
Grandes crueldades han ocurrido a lo largo de la historia. Pero lo sucedido en una cárcel rumana superó toda barrera del mal. Ni en la mente más macabra se pueden imaginar las cosas que se hicieron en la prisión de Pitesti. El “Fenómeno Pitesti” o “Experimento Pitesti” se llevó a cabo desde 1949 hasta 1951, durante la época que gobernó el régimen comunista en Rumania. Ese régimen, que estaba alineado con la Unión de las Repúblicas Socialista Soviéticas (URSS), estuvo en el poder desde 1947 hasta 1989. Por ser uno de los peores sucesos del país, lo acontecido en Pitesti, marcó por siempre la historia de los rumanos.
El método de este operativo llevó al extremo la intención de que los opositores se transformen en fieles seguidores. Los prisioneros políticos podían ser del Partido Nacional Campesino, del Partido Nacional Liberal, del Movimiento Legionario-fascistas- o monárquicos, incluso socialistas. Es decir todo aquel que no se encuadrara en el comunismo. También hubo presos apolíticos o ex miembros de la policía o gendarmería. La “reeducación” de ellos se basaba en matar el alma de los cuerpos, más no al ser humano.
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Algunos historiadores aseguran que fueron más de 600 prisioneros, mientras que otros afirman que fueron 5.000 los que pasaron por el “experimento”. El concepto de reeducación en la prisión de Pitesti no fue otra cosa que una sucesión de brutales y continuos actos de torturas desmesurados. Las palizas y golpizas eran lo más leve que sufrían los que pasaban por allí. El propósito era el sometimiento completo de los encarcelados. Además, todo se desarrollaba en secreto.

Cuando la morbosidad ya había pasado todo límite, el método de la prisión logró llegar aún más lejos. Los prisioneros pasaban a ser los guardias de los nuevos presos. Así, la misma persona era víctima y victimario. Sometía y era sometido. Torturador y torturado. Los guardias debían conocer los viejos valores y los nuevos, sólo así podían asegurarse de que los prisioneros perdían los valores que no coincidían con los del régimen. Es decir, los “reeducados” terminaban el proceso cuando pasaban a ser los torturadores. Se debían encargar de torturar a los nuevos prisioneros. Eso mostraba que la “reeducación” había sido completa. En caso contrario, de no querer hacerlo, no terminaban el proceso y debían empezar a padecer las torturas desde cero.
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El comienzo
Según el historiador rumano Tudor Curtifan, la idea del experimento fue desarrollada por el pedagogo soviético Antón Makarenko (1888-1939), especializado en delincuencia juvenil. Su teoría consistía en la tortura sistemática de prisioneros por otros prisioneros. Murió en 1939 sin llegar a saber que su concepto se aplicaría. El régimen comunista rumano, para implementar la idea en las cárceles, necesitaba un grupo de prisioneros leales al régimen. En este punto entra en escena Eugen Turcanu.
Era un hombre corpulento, fuerte, ambicioso e inteligente. Se involucró con las Fraternidades de la Cruz, organizaciones juveniles del Movimiento Legionario, hecho que marcaría su vida. Rompió todos sus vínculos con los legionarios cuando fueron declarados ilegales e inmediatamente después se unió al Partido Comunista. Allí inició una carrera política que comenzó en alza, pero pronto cambiaría de rumbo para siempre.
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En 1948, en una de las detenciones masivas, arrestaron a varios miembros de las Fraternidades de la Cruz. Uno de ellos delató a Turcanu quien terminó arrestado como el resto. Afrontó un juicio y la sentencia fue una condena de siete años de prisión. Allí conoció a Alexandru Nikolski, comandante supremo de Securitate, la policía secreta que operó en aquella época y que estaba a cargo de la conducción del aberrante experimento.
Nikolski le presentó el proyecto de reeducación: Turcanu era el personaje ideal. Reunió un grupo y creó la Organización de Detenidos con Convicciones Comunistas (ODCC), que fueron los primeros torturadores. La prisión de Pitesti, en aquel entonces completamente aislada, era el lugar ideal para poner en marcha esa maquinaria de tortura e intento de reconversión ideológica.
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Las técnicas de tortura en Pitesti abarcaban toda la gama de sufrimientos imaginables e inimaginables: desde quemaduras con cigarrillos hasta la necrosis de la carne de la zona de los glúteos, estrangulamientos, roturas de dientes, empalamientos y extracción de uñas. Se han registrado casos en los que los prisioneros fueron obligados a comer heces y, tras vomitar, debieron ingerir sus propios vómitos. Era un esquema de brutalidad diseñado para quebrar completamente a los detenidos.
