
La redada en el pub Stonewall del barrio de Greenwich, ocurrida hace 55 años, se recuerda como un punto de inflexión en la lucha por los derechos de la comunidad LGBT, que hasta entonces vivía oprimida, perseguida y castigada de mil formas. La madrugada del 28 de junio de 1969, cuando unas 200 personas -entre ellos hombres gays, lesbianas, drag queens y personas transgénero- fueron expulsadas de este reducto y se rebelaron por primera vez contra las autoridades. De arrojarles pequeñas monedas pasaron a arrojar objetos -piedras y botellas- y manifestarse como nunca antes lo habían hecho. Ellos, que vivían perseguidos por la policía, esa noche se convirtieron en una amenaza, ya que los agentes debieron refugiarse dentro del pub. Se trató de una revuelta espontánea, producto del avasallamiento, discriminación y violencia permanente de la que eran objeto.
Corrían tiempos de protestas, los movimientos sociales ganaban las calles, los afroamericanos, los hippies en contra la guerra de Vietnam, el feminismo, la contracultura de los sesentas impulsada por la juventud. La revuelta de Stonewall fue comparada con la reacción de la afroamericana Rosa Parks, 14 años antes, cuando se negó a ceder su asiento a un hombre blanco en un colectivo, actitud que desencadenó una lucha colectiva por los derechos civiles. Del mismo modo, Stonewall marcó el inicio de la lucha por la igualdad de derechos de la comunidad homosexual. Solo faltaba encender la mecha. Mark Segal, uno de los activistas que formó parte de los disturbios esa madrugada dijo: ‘Los afroamericanos pueden luchar por sus derechos, los latinos pueden luchar por sus derechos, las mujeres pueden luchar por sus derechos, ¿y nosotros qué?”.
El pub, que rozaba la ilegalidad, era del tipo speakeasy, escondido y de acceso restringido, como los que funcionaban durante la Ley Seca en los años 20 y estaba regenteado por la mafia, como muchos lugares que funcionaban en la clandestinidad en esos tiempos en Estados Unidos. El local vendía alcohol sin licencia. Las leyes locales de expendio de bebidas alcohólicas fueron interpretadas de una manera tal que servir alcohol a homosexuales podía significar el cierre de cualquier local con licencia.
Para la gran comunidad gay que se concentraba en Nueva York el Stonewall era un refugio, el único lugar donde podían ser ellos mismos, sentirse libres de la opresión por unas horas. En el salón de fondo tenían la única pista de baile de la ciudad para ellos, mientras sonaba música del momento en una rockola. Era el único lugar donde tenían la libertad de bailar “lentos”, mirarse sostenidamente sin tapujos, invitar un trago, cuando puertas afuera sufrían la hostilidad de una sociedad que los condenaba a permanecer escondidos, a llevar una vida secreta y se los trataba como si fueran enfermos psiquiátricos por los mismos médicos o inmorales. Muchos de quienes cruzaban el umbral del pub habían sido echados de sus hogares. Entre los clientes más marginados de la comunidad homosexual Nueva York, figuraban menores de edad, personas sin techo, drags queens y afroamericanos con más de una lucha a cuestas para ser tratados en igualdad de condiciones.

