La terrible leyenda de la mujer que vivió casi toda su vida embarazada: los 27 partos y 69 hijos de Valentina

La mujer de apellido Vassilyev vivió en un pueblo perdido de Rusia en el 1700. Los testimonios que se conocen de su partera. Y los debates de cómo su cuerpo aguantó tantos nacimientos

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Valentina madre rusa 69 hijos
Valentina fue protagonista de 27 partos

El humo del horno de leña le daba calor al ambiente de la casa. Afuera, la nieve no paraba de caer. Adentro, una mujer grita. La comadrona, con los dedos manchados de sangre y grasa de cerdo, mira el balde con agua tibia que ya se enfrió. El marido espera en el umbral, cruzado de brazos. Es 1765. Es Rusia. Es el vigésimo séptimo parto de Valentina Vassilyev.

—Uno más, ¡viene uno más! —dice la partera, agachada entre las piernas de la mujer. —¿Gemelos? —pregunta el marido, resignado. —¡Cuatrillizos, Feodor! Cuatrillizos otra vez.

La mujer no contesta. Aprieta los dientes. Mira el techo de la casa que tiene el hollín del humo de la cocina a leña. En la habitación, el silencio se interrumpe solo por los jadeos y el crujido de la madera. Y luego, por un primer llanto. Después, otro. Y otro más.

Valentina madre rusa 69 hijos
Una imagen del archivo ruso sobre la familia de Valentina

El cuerpo como destino

Valentina Vassilyev había nacido en un rincón fuera de los mapas en la región rusa de Ivánovo, al noreste de Moscú, en las primeras décadas del siglo XVIII. Su infancia fue breve. Su pubertad, apenas un trámite. A los catorce, ya era esposa. A los quince, madre. Y a los veinte, un fenómeno muy seguido por todos sus vecinos. Estuvo casi toda su vida embarazada.

No hay retratos. No hay cartas. No hay nombre de soltera. Su identidad está vinculada a un sólo dato escalofriante: dio a luz a 69 hijos en 27 partos.

Según los registros atribuidos al Monasterio de Nikolsky, entre 1725 y 1765 nacieron en su casa 16 pares de gemelos, 7 trillizos y 4 cuatrillizos. Solo dos murieron en la infancia, lo que da una tasa de supervivencia excepcional para la época.

Una mujer promedio, incluso con embarazos continuos, difícilmente podría tener más de 20 hijos en su vida fértil. Pero Valentina multiplicó esa cifra por más de tres. No por voluntad. Por mandato, por contexto, por destino.

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Algunas de las ilustraciones que se hicieron tras el relato de la vida de Valentina

Nieve, rezos y hambre

Shuya, el pueblo de Valentina, era una comunidad de casas bajas, con techos cubiertos de nieve ocho meses al año. Las mujeres se tapaban la cabeza con pañuelos. Los hombres morían jóvenes. El vodka era alivio para ellos.

En ese contexto, Valentina no fue una excepción. Fue la regla llevada al extremo. Las mujeres del pueblo evitaban su casa. No por odio. Por miedo. Decían que su útero era un pozo sin fondo. Que su leche alimentaba hasta a los hijos de otras. Que Dios la había bendecido, o maldecido. Todo al mismo tiempo. Nadie se acercaba ni ayudarla con su ejército de hijos.

La comadrona que la asistió en más de diez partos —una vieja con manos arrugadas y llena de marcas por su trabajo— decía que Valentina “tenía un cuerpo que no descansaba nunca”. Y que, al parir, no gritaba. Solo respiraba hondo y los bebés salían a la vida.

Feodor, el patriarca

Feodor Vassilyev era campesino. Pobre. Religioso. Apenas sabía leer. Pero tenía ambición. Cuando su primera esposa, Valentina, murió, se volvió a casar. Con la segunda mujer tuvo 18 hijos más. En total: 87 descendientes.

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Los hijos de Valentina y Fedor se convertían en fuerza de trabajo de la familia

Los hijos eran fuerza de trabajo, garantía de subsistencia. Cuantos más, mejor. Labrar, sembrar, cortar leña, arrear cabras. Todos cumplían una función. Ninguno se llamaba Ivan, porque Feodor odiaba ese nombre. Tres se llamaban Pavel. Cuatro, Nikolai.

