
La multitud empezaba a levantarse de sus asientos cuando el infierno se desató. Eran las 22:31 del lunes 22 de mayo de 2017. El último acorde del concierto de Ariana Grande en el Manchester Arena acababa de sonar. Entonces, una explosión violenta sacudió el área del vestíbulo del estadio. Las gradas se convirtieron en un campo de guerra. En segundos, la euforia adolescente fue reemplazada por el pánico, el caos, la confusión. Todo quedó registrado en las cámaras que, minutos antes, habían captado una fiesta del pop.
Salman Abedi, un joven de 22 años nacido en Manchester y de familia libia, había activado un explosivo de fabricación casera escondido en su mochila. En la detonación perdieron la vida 22 personas y resultaron heridas más de 100. Se trató del ataque terrorista más mortífero en el Reino Unido desde los atentados del 7 de julio de 2005 en Londres. Abedi, influenciado por la ideología del Estado Islámico, se convirtió en el único atacante pero no el único responsable.

Los primeros en responder fueron los propios asistentes, padres desesperados corriendo entre escombros, adolescentes desorientados cubiertos de polvo, celulares filmando escenas que muchos aún no lograban comprender. Sharon Hartley, que esperaba en su auto a su hija de 14 años, atendió la llamada más difícil de su vida: “Mami, ¿dónde estás?”. Supo, al oír su voz quebrada, que algo irreversible había sucedido. “Pude oír el auténtico terror en su voz”, dijo a la BBC.
Rachel, otra madre presente, describió la estampida con una imagen que la perseguirá para siempre: “Había gente aplastada en el suelo”. Gary Walker, de Leeds, esperaba a sus hijas cuando lo alcanzó la metralla: “Sentí un dolor en el pie y la pierna. Mi esposa, herida en el abdomen, cayó junto a mí”. Las víctimas eran en su mayoría niñas, adolescentes y sus padres.
El dolor de Ariana Grande
Cuando Ariana Grande abordó su avión privado tras el atentado, apenas podía pronunciar una palabra. La joven cantante, de 23 años, no había resultado herida, pero su vida había cambiado de forma definitiva. Horas después del ataque, escribió en su cuenta de Twitter una frase breve y devastadora: “Destrozada. Desde el fondo de mi corazón, lo siento mucho. No tengo palabras”.

La gira Dangerous Woman Tour quedó suspendida. Ariana se retiró en silencio, afectada por las vidas perdidas al final de su espectáculo. Semanas más tarde, reapareció en público en un contexto completamente distinto: regresó a Manchester para abrazar, uno por uno, a sus fans heridos. Lo hizo sin cámaras ni discursos. De corazón. En el Royal Manchester Children’s Hospital, le extendió los brazos a Lily Harrison, una niña de ocho años que sonrió por primera vez en días. También conversó con Millie, a quien la Reina Isabel II, con un llamativo sombrero anaranjado, le había preguntado si sus piernas se habían visto afectadas y si le había gustado el concierto. “Sí, fue muy bueno”, respondió la adolescente sonriendo.

El encuentro más conmovedor fue con Jaden, otra menor herida. Su padre, Peter Mann, relató después: “Nunca la vi tan feliz. Hasta yo mismo lloré”. Ariana no solo reconfortó a los heridos, también habló con las enfermeras y el personal médico. Era el preludio de lo que vendría: un gesto colectivo de homenaje. “Regresaré a la increíble ciudad de Manchester para pasar tiempo con mis fans y para dar un concierto benéfico con el fin de recaudar dinero para las víctimas y sus familias”, anunció.
El 4 de junio de 2017, menos de dos semanas después del atentado, el campo de cricket de Old Trafford fue el escenario de One Love Manchester, un concierto benéfico que reunió a algunas de las figuras más importantes del pop mundial: Justin Bieber, Coldplay, Katy Perry, Miley Cyrus, entre otros. El concierto empezó a las 19:00 con un estadio repleto y fuerte presencia policial. Muchos artistas locales de la misma ciudad como Liam Gallagher, Take That o Robbie Williams también estuvieron presentes. Paul McCartney y otros artistas enviaron mensajes de apoyo en video al no poder presentarse allí en persona.

