Que me mire me da asco”.
En el corset de una emperatriz
A los quince debutó en el cine con Lilas blancas, junto a Magda. Tenía 17 años cuando se calzó el corset y la tiara por primera vez para ponerse en la piel de Sissi, la emperatriz adolescente de Austria. Dirigida por Ernst Marischka, la película fue un fenómeno de posguerra. El público necesitaba ternura. Y ella, con su sonrisa de muñeca de porcelana y mejillas ruborizadas, era el bálsamo perfecto. La cinta se convirtió en un clásico inmediato.
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La trilogía de Sissi (1955–1957) convirtió a Romy en la “novia de Europa”. Pero odiaba el personaje, el control excesivo de su madre, el vestuario pesado, las reglas férreas del set. Quería huir.

En 1958 rechazó filmar una cuarta parte y aceptó rodar Christine, un melodrama francés. Aprendió el guion fonéticamente: no hablaba francés.
En el aeropuerto de Orly conoció a su coprotagonista, Alain Delon. Tenía 23 años y empezaba a ser una promesa. Ella pensó que era soberbio. Él la encontró aburrida. Se enamoraron de inmediato.
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La herida que nunca cerró
Vivieron en París, compartieron una obra de teatro con Luchino Visconti (Lástima que sea una puta). Se convirtieron en la pareja perfecta para la prensa. Lo tenían todo, juventud, talento, belleza y dinero. Se amaban con locura.
Romy Schneider y Alain Delon, desde 1958 hasta 1963, fueron algo más que una pareja: encarnaban el sueño europeo.
En 1963, mientras Romy estaba en Los Ángeles filmando Préstame a tu marido, Delon se esfumó. Se fue a México con Nathalie Barthélémy, su nueva pareja, ya embarazada. A Romy le dejó un ramo de rosas Baccara y una nota imposible de digerir: “Me fui a México con Nathalie. Mil cosas. Alain.” Nueve palabras. Un abandono sin explicación, sin dar la cara.
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Ella regresó a París estupefacta. Se encerró. Lloró. Se alcoholizó. Vomitó. Al poco tiempo, recibió otra carta deprimente. “Te devuelvo tu libertad dejándote mi corazón. La razón me obliga a decirte adiós.”

Delon se casó con Nathalie, nació Anthony, su primer hijo. Y Romy, mientras tanto, se hundió en adicciones, en noches largas de insomnio, en una tristeza que había calado profundo. Pero no dejó de trabajar. Filmó La ladrona, La piscina, Las cosas de la vida. Cada papel era un reflejo de su estado emocional.
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En La piscina (1969), dirigida por Jacques Deray, volvió a compartir pantalla con Delon. Un thriller psicológico bajo el sol de Saint-Tropez, en la Riviera francesa. Romy, como Marianne; Delon, como Jean-Paul. Ex amantes en la ficción. Ex amantes en la vida real. En la primera escena, ella le pide que le rasque la espalda. Él lo hace. Después, la empuja a la pileta.

No se reconciliaron como pareja. Pero nunca se soltaron del todo. Delon siguió su camino. Se divorció de Nathalie. Se enredó con Mireille Darc, luego con otras mujeres. Tuvo más hijos. Ella, en cambio, se casó con Harry Meyen, un actor alemán atormentado por su pasado en los campos de concentración. Tuvieron un hijo, David, en 1966. El matrimonio terminó mal. Él se suicidó en 1979.

Lo importante es amar
En 1975, aceptó un papel dramático: Nadine Chevalier en Lo importante es amar, de Andrzej Żuławski. Romy encarnó a una actriz alcohólica, emocionalmente quebrada, que sobrevive filmando cine erótico de cuarta mientras arrastra un matrimonio tóxico. En el guion no había glamour, ni redención, ni belleza. Era carne viva.
Fue su papel más logrado y, a su vez, el más doloroso. Ganó el Premio César a Mejor Actriz, el primero de su carrera. La crítica se rindió ante su crudeza, su entrega absoluta. El público francés, que ya la amaba, la confirmó como la gran actriz dramática de su generación.

Pero algo se quebró. Terminó el rodaje y cayó en un pozo depresivo. No podía desprenderse de Nadine. Tomaba como Nadine. Lloraba como Nadine. Dormía mal como Nadine. Intentó seguir adelante. Filmó Una historia simple (1978), por la que ganó otro César. Luego, se casó con su secretario, Daniel Biasini, con quien tuvo a su hija Sarah. Pero ya no era la misma.
David: el golpe final
En julio de 1981, David Meyen, su hijo de 14 años, murió al quedar atravesado en la reja de la casa de sus abuelos paternos. En su intento por trepar y saltar del otro lado, resbaló y cayó. Las puntas metálicas lo atravesaron. Una perforó la arteria femoral.
David Meyen, murió horas después en el hospital. Romy estaba filmando en ese entonces Testimonio de mujer. Simone Signoret la animó a terminar el trabajo. Terminar la película era una forma de no morir con él. En el set, Romy leía las cartas que le escribía a su hijo en voz alta. En entrevistas, denunció que dos periodistas se disfrazaron de enfermeros para fotografiar el cadáver.
—¿Dónde está la moral? ¿Dónde está el tacto? — interpeló ante cámara.
En su diario escribió: “He enterrado al padre y he enterrado al hijo, pero nunca los he abandonado y ellos tampoco me han abandonado a mí.”
La madre con la que nunca se reconcilió no se presentó en el funeral. El padrastro había muerto. Su pareja, Laurent Pétin, intentaba contenerla. Nada era suficiente.
La última carta, la última foto
29 de mayo de 1982. Eran las once de la mañana cuando Laurent Pétin la encontró sentada en una butaca, con el cuerpo inerte, las manos frías y el rostro pálido. Sobre el escritorio había una carta inconclusa para David. A su alrededor, botellas vacías. Frascos de medicamentos. Pero ningún desorden visible. Todo estaba quieto. El acta de defunción decía: “paro cardíaco”. No hubo autopsia. El fiscal del caso dijo que no era necesaria. La familia no pidió otra versión. Romy tenía 43 años.

Claude Pétin, su amiga, declaró que Romy no estaba deprimida, que no había alcohol ni barbitúricos. Pero la hipótesis de suicidio se impuso.
Delon no asistió al entierro, pero organizó todo. Apenas murió, le dedicó estas palabras: “Te miro dormir. Estoy contigo, junto a tu cama. Estás usando una larga túnica negra y un bordado rojo en el corpiño. Éstas son flores, creo, pero no me fijo en ellas. Voy a decirte adiós, la despedida más larga, mi puppelé. Así es como te llamaba, ‘pequeña muñeca’, en alemán. No miro las flores, sino tu rostro y creo que sos hermosa. También creo que esta es la primera vez en mi vida, y en la tuya, que te veo tranquila y calmada. Estás tan callada, sos tan fina, qué hermosa sos. Parece que una mano suavemente te limpió el rostro de todas las tensiones, de todas las ansiedades del infortunio”.
El actor también confesó que le sacó tres fotos con su Polaroid en el lecho de su muerte. Las guardaba en su cartera. No se las mostró a nadie. "Romy fue el gran amor de mi vida, el primero, el más fuerte, pero también, desgraciadamente, el más triste”, explicó el actor, quien cerró sus ojos azules el 18 de agosto de 2024, a los 88 años.
Magda Schneider tampoco fue al entierro. Murió en 1996, en Alemania.
En 2017, la tumba de Romy Schneider fue profanada. Nadie explicó por qué. Hoy, a 43 años de su muerte, su imagen, historia y tragedia personal aún conmueven.
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