Desde su apertura, este espacio frente a la Plaza Sheridan, había sido todo un éxito. Compartía manzana con locales de moda, la librería Eight Street, lugar de referencia de la literatura Beat; la revista Village Voice, fundada por Norman Mailer, y el bar The Lion’s Head, punto de encuentro de intelectuales.
La idea de abrir este bar había sido de Fat Toni Lauria, el hijo de un capomafia del clan Genovese. Un joven de 26 años, con fama de glotón que había estudiado en colegios católicos y había vislumbrado el negocio a pesar del descontento de la familia, que veía el pub como un lugar como un tugurio, lúgubre y pintado de negro para abaratar los costos. Un espacio que pintaba el modo en que eran tratados, sin mencionar la falta de condiciones de higiene de la cocina, donde los vasos solo se enjuagaban en una pileta, a falta de agua corriente. Sin embargo, a las pocas semanas de su apertura, se dieron cuenta de que el negocio rendía más que bien. Los mafiosos ganaron buen dinero durante dos años y medio, lo que les permitió en cuestión de días recuperar la inversión. La policía se llevaba 1200 dólares por semana y eso permitía que funcionase sin mayores inconvenientes. No molestaban a nadie ni había detenciones. Había razzias, pero eran programadas. Para evitar ser detenidos, los hombres debían llevar al menos tres prendas masculinas. Eran las extrañas reglas de la época.
“Disculpe, sólo para miembros”, disuadía el portero cuando veía que algún heterosexual intentaba ingresar. Su función era filtrar policías encubiertos, que muchas veces ofrecían sexo para que las víctimas cayeran en la trampa. Si aceptaban, eran detenidos inmediatamente.
Para situarse en la época, a fines de los sesentas las relaciones sexuales personas del mismo sexo eran ilegales en todos los estados de Estados Unidos, excepto en Illinois. Los que salían del closet sufrían graves consecuencias, como quedarse sin trabajo. A los abogados y los médicos, se les negaba la licencia. Los arrestos eran cotidianos en Nueva York. Las detenciones se clasificaban como “crímenes contra la naturaleza”, comportamiento lascivo y prostitución.
Desde principios de 1960 las redadas en los bares gays eran comunes. Y al final de la década eran cada vez más frecuentes, por lo que el Stonewall estaba en la mira. Como era costumbre, los policías entraban repartiendo golpes al personal y a la clientela, que salía a la calle formando fila para su detención. Lo peor no era pasar una noche en una celda, sino la condena pública. Esa noche los sucesos se desencadenaron de manera inesperada. Los seis policías que ingresaron al local, quienes se unieron a otros que estaban vestidos de civil, marcaron el final de la fiesta. Cuando comenzaron a pedir documentos, la música se apagó. Todo marchaba como de costumbre hasta que una drag queen le dio un carterazo a un agente, y recibió un ataque en respuesta y una lesbiana forcejeó con otro que intentaba subirla a un auto. Fue en ese momento que de lanzar monedas dieron paso a las piedras y botellazos.

Los disturbios atrajeron centenares de personas en su apoyo. La llamada Rebelión de Stonewall fue una batalla campal y se prolongó por varias noches, las que encendieron la llama del movimiento por la lucha de los derechos civiles LGBT. Nadie sospechó que esos días de disturbios marcarían el rumbo de la historia de las generaciones siguientes.
Tras los sucesos, el Stonewall dejó de ser lo mismo. Ya estaba en el foco y eso era un problema para todos los que lo frecuentaban. Habían perdido el anonimato. Por lo que también había dejado de ser un negocio rentable para los gánsters.
Días después de las protestas, el periódico progresista vecino, el Village Voice, que siguió los acontecimientos frente a su puerta, escribió: “El Poder Gay llegó a Sheridan Square. Estas calles parecieron este fin de semana un escenario sacado de una novela de William Burroughs desde que el súbito espíritu del Poder Gay sacó su cabeza y escupió un cuento de hadas que la ciudad nunca había escuchado”.

Hace poco más de una década el Stonewall volvió a abrir sus puertas y es un lugar ineludible para conocer en profundidad esta historia. Barack Obama lo declaró Monumento Histórico Nacional.
Todos los años, en junio, se celebra a nivel mundial el Mes del Orgullo. Se trata de un homenaje a los disturbios de Stonewall. Se celebra para reafirmar el sentimiento de orgullo sobre las orientaciones sexuales e identidades de género que fueron marginadas y reprimidas y para visibilizar su presencia en la sociedad y sus reclamos.

En la Argentina la fecha fue movida a noviembre, para que el clima primaveral acompañara en especial a las personas VIH positivas, sin exponerlas a las frías temperaturas de junio. Asimismo, se eligió noviembre por tratarse del mes aniversario de la creación de la primera organización de la diversidad sexual en la Argentina y América Latina, Nuestro Mundo.
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