La vida de Oskar Schindler, el hombre que pasó de colaborador nazi a salvar más de mil judíos durante el Holocausto

Su primer acercamiento a los seguidores de Adolf Hitler. Y su giro cuando conoció el horror. Cómo hizo, junto a su esposa Emilie, para confeccionar la lista salvadora

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Oskar Schindler junto a Ludmila
Oskar Schindler junto a Ludmila Pfefferberg-Page juntos en Munich, en 1946

El 28 de abril de 1908 nació en Zwittau, una pequeña ciudad de Moravia que en ese momento era parte del Imperio Austrohúngaro. Se llamaba Oskar Schindler y, aunque su nombre no diría mucho durante sus primeros años —ni siquiera durante gran parte de la Segunda Guerra Mundial—, se convirtió en un símbolo de humanidad en medio de la barbarie.

Hoy, a 117 años de su nacimiento, recordarlo es un acto de memoria activa. Especialmente en estos días, cuando el calendario hebreo marca el Yom HaShoá, el día en que se honra la memoria de los seis millones de judíos asesinados en el Holocausto; Yom HaZikaron, el homenaje a los caídos en las guerras y víctimas del terrorismo; y Yom Haatzmaut, la celebración de la independencia del Estado de Israel. Todos conmemorados entre la última semana y la que comienza.

Pero este recorrido no ocurre en el vacío. Pasaron más de 18 meses desde el 7 de octubre de 2023, cuando el grupo terrorista Hamas llevó adelante uno de los ataques más brutales y despiadados contra la población civil israelí: más de mil muertos, atrocidades inenarrables y cientos de secuestrados que al día de hoy siguen desaparecidos. Desde entonces, el antisemitismo —ese veneno que parecía latente— se reactivó con fuerza en muchos rincones del mundo, disfrazado de ideología, amplificado por redes sociales, naturalizado por discursos que pretenden justificar lo injustificable.

Schindler eligió ver, eligió actuar, y su gesto solitario —en medio de la maquinaria nazi— salvó a más de mil personas del exterminio.

Oskar Schindler en una entrevista
Oskar Schindler en una entrevista realizada por la agencia de noticias UPI

De vendedor a empresario nazi

Schindler nació en el seno de una familia católica. Su padre, dueño de una fábrica de maquinaria agrícola, esperaba que el joven siguiera sus pasos. Pero Oskar era un alma inquieta, más interesado en las fiestas, las mujeres y los negocios rápidos que en la vida empresarial tradicional. Antes de convertirse en empresario, se probó en diversos oficios: fue vendedor, mecánico y director de una escuela de manejo. En 1928, se casó con Emilie Pelzl, una joven de familia acomodada, con quien mantendría una relación marcada por largas separaciones y tensiones. Se casó joven, pero nunca fue un hombre de hogar. Viajó, vendió electrodomésticos, automóviles y repuestos, y fue testigo del ascenso del nazismo en Alemania.

A comienzos de la década del treinta, Schindler adhirió al Partido Alemán de los Sudetes, que representaba a la minoría germanoparlante de Checoslovaquia. Poco después, se sumó a la Abwehr, el servicio de inteligencia militar del Tercer Reich. Como espía, brindó información clave que facilitó la invasión alemana de Checoslovaquia y Polonia. Su afiliación al nazismo, más pragmática que ideológica, respondía a una ambición personal: crecer en un régimen donde la lealtad al partido abría puertas y garantizaba negocios.

En 1939, con el estallido de la guerra y la invasión alemana a Polonia, Schindler vio una oportunidad: con contactos en las SS y el partido nazi, aprovechó las leyes raciales nazis para adquirir a bajo costo una fábrica de esmaltados en Cracovia, la Deutsche Emailwarenfabrik (DEF) o Emalia, que producía utensilios esmaltados para el ejército alemán. Su plantel estaba integrado mayormente por trabajadores judíos, elegidos no por compasión, sino porque resultaban más económicos: la mano de obra judía, barata y abundante en el gueto de la ciudad, le permitió hacer un negocio rentable. En ese entonces, su motivación parecía exclusivamente económica. Sin embargo, lo que comenzó como una estrategia comercial derivó en una transformación profunda: horrorizado por el trato brutal que recibían sus empleados, Schindler se propuso protegerlos a toda costa.

Más de mil nombres figuran
Más de mil nombres figuran en 19 páginas estrechamente mecanografiadas, más de mil judíos que escaparon de la maquinaria asesina de los nazis alemanes durante la Segunda Guerra Mundial porque el empresario Oskar Schindler los declaró trabajadores esenciales para la guerra en su fábrica

El giro: de cómplice a salvador

Lo que sucedió después es difícil de explicar sin apelar al misterio de la conciencia humana. Schindler, que al principio se beneficiaba del sistema, fue testigo de su brutalidad. Vio cómo deportaban a sus trabajadores. Vio las redadas, las ejecuciones en plena calle, el traslado forzoso al campo de concentración de Plaszow. Vio cómo los nazis convertían a los seres humanos en números.