Ninguno fue famoso. Ninguno escribió memorias. Pero su existencia está registrada en archivos que hoy se conservan en la Biblioteca Histórica Rusa y en viejas publicaciones europeas del siglo XVIII.

El Monasterio de Nikolsky y el dato inmortal

La historia no habría sobrevivido sin los monjes. En 1782, una carta fue enviada desde Moscú a San Petersburgo, destinada al Senado Imperial. En ella se describía el caso de Valentina Vassilyev, con nombres, fechas y una lista exhaustiva de partos múltiples.

El año siguiente, el informe fue reproducido por The Gentleman’s Magazine, una publicación británica que mezclaba ciencia, curiosidades y chismes de la aristocracia. El texto hablaba de una mujer rusa que “había dado a luz a 69 hijos, todos vivos excepto dos”. También mencionaba que la Academia Francesa estaba estudiando el caso.

La noticia se expandió como un fuego lento. En París, el ginecólogo Pierre Baudelocque escribió un ensayo sobre fertilidad múltiple y citó el caso como “inusual, pero no imposible”. En Viena, se discutió en las clases de medicina. En Moscú, los burócratas callaron.

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Otra imagen basada en la historia de Valentina

¿Qué puede un cuerpo soportar? En el siglo XXI, la medicina sugiere que tener más de veinte partos es un riesgo extremo. Desgarros, hemorragias, prolapsos, infecciones. Pero Valentina, según los reportes, no solo sobrevivió. Crió a sus hijos. Los alimentó. Los puso de pie.

Los escépticos sostienen que el relato tiene más de fábula que de registro. ¿Por qué no hay dibujos, testimonios, lápidas? ¿Cómo es posible que un caso así no haya sido estudiado con más rigor? La explicación puede estar en el lugar y el tiempo. Rusia era un imperio inmenso, mal comunicado, con tasas de analfabetismo cercanas al 90%. Lo oral era ley. Y lo extraordinario, sospechoso.

El parto como castigo o milagro

En la teología ortodoxa, el parto es penitencia por el pecado original. Las mujeres deben parir con dolor, como Eva. Pero también pueden alcanzar la redención a través de la maternidad. Valentina fue vista por algunos como una santa viviente, por otros como una bestia de carga.

El sacerdote local, según una crónica de 1791, solía bendecir su casa cada vez que nacía un nuevo hijo. “No porque fuera santa —decía—, sino porque en ella vivía el misterio de la fecundidad”. En los cuentos populares, los hijos de Valentina se volvían soldados, caminaban en fila de a ocho, hablaban al unísono.

Historiadores modernos han intentado comprobar el caso. Algunos lo descartan por falta de pruebas médicas. Otros, como el doctor Alexander Avdeyev, experto en demografía histórica rusa, creen que la cifra puede ser real, aunque inflada por errores de transcripción o supersticiones.

“Lo que no podemos negar —dice Avdeyev— es que el caso está documentado en múltiples fuentes. Y que no hay evidencia de que se trate de una invención total”. El Libro Guinness de los Récords lo incluye en su listado desde 1980, pero con una advertencia: “No se ha podido verificar la historia con documentación oficial contemporánea”.

Hijos sin historia

De los 69 hijos de Valentina, no hay biografías. No hay apellidos conocidos. Solo números. Uno fue soldado en Crimea. Otro, panadero en Moscú. Otro, tal vez, murió en un incendio. Todos vivieron sin saber que eran parte de una anomalía estadística. O tal vez sí lo sabían, y lo callaron.

En una carta rescatada del archivo regional de Vladimir, un funcionario escribe: “Pasé por Shuya y vi a uno de los hijos de Vassilyev. Decía tener 18 hermanos solo por parte de madre. Todos vivos. No sabía leer, pero sabía contar hasta cien. Y se reía cuando le preguntaban por su familia.”

En Shuya no hay una placa que recuerde su existencia. Pero quizás, en alguna familia rusa de apellido Vassilyev, corre la sangre de alguno de esos 69 niños sin historia.

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