La desesperanza llevó a muchos a intentar el suicidio ante un ambiente tan cruel. Pero en las celdas no había objetos metálicos ni nada cortante. No tenían tenedores ni cuchillos: la poca comida que les daban era tirada en un recipiente del que tenían que comer sin usar las manos.
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Los controles extremos hacían que fuera casi imposible que un prisionero lograra suicidarse, aunque hubo intentos desesperados de cortarse las venas con los dientes, golpearse la cabeza contra las paredes e, incluso, ingerir jabón. La vigilancia constante frustraba estos intentos. El único caso registrado de suicidio fue el de un hombre que se lanzó desde el quinto piso mientras era trasladado a las duchas (se bañaban ocasionalmente para evitar pestes). Desde entonces se pusieron redes.
Modus operandi
El proceso de reeducación tuvo cuatro fases. En la primera fase, conocida como “desenmascaramiento externo”, los prisioneros debían demostrar su lealtad a la ODCC y al Partido Comunista. Además, bajo tortura, tenían que revelar toda la información oculta durante las primeras investigaciones de la Securitate que terminaron en los arrestos.
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El “desenmascaramiento interno”, segunda fase, buscaba que los detenidos traicionaran a sus propios compañeros. Debían revelar nombres y detalles de reclusos benevolentes o guardias que les hubiera “ayudado”. Estas dos fases resultaron altamente “efectivas”, ya que los guardias consiguieron más información de la que tenían. Incluso algunos, en el intento de dejar de ser torturados, afirmaron cosas que no eran verdad.
La tercera fase, la “exposición moral pública”, tenía como objetivo terminar de destruir mentalmente a los prisioneros. Eran obligados a profanar todo lo sagrado, incluidas sus familias y sus creencias religiosas. A los cristianos se los llegó a “bautizar”: se les hundía la cabeza en tarros con excremento. A otros se los burlaba en actos que imitaban rituales religiosos pero con símbolos fálicos.
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Finalmente, en la cuarta fase de reeducación, los detenidos debían torturar a sus propios amigos. En esta instancia se convertían en verdugos mediante la coacción brutal. El mismo fin era el inicio del círculo de torturas.
Este centro de detención se dividía en cuatro categorías de prisioneros. La primera era para detenidos sin sentencia judicial, pero que cumplían entre seis y siete años de prisión. La segunda categoría era de condenados por delitos menores, como falta de denuncia o fraude, con sentencias de tres a cinco años de prisión.
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Por su parte, la tercera categoría era de personas condenadas por “conspirar contra el orden social”, una categoría que abarcaba a la mayoría de los presos con penas de ocho a quince años de prisión dura. Y por última, la categoría de líderes de grupos o personalidades influyentes del mundo estudiantil, condenados a entre diez y veinticinco años de trabajos forzados.
Punto final
En 1950 comienza la expansión del experimento a otras prisiones, pero a su vez esto marcó el principio del fin. En la prisión de Canal, en un intento de escapar de las torturas, murió un importante dirigente político: Ion Simionescu. Se arrojó contra alambres de púa y allí le dispararon los guardias. Su esposa, cuando se enteró, hizo circular el rumor y se quejó ante el Ministerio del Interior. Si bien fue arrestada, el organismo gubernamental, que sabía de las investigaciones de Securitate y de las torturas, no tuvo más opción que abrir una investigación.

La solución, para que el régimen no sea manchado, fue reescribir la historia y , por supuesto, falsearla. Se dijo que los torturadores eran agentes del líder del Movimiento Legionario y exiliado Horia Sima. La “nueva verdad” decía que raíz de sus órdenes, intentaron destruir el Partido Comunista mediante la violencia y gracias a la falta de vigilancia de los guardias en esas cárceles. Hechos que justificarían la tortura.
Para el juicio, que tuvo lugar en 1954, fueron seleccionados los torturadores vinculados, por más mínima que fuera la relación, con los legionarios. Estos fueron condenados a trabajos forzados. A su vez, en otro juicio secreto en el que solamente hubo autoridades comunistas, se fusiló a Turcanu y a los integrantes de la ODCC, según explicó el historiador Mihai Dragnea.
En 2014 se inauguró el Memorial de la Prisión de Pitesti en donde funcionó la antigua cárcel. Desde 2018 hay allí una exposición permanente que permite conocer la historia del “Experimento Pitesti”. Las imágenes de los torturados, de las sórdidas celdas y de los oscuros pabellones recuerdan a quienes sufrieron los abusos de los torturadores del régimen comunista. Pero sobre todo son una forma de recordar una parte de la historia para que no se repita. Nunca más.
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