Y algo cambió.

En 1944, cuando los nazis comenzaron a liquidar los campos de concentración en Polonia, Schindler maniobró para salvar a su gente. Simulaba necesidades productivas para evitar que los enviaran a la muerte. Elaboró, junto con su contador Itzhak Stern y el oficial Marcel Goldberg, la famosa lista que contenía 1.200 nombres. Sobornó a oficiales de las SS, manipuló registros y convenció a la burocracia nazi de trasladar a sus trabajadores a una nueva fábrica en Brünnlitz, en la actual República Checa, evitando así su exterminio.

Durante meses, mantuvo con vida a cada uno de ellos, mientras el Tercer Reich se desmoronaba. Les conseguía comida, medicinas, ropa. Les daba esperanza. Vendió todo lo que tenía. Terminó la guerra sin fortuna, sin prestigio, con el único capital de haber salvado a más de mil personas.

La paz no fue fácil para Schindler. En Alemania fue visto como un traidor; fue arrestado varias veces por las autoridades aliadas debido a su pasado como miembro del partido nazi, pero fue liberado gracias al testimonio de los judíos que había salvado. En Argentina, donde vivió durante un tiempo, intentó comenzar de nuevo pero los negocios fracasaron. Volvió a Europa, empobrecido y con problemas de salud. Fue ayudado por algunos de los “Schindlerjuden”, como se autodenominaban los sobrevivientes, y terminó viviendo gracias a las donaciones de esa comunidad.

Emilie Schindler murió en el
Emilie Schindler murió en el 2001 a los 93 años (REUTERS/Rickey Rogers)

Murió en 1974 en Hildesheim, Alemania Occidental. A pedido suyo, fue enterrado en Jerusalén, en el cementerio católico del Monte Sion. Es el único miembro del Partido Nazi enterrado en este cementerio, un honor reservado para quienes fueron considerados Justos entre las Naciones. Su tumba, sencilla, está siempre cubierta de piedras que los visitantes —judíos y no judíos— dejan en señal de respeto.

En Israel, cada uno de los descendientes de los Schindlerjuden lleva consigo una deuda impagable. Son miles los que viven gracias a esa lista. Una lista que no fue sólo un papel. Fue un muro contra la muerte.

Emilie, la compañera invisible

No fue sólo Oskar. Emilie Schindler, su esposa desde 1928, fue parte fundamental en el rescate de los trabajadores judíos. En la fábrica, cuidaba a los enfermos, repartía medicamentos, compartía su comida y escondía a quienes estaban en peligro. En más de una ocasión, arriesgó su vida para protegerlos. Cuando la fábrica fue trasladada a Brünnlitz, ella organizó una enfermería improvisada y consiguió alimentos en condiciones casi imposibles.

Después de la guerra, emigraron juntos a Argentina en 1949, con ayuda de organizaciones judías. Se establecieron en San Vicente, en la provincia de Buenos Aires, donde intentaron criar pollos y cultivar la tierra. Pero el proyecto no prosperó, las deudas se acumularon y en 1957 Oskar volvió solo a Alemania. Emilie, en cambio, se quedó. Vivió con lo justo, olvidada por décadas, hasta que la historia resurgió con el libro de Thomas Keneally y la película de Steven Spielberg.

La película dirigida por Steven
La película dirigida por Steven Spielberg y logró capturar a sus espectadores fue protagonizada por Liam Neeson, Ralph Fiennes y Ben Kingsley

Fue entonces cuando recibió algunos reconocimientos —como una pensión del gobierno alemán y homenajes públicos—, aunque siempre dijo que no buscaba honores. En una entrevista desde su casa humilde de San Vicente, respondió con calma: “Nunca hice nada extraordinario. Sólo ayudé a personas que necesitaban vivir”. Murió en 2001, a los 93 años, en Berlín, pero su historia también forma parte de esa lista que venció a la muerte.

El legado que no termina

La historia de Oskar Schindler fue reconocida en 1963 por Yad Vashem –el Centro Mundial de Conmemoración de la Shoá en Jerusalén–, que lo declaró Justo entre las Naciones. Pero fue recién con la novela de Thomas Keneally, El arca de Schindler, y más aún con la película de Steven Spielberg en 1993 —La lista de Schindler— que su figura se hizo conocida a nivel mundial.

Hoy, cuando el mundo vuelve a polarizarse, cuando los discursos de odio ganan terreno, cuando la memoria de la Shoá es negada o relativizada, cuando los nombres propios vuelven a ser víctimas del antisemitismo y del terrorismo, el gesto de Schindler sigue siendo incómodo y urgente. Recordarlo es una forma de resistencia. Un acto de fe en el poder de un sólo ser humano para hacer la diferencia.

Eligió salvar vidas en un mundo que las destruía. En el film de Spielberg se cita una frase del Talmud que representa a Schindler: “Quien salva una vida, salva al mundo entero.”

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