Ariana encabezó el evento con un tono solemne. Entre lágrimas, cantó Somewhere Over the Rainbow. En la audiencia, padres abrazaban a hijos sobrevivientes. Muchos llevaban camisetas con los nombres de los fallecidos. La artista, que confesó sentirse “extraña e inhumana” al moverse con escolta permanente desde entonces, explicó: “Me quiero escapar con mis amigos, ser libre. Pero cuando pasan cosas así, cambia tu manera de pensar”.
El 14 de junio del mismo año, el Ayuntamiento de la ciudad de Mánchester ofreció el título a la cantante de Ciudadana Honoraria por su contribución de 10.3 millones de libras que recaudó en el concierto para después ser donados a fundaciones de emergencia de Mánchester y Londres.
El hermano ausente que lo sabía todo
Cuando Salman Abedi detonó la bomba en el Manchester Arena, su hermano menor, Hashem Abedi, no estaba en Inglaterra. Había volado a Libia un mes antes del atentado. Pero no huyó: simplemente se alejó después de ayudar a planear la masacre.

Durante dos años, la justicia británica trabajó en silencio. En julio de 2019, Hashem fue extraditado y arrestado en Londres, en un operativo de máxima seguridad. En la celda de Belmarsh, una de las prisiones más resguardadas del Reino Unido, esperó el inicio de un proceso judicial que lo pondría frente a los familiares de las 22 víctimas.
El 20 de agosto de 2020, el tribunal penal de Old Bailey dictó sentencia: 55 años de prisión por participación en el atentado suicida. Hashem, de 23 años, se negó a entrar a la sala. Tampoco estuvo presente su defensa legal: había decidido prescindir de sus abogados. Permaneció invisible, tal como había estado en el momento de la explosión.
El juez Jeremy Baker fue categórico: “Estos fueron delitos atroces, mortíferos en su intención y con espantosas consecuencias”. Aunque Salman fue el ejecutor, Hashem tuvo una “participación integral en la planificación”, agregó. No hubo dudas. Lo que los unía era una ideología violenta, forjada en el seno de una familia de origen libio instalada en Manchester. Ambos habían preparado el artefacto explosivo y elegido el blanco. Solo uno apretó el detonador.

La condena marcó un hito: era la primera vez que un miembro no ejecutor de un atentado suicida recibía una sentencia de esa magnitud en el Reino Unido. Aun así, por haber sido menor de 21 años al momento del crimen, Hashem evitó la cadena perpetua íntegra.
Las fallas del MI5
Cinco años después del atentado, una investigación independiente puso bajo la lupa a la inteligencia británica. El documento final, dirigido por el juez retirado John Saunders, no dejó lugar a eufemismos: el MI5, la agencia de seguridad interna del Reino Unido, no actuó con la rapidez necesaria para impedir el ataque en Manchester.
Según el informe, hubo dos señales clave de alerta en torno a Salman Abedi. Una de ellas llegó a conocimiento de un agente de inteligencia apenas días antes del atentado. El funcionario consideró la información relevante para la seguridad nacional, pero no la compartió ni emitió ningún informe. Esa demora crítica fue, en palabras del magistrado Saunders, una “oportunidad potencialmente crucial” perdida. Había una “posibilidad realista” de haber detenido a Abedi si se hubieran tomado decisiones a tiempo.
“Como resultado de estos fallos, como mínimo, se perdió la posibilidad real de prevenir este atentado. Es una conclusión devastadora para nosotros”, dijo Saunders en su presentación ante la Corte de Magistrados de Manchester. Uno de los detalles más significativos fue que Abedi había regresado del extranjero solo cuatro días antes del ataque, proveniente de Libia, y su paso por el aeropuerto de Manchester no generó ningún tipo de acción preventiva, pese a su historial.
El propio jefe del MI5, Ken McCallum, emitió una declaración televisada inusual. “Estoy profundamente apenado de que el MI5 no impidiera el ataque. Reunir información de inteligencia encubierta es difícil, pero si hubiéramos logrado aprovechar la escasa oportunidad que tuvimos, los afectados podrían no haber experimentado una pérdida y un trauma tan atroces”, expresó.
El informe reveló también que Abedi había sido “sujeto de interés” para los servicios de seguridad en 2014, pero su caso fue cerrado por considerarlo “de bajo riesgo”.
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